La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1 UNA VIDA PEQUEÑA Y FELIZ
A las cinco y cuarenta y cinco de la mañana, el despertador de Lucía sonó por tercera vez.
Ella abrió un ojo.
Miró el techo.
Lo cerró otra vez.
—Cinco minutos —murmuró.
Desde la cocina llegó el sonido de una sartén golpeando suavemente contra la hornilla.
—¡Lucía!
La voz de su madre atravesó el pasillo.
Lucía abrió los dos ojos.
—¡Ya me levanté!
—Eso dijiste hace diez minutos.
—Ahora sí.
Se incorporó con una sonrisa cansada y miró el pequeño reloj sobre su mesa de noche.
5:48 a. m.
—Perfecto —dijo para sí—. Hoy también voy tarde.
Se levantó de la cama y abrió la ventana.
El aire de la mañana entró frío, cargado con el sonido de los primeros motores, algún perro ladrando a lo lejos y las voces de los vendedores que ya comenzaban a instalarse en las esquinas.
Su barrio nunca dormía completamente.
Era uno de esos lugares donde las casas crecían una junto a otra, donde las paredes tenían diferentes tonos de pintura porque cada familia había arreglado su vivienda cuando podía, donde algunas veredas estaban quebradas y donde los vecinos conocían el nombre de todos.
No era un barrio bonito.
Tampoco era peligroso.
Era, simplemente, el lugar donde Lucía había crecido.
Y ella lo quería.
Miró su habitación.
Una cama de una plaza y media.
Un pequeño ropero.
Una cómoda que había pertenecido a su abuela.
Un espejo con una esquina rota.
Dos fotografías enmarcadas.
Una de su familia cuando ella tenía quince años.
La otra era una fotografía reciente en la que aparecía con Mateo.
Lucía tomó la fotografía.
Ellos estaban frente a una iglesia.
Mateo llevaba una camisa blanca y ella un vestido azul sencillo.
Él la abrazaba por la cintura.
Ella sonreía.
No era una fotografía perfecta.
De hecho, había sido tomada con el teléfono de Diego y estaba ligeramente torcida.
Pero a Lucía le gustaba.
La miró durante unos segundos.
Después sonrió.
—Un mes —susurró.
Faltaba exactamente un mes para su boda.
Dejó la fotografía en su sitio y salió de la habitación.
—Buenos días.
Su madre estaba frente a la cocina preparando huevos revueltos.
Teresa tenía el cabello recogido y llevaba una bata vieja que había comprado hacía varios años en una feria.
—Buenos días, dormilona.
—No soy dormilona.
—No. Eres una persona que cree que el día comienza cuando ella se despierta.
Lucía se acercó y besó a su madre en la mejilla.
—¿Y mi café?
—En la mesa.
—Te amo.
—Cuando tengas treinta años seguirás diciendo lo mismo mientras esperas que yo te haga el desayuno.
Lucía tomó la taza.
—Por supuesto.
—¿No vas a comer?
—Sí.
—¿Sí cuándo?
—Después.
Teresa dejó la cuchara sobre la mesa y la miró.
—Lucía.
—Está bien, está bien.
Se sentó.
La cocina era pequeña.
Una mesa de madera para cuatro personas.
Cuatro sillas diferentes.
Una refrigeradora antigua que hacía un ruido extraño cada cierto tiempo.
En la pared había un calendario de una tienda de electrodomésticos.
El mes estaba marcado con varios círculos rojos.
La boda.
El pago del alquiler.
La cita médica de Teresa.
El cumpleaños de Diego.
La reunión de padres.
Lucía había hecho los círculos.
Le gustaba organizarlo todo.
No porque su vida fuera perfecta.
Precisamente porque no lo era.
Sabía cuánto dinero entraba a la casa cada mes.
Sabía cuánto debían pagar de luz.
Sabía cuánto costaba el transporte.
Sabía cuánto necesitaban guardar para emergencias.
Sabía incluso cuánto gastaba su madre en medicamentos.
Era inteligente.
No de una manera extraordinaria.
No era una genio.
No había estudiado en una universidad prestigiosa ni tenía un cargo importante.
Simplemente pensaba antes de actuar.
Observaba.
Recordaba.
Y casi siempre encontraba una manera de resolver los problemas.
Trabajaba desde hacía cuatro años como asistente administrativa en una pequeña empresa de distribución.
Su sueldo no era alto.
Pero era estable.
Con eso pagaba una parte de los gastos de la casa, ayudaba a su madre y guardaba cada mes una cantidad pequeña para su futuro.
Mateo también trabajaba.
No ganaba una fortuna, pero los dos habían hablado muchas veces sobre su futuro.
Una casa pequeña.
Un automóvil usado.
Quizá un hijo después de algunos años.
Quizá dos.
Dependería del dinero.
Nunca habían hablado de lujos.
Nunca los necesitaron.
—¿A qué hora vas a salir hoy? —preguntó Teresa.
—A las siete.
—¿Y Mateo?
—Dijo que pasaría por mí después del trabajo.
Teresa asintió.
—¿Ya hablaron de la boda?
Lucía sonrió.
—Todos los días.
—Yo no sé cómo todavía tienen de qué hablar.
—Porque tú nunca te casaste.
Teresa levantó una ceja.
—Precisamente por eso sé más de matrimonios que tú.
Lucía soltó una carcajada.
—Eso no tiene sentido.
—Las madres no necesitamos que tenga sentido.
Una puerta se abrió al fondo del pasillo.
Diego apareció despeinado.
Tenía veinte años y una expresión de sueño permanente.
—¿Hay café?
—Buenos días para ti también —dijo Lucía.
—Buenos días.
Abrió la refrigeradora.
—¿Hay jamón?
—No.
—¿Queso?
—No.
—¿Entonces qué hay?
Teresa respondió sin mirarlo:
—Hay huevos.
Diego cerró la refrigeradora.
—Qué emocionante.
Lucía empezó a reír.
—Tienes veinte años. Puedes cocinar.
—Yo estudio.
—Y yo trabajo.
—Y mamá cocina.
Teresa se giró lentamente.
—¿Quieres seguir viviendo?
Diego levantó las manos.
—No dije nada.
Los tres rieron.
Era una escena completamente normal.
Tan normal que, años después, Lucía recordaría esa mañana más de una vez.
Recordaría la taza blanca.
La sartén.
La voz de su madre.
La cara de sueño de Diego.
Y se preguntaría cómo algo tan sencillo podía haber sido el momento más feliz de su vida sin que ella lo supiera.
A las seis y cuarenta y cinco, Lucía salió de casa.
Llevaba una blusa beige, un pantalón negro y unos zapatos bajos.
No necesitaba vestir elegante para ir a trabajar.
En la oficina todos sabían que estaba próxima a casarse.
Sus compañeras estaban más emocionadas que ella.
—¡Lucía!
Una voz la llamó desde la esquina.
Era Patricia, una vecina de cincuenta años que vendía desayunos en una pequeña carretilla.
—Hoy no te escapas sin llevar tu pan.
Lucía se detuvo.
—Ya desayuné.
—Eso dices todos los días.
Patricia le extendió una bolsa.
—Llévatelo.
—No puedo.
—Ya está pagado.
—¿Quién lo pagó?
Patricia señaló a un joven que estaba parado junto a una motocicleta.
Mateo.
Lucía sonrió.
Él se acercó.
—Buenos días.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Desde hace cinco minutos.
—Mentiroso.
—Diez.
Lucía lo abrazó.
Mateo besó su frente.
—¿Dormiste bien?
—Más o menos.
—Eso te pasa por quedarte viendo series.
—No estaba viendo series.
—Estabas.
—Solo un capítulo.
—Tres.
Lucía hizo una mueca.
—No estabas aquí.
—Te conozco.
Mateo sonrió.
Era atractivo sin ser impresionante.
Tenía el cabello oscuro, ojos marrones y una manera tranquila de hablar.
Nunca había sido el hombre más romántico del mundo.
Pero conocía los detalles de Lucía.
Sabía que no le gustaba el café demasiado caliente.
Sabía que odiaba las películas de terror.
Sabía que cuando estaba nerviosa se tocaba el cabello.
Sabía que no soportaba que la interrumpieran cuando estaba explicando algo.
Y, sobre todo, sabía cómo hacerla sentir segura.
O eso había creído ella durante seis años.
—¿Cómo está tu mamá? —preguntó él.
—Bien.
—¿Y Diego?
—Con sueño.
—Entonces está bien.
Lucía sonrió.
Mateo le entregó la bolsa.
—Come en el camino.
—Gracias.
—Hoy salgo temprano.
—¿A qué hora?
—A las seis.
—¿Seguro?
—Sí.
—Podemos ir a ver las invitaciones.
Mateo se quedó callado durante una fracción de segundo.
Fue tan breve que Lucía no lo habría notado si años después no hubiera recordado aquella mañana tantas veces.
—Sí —respondió finalmente—. Podemos.
Lucía sonrió.
—Perfecto.
Mateo miró el teléfono.
—Tengo que irme.
—Nos vemos en la tarde.
Él se inclinó y la besó.
Fue un beso breve.
Normal.
Cariñoso.
Como tantos otros que se habían dado durante años.
Mateo subió a la motocicleta.
Antes de marcharse, la miró.
—Te amo.
Lucía sonrió.
—Yo también.
La motocicleta desapareció por la avenida.
Lucía se quedó unos segundos observando el camino vacío.
Después tomó aire y comenzó a caminar hacia la parada del autobús.
No tenía idea de que aquella sería una de las últimas veces que diría esas palabras sin miedo.
El trayecto hasta el trabajo duraba casi cincuenta minutos.
Lucía conocía de memoria cada parte del camino.
La tienda que abría a las siete.
El puesto de flores.
La farmacia de la esquina.
La panadería donde a veces compraba empanadas.
El conductor que siempre escuchaba la misma estación de radio.
La señora que subía todas las mañanas con una niña pequeña.
A Lucía le gustaba observar.
Miraba a las personas.
Intentaba imaginar sus vidas.
Quién iba a trabajar.
Quién llevaba prisa.
Quién había dormido mal.
Quién estaba enamorado.
Quién estaba preocupado.
Siempre pensaba que cada persona cargaba una historia que los demás no podían ver.
Tal vez por eso nunca juzgaba rápidamente.
Tal vez por eso le costaría tanto aceptar que alguien podía ocultar una parte entera de su vida.
Cuando llegó a la oficina, eran las siete y cincuenta y tres.
—Tres minutos antes —dijo su compañera Claudia.
—Estoy mejorando.
—Un día llegarás diez minutos antes y tendré miedo.
Lucía dejó su bolso.
—Eso no pasará.
La oficina era pequeña.
Había ocho empleados.
Dos computadoras antiguas.
Un ventilador que hacía demasiado ruido.
Un archivador lleno de documentos.
Y una máquina de café que funcionaba cuando quería.
Lucía se sentó.
Encendió la computadora.
Revisó los correos.
Respondió tres.
Clasificó documentos.
Preparó una hoja de cálculo.
Llamó a un proveedor.
A las diez y media ya había terminado la mitad de su trabajo.
Era eficiente.
No porque quisiera ascender.
No porque soñara con convertirse en directora.
Simplemente le gustaba hacer bien las cosas.
A las once, Claudia apareció junto a su escritorio.
—Tengo una pregunta.
—¿Qué?
—¿Estás nerviosa?
Lucía levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Por la boda.
Lucía sonrió.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Yo estaría aterrada.
—Yo estoy feliz.
Claudia apoyó los brazos sobre el escritorio.
—¿Y nunca tienes dudas?
Lucía se quedó pensativa.
No quería responder demasiado rápido.
—No.
—¿Nunca?
Lucía miró su anillo de compromiso.
Era sencillo.
Una pequeña piedra.
Nada extraordinario.
Pero para ella significaba seis años.
Seis años de conversaciones.
De discusiones.
De reconciliaciones.
De cumpleaños.
De enfermedades.
De problemas económicos.
De planes.
De noches caminando juntos.
De sueños compartidos.
—Con Mateo sé lo que quiero —dijo.
Claudia sonrió.
—Entonces eres afortunada.
Lucía asintió.
Sí.
Eso pensaba.
Era afortunada.
Tenía una familia.
Un trabajo.
Una casa.
Un hombre al que amaba.
No necesitaba más.
Aquella era su idea de felicidad.
Una felicidad pequeña.
Pero verdadera.
Al salir del trabajo, el cielo estaba cubierto.
Lucía miró el teléfono.
No había mensajes de Mateo.
Frunció el ceño.
Habían quedado en encontrarse a las seis.
Eran las seis y quince.
Esperó diez minutos.
Después veinte.
A las seis y treinta y dos, finalmente apareció un mensaje.
“Perdón. Se me complicó el trabajo. Nos vemos mañana.”
Lucía leyó el mensaje.
No respondió inmediatamente.
Volvió a leerlo.
No era la primera vez que Mateo cancelaba algo.
No debía significar nada.
Escribió:
“Está bien. Te llamo cuando llegue.”
No obtuvo respuesta.
Guardó el teléfono.
Comenzó a caminar hacia la parada del autobús.
El viento era frío.
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer.
Lucía se cubrió con el bolso.
Y, mientras esperaba el autobús, pensó en la boda.
En las flores.
En la comida.
En las invitaciones.
En el vestido.
En la pequeña fiesta que habían organizado con mucho esfuerzo.
Pensó en su madre llorando al verla caminar hacia el altar.
Pensó en Diego haciendo bromas.
Pensó en Mateo esperándola.
Y sonrió.
No sabía que, en algún lugar de la ciudad, una serie de decisiones ya estaban poniendo en movimiento acontecimientos que destruirían todo aquello.
No sabía que algunas personas habían empezado a mentir.
No sabía que existían documentos con su nombre.
No sabía que Mateo había escondido cosas de ella.
No sabía que alguien ya estaba observando.
No sabía que aquel hombre que acababa de decirle “te amo” horas antes había comenzado a construir una vida paralela.
Y mucho menos sabía que, dentro de unas semanas, recordaría aquella mañana con una nostalgia tan dolorosa que durante mucho tiempo no podría soportarla.
Porque la tragedia rara vez llega anunciándose.
No toca la puerta.
No pregunta si uno está preparado.
No avisa que la última conversación tranquila ya terminó.
Simplemente llega.
Y cuando llega, todo lo que parecía permanente demuestra lo contrario.
Lucía subió al autobús.
Se sentó junto a la ventana.
Apoyó la frente contra el vidrio.
Afuera, las luces de la ciudad comenzaron a encenderse.
Ella cerró los ojos.
Pensó en su boda.
Pensó en su madre.
Pensó en Mateo.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió una pequeña inquietud que no supo explicar.
No era miedo.
Todavía no.
Era apenas una pregunta.
Una sensación.
Un presentimiento al que decidió no prestar atención.
Porque todavía era feliz.
Porque todavía confiaba.
Porque todavía creía que el futuro era algo que uno podía organizar en una agenda.
Porque todavía pensaba que las personas que amamos no pueden convertirse, de un día para otro, en las personas de las que necesitamos protegernos.
Y porque, en ese momento, Lucía todavía no sabía que la mujer que era aquella noche no llegaría a existir por mucho tiempo.
La vida que conocía estaba llegando a su final.
Pero ella todavía no lo sabía.