Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Dentro del auto, la droga terminó de prenderle fuego al cuerpo a Luz.
La espalda se le hundió contra el asiento. Tenía los párpados pesados, las piernas flojas, la cabeza envuelta en una neblina espesa.
Bruno notó enseguida que algo andaba mal.
No hizo nada.
Luz apretó los dientes, sacó una ampolla de emergencia de su neceser médico y dejó caer una dosis amarga bajo la lengua.
Necesitaba mantenerse despierta.
Había escapado de Sissi, sí, pero seguía encerrada en un auto con dos hombres desconocidos. Después de lo que le había pasado seis años atrás, no podía regalar ni un segundo de confianza.
El golpe amargo la despejó un poco.
No lo suficiente para quitar la droga, pero sí para sostener la conciencia.
Bruno, que solía mirar el mundo con el mismo interés con el que se mira una pared, se descubrió observándola de reojo.
La dosis.
La calma.
La forma en que esa mujer parecía más molesta que asustada.
Luz giró apenas la cabeza hacia él.
Un aroma limpio, como bosque húmedo después de la lluvia, le llegó de golpe.
Se quedó quieta.
Lo conocía.
Estaba segura.
Ese olor había existido en algún lugar de su memoria, pero no podía alcanzarlo.
Bruno endureció la mirada.
Odiaba que lo miraran así. Como si quisieran arrancarle algo.
—¿Ya terminaste?
Luz parpadeó y apartó los ojos.
—Gracias por ayudarme hoy. Te debo una. Si alguna vez necesitás algo, llamame.
Sacó una libreta, escribió su número y le tendió el papel.
Ella pagaba sus deudas. Las de sangre y las de gratitud.
Bruno no lo tomó.
Para él, todo cerraba perfecto: una mujer aparecía drogada justo frente a su auto, subía sin permiso y ahora le dejaba su teléfono. Había visto métodos más torpes, pero pocos tan teatrales.
Luz no insistió. Dejó el papel sobre el asiento.
—Pará en la esquina, por favor.
Facundo miró por el espejo retrovisor.
Bruno no dijo nada.
El auto se detuvo.
Luz bajó.
La noche fría le golpeó la cara y terminó de arrancarla del sopor. Guardó la ampolla vacía, respiró hondo y empezó a caminar hacia el hotel.
Bruno siguió mirando por la ventana.
Su espalda se alejaba bajo la luz de la calle.
Otra vez esa sensación.
Una imagen rota le cruzó la mente: una habitación oscura, una piel tibia, una marca de rosa en una espalda.
Seis años.
Y seguía sin poder armar ese rostro.
—Facundo.
—Sí, jefe.
—La mujer que te pedí buscar. ¿Nada?
Facundo tragó saliva.
—Señor, solo recuerda que tenía una marca de nacimiento con forma de rosa en la espalda. Con eso no es tan fácil.
Se calló antes de decir lo demás.
Bruno Ferrer tenía una enfermedad absurda que le impedía tocar a la gente sin llenarse de ronchas. Y además era incapaz de recordar caras con normalidad. Había pasado una noche con una mujer, la única que su cuerpo no rechazó, y no recordaba su rostro.
Solo esa rosa.
Bruno le lanzó una mirada helada.
Facundo cerró la boca.
Luz llegó al hotel más rápido de lo que su cuerpo quería permitirle.
Los chicos ya estaban despiertos.
—¡Mami! —Tina se le tiró encima—. ¿Dónde estabas?
Ciro llegó detrás y la abrazó por la cintura.
El cuarto era nuevo para ellos. Tina se adaptaba a casi todo, pero Ciro se tensaba con cualquier ambiente extraño. Luz se agachó y les tomó las manos.
—Mamá tuvo que salir por una cosa. ¿Tienen hambre? Pido algo.
Los dos asintieron al mismo tiempo.
Después de hacer el pedido, Tina se acomodó en el sillón con una tablet. Ciro sacó su cuaderno de dibujo y empezó a trazar líneas en silencio.
Luz se bañó rápido.
Cuando salió, la comida ya había llegado.
—Tina, Ciro, a comer.
Ciro dejó el lápiz y se sentó.
Tina apareció corriendo con la tablet abrazada al pecho.
—Mami, mirá. En la página otra vez ofrecen un montón de plata para que atiendas a alguien.
Luz dejó la tablet sobre la mesa sin mirar demasiado.
—Primero comé.
Estaba acostumbrada. Desde que el nombre Ynua se había vuelto conocido entre familias ricas y pacientes desesperados, las recompensas aparecían todo el tiempo.
Tina obedeció.
Luz les sirvió y llenó sus platos. Ciro levantó un pedazo de pollo y lo puso en el plato de ella. Tina, al verlo, hizo lo mismo enseguida.
—Mami, vos también comé.
Luz les acarició la cabeza a los dos.
—Gracias, mis amores.
Cuando los chicos terminaron, cada uno volvió a lo suyo. Luz seguía comiendo cuando una publicidad encendió la pantalla de la tablet.
La línea fijada arriba de todo le cortó el movimiento.
Grupo Acosta ofrece recompensa millonaria por Ynua para tratar al hijo mayor de la familia.
Luz tomó la tablet.
Los Acosta.
Una recompensa millonaria.
No tenían idea de que buscaban a la misma mujer que habían intentado obligar a sangrar unas horas antes.
Y aunque se parara frente a ellos y dijera “yo soy Ynua”, no le creerían.
Eso podía servirle.
Si quería sacarles la verdad sobre su origen, necesitaba algo para negociar. Y nada le importaba más a Osvaldo que Lautaro.
Revisó las solicitudes de los últimos dos meses.
Eligió una.
Los César tenían peso propio en Buenos Aires. Don César llevaba años enfermo y su hijo, un hombre conocido por su devoción filial, había buscado médicos por todas partes. Además, Lara César era amiga de Sissi.
Ese vínculo podía abrir una puerta.
Luz aceptó la solicitud.
El chat apareció de inmediato.
Santiago César: ¿Es usted la doctora Ynua?
Luz: Sí.
Santiago César: Gracias por aceptar. Si puede curar a mi padre, tendrá la recompensa que pida.
Luz: Pasado mañana a las nueve. Iré a la residencia César.
Había dejado un día libre para mudarse. Quedarse en un hotel con dos chicos no tenía sentido si la investigación iba a tomar más de lo previsto. Necesitaba un departamento, cocina, rutina.
Santiago César: Perfecto.
Luz: No quiero gente de más.
Santiago César: Entendido. Mantendré todo en reserva.
Cerró la página.
El celular vibró.
Era un mensaje del Dr. León, el médico que la había formado.
Le mandó una foto.
Luz la abrió.
La cara de Bruno Ferrer apareció en la pantalla.
—¿Él?
La mirada fría del hombre del auto volvió a su cabeza.
Dr. León: Nena, este es el nieto de mi viejo amigo. Se llama Bruno Ferrer. También te mandé la dirección. Cuando puedas, andá a revisarlo.
Luz: Ya te dije que no me interesa.
Dr. León: Aceptaste el caso de los César. ¿Por qué no podés hacerme este favor?
Luz: Estoy tirando una línea para pescar algo más grande.
Dr. León: Entonces escuchame: no hay pez más grande que Bruno Ferrer.
Dr. León: Además, el pibe tiene una enfermedad rara. Y vos sos bastante rara también. Capaz de raro con raro sale algo.
Luz bloqueó la pantalla.
—Viejo insoportable.
Se levantó a juntar la mesa.
Ciro seguía dibujando.
Tina, aburrida de la tablet, se acercó y miró el cuaderno.
—Tronquito, ¿a quién dibujaste?
Ciro escribió una palabra.
Señor.
—¿Qué señor?
Ciro miró el dibujo.
En su cabeza apareció Bruno: alto, frío, con ese saco oscuro que él había sostenido como si fuera una cuerda.
—¿Qué hacen ustedes dos? —preguntó Luz, acercándose con el celular y la tablet en la mano.
Vio el dibujo y se detuvo.
—Ciro... ¿lo hiciste vos?
El nene asintió.
Luz se arrodilló frente a él, de golpe demasiado atenta.
En el mundo de Ciro solo existían ella y Tina. A los demás los borraba. A veces veía a una persona varias veces y aun así, al reencontrarla, actuaba como si fuera un extraño.
Había hablado de eso con el Dr. León. El mutismo de Ciro no venía de sus cuerdas vocales; los estudios estaban bien. Había algo más profundo, algo ligado a su forma de reconocer y retener a la gente.
—Decime, amor. ¿Quién es?
Ciro levantó el papel donde había escrito antes.
Señor.
—¿El señor que te ayudó en el aeropuerto?
Ciro asintió.
Luz miró la hoja.
El retrato era torpe, casi abstracto. Aun así, había algo familiar en esas líneas.
Ciro lo había visto una sola vez.
Y lo recordaba.
Ese hombre no era cualquiera para él.
Si lograba encontrarlo, tal vez pudiera ayudar a su hijo.
Aunque buscar a alguien con un dibujo así era como tirar una moneda al Río de la Plata y pretender recuperarla.
Tina ladeó la cabeza.
—Tronquito, dibujás horrible.
—Tina.
La voz de Luz se endureció.
—¿Qué? —la nena abrió los ojos—. Es verdad.
—Ciro está aprendiendo. Nadie le enseñó todavía. No hables así de tu hermano.
Ciro le tocó el brazo a Luz y negó con la cabeza.
Tina recuperó enseguida su seguridad.
—¿Ves? Él no se enojó. Vení, Tronquito. Dibujar no es lo tuyo. Vamos a armar bloques.
Lo tomó de la mano y se lo llevó.
Luz soltó una risa cansada.
—¿Y ustedes dos no piensan dormir?
—Mami, todavía tenemos el horario cambiado.
Luz se acercó y levantó a los dos como pudo.
—Entonces lo cambiamos durmiendo. A la cama.
Cuando por fin quedaron dormidos, Luz abrió páginas de alquileres.
A la mañana siguiente visitó varios departamentos y eligió uno en un complejo tranquilo, algo alejado del centro, con seguridad y espacio suficiente para los tres.
Volvió al hotel para buscar a los chicos y empacar.
—Mami —preguntó Tina, mordiendo una tostada—, ¿vamos a quedarnos acá un tiempo?
Ciro también la miró.
—Eso parece. No va a ser para siempre, pero necesito resolver unas cosas.
Tina sonrió.
—No pasa nada. A mí me gusta.
Ciro asintió con fuerza y corrió a ayudar con las valijas.
—Gracias, Ciro.
Luz lo miró con ternura y culpa.
Todos decían que Ynua era una leyenda de la medicina.
Y ella ni siquiera podía curar a su propio hijo.
Ciro alzó la cara y le regaló una sonrisa enorme.
Luz tragó el nudo.
Con ayuda de los dos, terminó de empacar antes del mediodía.