Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 4 El fruto del monstruo
Anselmo sobrevivió un año en el hospital. Las infecciones se extendieron. La gangrena hizo lo suyo.
Murió solo, sin que nadie de su familia fuera a visitarlo.
Dominga regresó dos días después del ataque. Cuando vio la escena —la sangre seca, las cuerdas, el machete aún sobre la cama—, quiso gritar, pero las palabras no le salieron. Sabina la miró desde la puerta.
—Esto es tu culpa —dijo la niña—. Y la de él.
Dominga no la golpeó. No dijo nada. Por primera vez en su vida, le tuvo miedo a su propia hija.
Las semanas pasaron. El pueblo entero hablaba de la «locura» de Sabina, de cómo había atacado a su padre. Nadie preguntó por qué. Nadie quiso saber la verdad.
Y entonces, a los tres meses, Sabina notó los cambios en su cuerpo. El vientre que se endurecía. Las náuseas matutinas. El terror de saber, con una certeza absoluta, que dentro de ella crecía la semilla del monstruo.
—Estás embarazada —dijo Dominga una noche, sin poder ocultar el horror.
—Lo sé —respondió Sabina.
—Hay que deshacerlo.
—No.
—¡Estás loca! —gritó Dominga—. ¿No ves lo que dirán? ¿Cómo vamos a explicar que una niña de doce años tiene un hijo?
—Tú lo explicarás —dijo Sabina con la misma calma terrorífica—. O yo explicaré por qué tuve que amputarle la virilidad a mi padre con un machete caliente.
Dominga enmudeció. Esa noche, tomó una decisión: enviaría a Sabina lejos, con Himelda, una partera que vivía en las montañas y que sabía guardar secretos. Allí tendría al niño. Y luego lo daría en adopción.
—Jurármelo —exigió Dominga—. Jura que te desharás de esa criatura.
Sabina no juró nada. Solo la miró.
El nacimiento de Abel
Himelda era una mujer anciana, arrugada como una pasa, pero con manos hábiles y una mirada que todo lo veía. No preguntó quién era el padre. No hizo falta. Cuando Sabina llegó a su cabaña, con el vientre de siete meses, Himelda solo dijo:
—Pobrecita. Tan chica y tan sola.
—No estoy sola —respondió Sabina, y se tocó la panza—. Tengo a mi niño.
—¿Niño? ¿Sabes que es varón?
—Lo sé. Lo he soñado. Se llamará Abel.
Dominga viajó para el parto. Estuvo presente cuando Abel nació, entre alaridos y sangre, con los ojos celestes de su madre y el mismo tono de cabello oscuro de su abuelo. Sabina lo tomó en brazos y lloró por primera vez desde aquella noche del machete.
—Ahora hay que darlo —dijo Dominga, extendiendo los brazos—. Himelda conoce una familia…
Sabina apretó al niño contra su pecho.
—Si vuelves a acercarte a él, te corto la lengua.
Dominga creyó que era una metáfora. Una exageración de una muchacha recién parida, con las hormonas alteradas. Se llevó al niño a cuestas durante unos días, mientras Sabina se recuperaba, y planeó en secreto darlo en adopción.
Pero Sabina lo supo.
Una noche, cuando Abel tenía tres meses y dormía en su cuna de mimbre, Sabina esperó a que su madre se durmiera. Entró a su habitación con unas tijeras de podar que había afilado en la piedra. Dominga despertó con un sobresalto, pero no alcanzó a gritar.
Sabina le sujetó la mandíbula, le sacó la lengua y, con un movimiento rápido y seco, la cortó.
El chorro de sangre empapó la almohada. Dominga quiso chillar, solo salió un sonido sordo, húmedo, inhumano.
—Te lo advertí —dijo Sabina, limpiando las tijeras en la sábana—. Ahora jamás podrás contar lo que pasó. Ni lo de papá. Ni lo de Abel. Si alguien llega a saber la verdad, te juro por mi hijo que iré uno por uno, hermano por hermano, y los dejaré peor que a ti. ¿Me entiendes?
Dominga asintió, ahogándose en su propia sangre. Nunca volvió a hablar. Los médicos dijeron que había sido un accidente, que se había cortado la lengua al caerse. Nadie creyó del todo, pero nadie preguntó.
Sabina regresó a la casa de los Roca con Abel en brazos. Lo presentó como su hermano pequeño, huérfano de una tía lejana. El cuento era endeble, pero las verdades a medias suelen ser las más fáciles de tragar.
*_*
Mercedes, la hermana mayor, siempre sospechó. No sabía del todo, pero olía la mentira.
Cuando Sabina apareció con ese niño de ojos azules siendo tan solo una niña, Mercedes armó sus propias conclusiones: que Abel era hijo bastardo de su padre, Anselmo, fruto de alguna amante.
Para Mercedes, era la manera perfecta de deshacerse de Sabina: señalarla como cómplice del deshonor.
—Esa niña es estéril —empezó a murmurar Mercedes por el pueblo—. No sirve para casarse. Es una bruja. Que se la lleve quien se atreva.
Los rumores crecieron como malas hierbas. Pero a Sabina no le importaron.
Al contrario, los usó. Cuando llegó Felipe Montenegro —cincuenta y tres años, viudo, terrateniente, buscando una esposa joven que le diera un heredero—, Sabina vio la oportunidad.
—¿Sabes que todos dicen que eres estéril? —le preguntó Mercedes con sorna.
—Lo sé —respondió Sabina—. Por eso mismo él me quiere. No quiere hijos. Quiere una enfermera para su vejez.
Mentía. Felipe sí quería hijos. Pero Sabina ya tenía uno: Abel, el verdadero, el secreto.
Y cuando se casó con el viejo Montenegro, puso una condición: su «hermanito» viviría con ellos.
Felipe aceptó. Tres días después de la boda, murió en un viaje de negocios. Un derrame, dijeron los médicos. Un infarto fulminante.
Sabina heredó todo.
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