Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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1. Capítulo 1
El peso de una promesa y una noche en París
El pitido constante de los monitores médicos en la pequeña habitación del hospital resonaba con una monotonía aterradora. Isabela permanecía sentada en una silla metálica junto a la cama, sosteniendo la mano pálida y fría de su madre. La luz tenue de la mañana en París comenzaba a colarse por las persianas, iluminando el rostro desgastado de la mujer que le había dado todo.
La doctora ingresó a la habitación con una carpeta en la mano y una mirada que presagiaba malas noticias.
—Isabela, hemos revisado los últimos exámenes de tu madre —dijo la médica con voz suave pero firme—. La hepatitis C crónica ha avanzado más rápido de lo esperado. Necesitamos iniciar el tratamiento antiviral de última generación lo antes posible.
—Doctora, por favor, dígame que podemos hacerlo ya —suplicó Isabela, poniéndose de pie con el corazón latiéndole desbocado en el pecho.
—El problema, Isabela, como ya te habíamos mencionado, es el costo. Es un tratamiento sumamente costoso y el seguro público no cubre la totalidad de los medicamentos importados. Si no conseguimos el dinero para cubrir la primera fase esta misma semana, el daño en su hígado será irreversible.
Isabela sintió que el suelo se desaparecía bajo sus pies. Miró a su madre, quien dormía profundamente bajo los efectos de los sedantes, y apretó los puños con fuerza. No iba a permitir que la mujer que se había sacrificado toda la vida por ella muriera por falta de dinero. No mientras le quedaran fuerzas para trabajar.
—El dinero no será un problema, doctora. Yo conseguiré cada euro —afirmó Isabela con la barbilla en alto, aunque por dentro estuviera hecha pedazos.
Esa misma tarde, Isabela buscó el trabajo que mejor pagara en la ciudad, sin importar lo agotador que fuera. Así fue como terminó aceptando un puesto en el exclusivo Bar Hemingway , un refinado club nocturno ubicado dentro de las prestigiosas instalaciones del Hotel Ritz en París. Era un lugar donde la alta sociedad, diplomáticos y millonarios se reunían a cerrar negocios o a ahogar sus penas en licores de miles de euros. Isabela no trabajaba allí por gusto ni por ambición; trabajaba por pura supervivencia y amor filial.
Cada noche, ponerse el uniforme ajustado, sonreír por cortesía a clientes arrogantes y servir copas hasta la madrugada era un calvario, pero al recordar el rostro de su madre en la cama del hospital, encontraba la fuerza para resistir.
Mientras tanto, en un penthouse de lujo al otro lado de París, la atmósfera era sombría. Mateo, un joven y respetado magnate corporativo, caminaba de un lado a otro por su sala con la mirada extraviada. En la mesa de centro yacía un anillo de compromiso que nunca llegó a ser entregado.
Regina, la mujer a la que había amado ciega y apasionadamente durante años, la mujer por la que habría dado su imperio entero, lo había abandonado esa misma tarde. Sin explicaciones, sin compasión, lo había dejado por otro hombre de mayor estatus internacional.
—¡Maldita sea! —gritó Mateo, estrellando un vaso de cristal contra la pared.
El eco del cristal rompiéndose llenó el vacío de la habitación. Sentía que el pecho le ardía. Él, que lo tenía todo —dinero, poder, respeto—, se sentía el hombre más miserable de la tierra. La traición de Regina le había destrozado el orgullo y el corazón. Ciego de despecho y queriendo huir de los recuerdos que lo sofocaban en su propio hogar, Mateo tomó las llaves de su auto deportivo y salió a la noche parisina.
No quería ver a sus amigos ni a sus socios. Quería ir a un lugar elegante pero discreto, donde pudiera emborracharse hasta borrar cada trazo del rostro de Regina de su memoria.
Llegó al Hotel Ritz poco antes de la medianoche. Entró al Bar Hemingway con el abrigo oscuro abotonado hasta el cuello y una expresión helada que alejaba a cualquiera. Los camareros lo reconocieron de inmediato, pues la familia de Mateo era sumamente influyente en los círculos empresariales.
—Señor Mateo, qué honor tenerlo aquí. ¿Desea la mesa privada del fondo? —preguntó el gerente inclinándose con respeto.
—Solo tráiganme la botella de whisky más fuerte que tengan y déjenme en paz —respondió Mateo con voz áspera, sin siquiera mirarlo.
Mateo se acomodó en el sillón de cuero del rincón más penumbroso del bar. En ese momento, Isabela caminaba entre las mesas llevando una bandeja con copas. Al ver la actitud distante del cliente del fondo, el supervisor se le acercó a la joven.
—Isabela, atiende la mesa del señor Mateo en la zona VIp
. Está de muy mal humor, así que sé discreta, sirve lo que pida y no le hagas preguntas —le ordenó el supervisor.
Isabela asintió en silencio. Acomodó su delantal, tomó la botella reservada y caminó hacia la mesa del reservado. Al llegar, notó la rigidez en los hombros del hombre y la tristeza profunda que se escondía detrás de sus ojos oscuros.
—Buenas noches, señor. Aquí tiene su orden —dijo Isabela con voz dulce y profesional mientras servía el whisky en un vaso con hielo.
Mateo levantó la cabeza lentamente. Entre la bruma de su rabia, los ojos claros y limpios de Isabela llamaron su atención por un segundo. No había malicia en ella, solo una profunda serenidad que contrastaba violentamente con el caos que él llevaba por dentro.
—Sirve otro vaso... y quédate cerca —ordenó Mateo, tomando la primera copa de un solo trago.
Durante las siguientes horas, Isabela permaneció a una distancia respetuosa, atendiendo cada una de sus solicitudes sin protestar. Vio cómo aquel hombre poderoso bebía trago tras trago como si buscara envenenar algún dolor invisible. Mateo no decía nada, solo la miraba fijamente por momentos, confundiendo en su mente intoxicada la presencia atenta de Isabela con un refugio temporal para su dolor.
El alcohol no tardó en hacer su efecto devastador. Para cuando la madrugada empezaba a asomarse, Mateo apenas podía sostenerse en pie. La memoria se le nublaba y las sombras del bar se mezclaban en un torbellino confuso. Aquella noche, entre la desesperación de un hombre ahogado en despecho y el deber de una mujer que solo buscaba salvar a su madre, sus destinos quedaron unidos para siempre en una bruma de alcohol y olvido.
Al salir el sol, Mateo despertó en una suite ejecutiva con un dolor de cabeza insoportable. Se sentó en la orilla de la cama, sujetándose la frente. No recordaba casi nada de las últimas horas de la noche. Se vistió rápidamente, dejó un fajo de billetes en la mesa de noche sin mirar y salió del hotel con prisa, convencido de que esa noche trágica solo había sido una mancha errada que jamás volvería a repetirse.
Sin embargo, Mateo no tenía idea de que esa misma noche había sembrado la semilla que cambiaría su vida y la de Isabela para siempre.
Nuestra protagonista (Isabela).