Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 7. UN ADIOS INDOLORO
La luz gris del amanecer se filtró por las cortinas de la alcoba mientras terminaba de cerrar la cremallera de mi bolsa de viaje. Había pasado la noche en vela, ordenando mis pertenencias con movimientos mecánicos que reflejaban la calma que por fin se había instalado en mis adentros. Tras la llamada con mi familia, el pánico al castigo de la deidad se había disipado, dejando en su lugar una firme resolución. No iba a dar un paso atrás. Cargué la mochila al hombro y abandoné la habitación, dispuesta a ponerle fin a estos cinco meses de silenciosa frialdad.
Crucé el pasillo lateral y bajé las escaleras hacia el despacho principal de la vivienda, guiada por el rumor sutil de los pasos de Jared.
Al abrir la puerta, lo encontré de pie junto al ventanal, observando el patio con una taza de café entre las manos y el semblante ensombrecido por el desvelo. Dejé mi equipaje junto al umbral y me acerqué de forma pausada, deteniéndome a una distancia prudencial. Al notar mi presencia, Jared dejó la taza sobre la mesa de madera y me dedicó una mirada limpia, cansada pero desprovista de las habituales barreras de su rango.
—He preparado mi equipaje, Jared —le hablé con una suavidad sincera, rompiendo el silencio de la estancia—. Mi padre y mis hermanos mayores vienen de camino hacia el Este para llevarme de regreso a casa. Creo que ha llegado el momento de que dejemos de huir de nosotros mismos y hablemos con total honestidad.
Jared asintió despacio, y un suspiro hondo expandió su pecho antes de dar un paso hacia mí. El chispazo eléctrico volvió a recorrer nuestra piel por inercia al recortar la distancia física, pero sus ojos dorados reflejaron una honestidad descarnada que me devolvió la cordura de golpe.
—Tienes toda la razón, Kira —me confesó con su voz profunda y ronca, colmada de una sensibilidad humana que nunca antes le había escuchado—. Ya no podemos seguir sosteniendo este engaño. He pasado estos cinco meses forzando a mi lobo, Fenrir, a sentir una devoción que simplemente no existe en mis adentros. En lugar de la felicidad y el sosiego que se supone que debe aportar un vínculo sagrado, nuestra unión solo nos está reportando una profunda tristeza y un dolor sordo en el alma por culpa del vacío que se interpone entre nosotros. No nos sentimos el uno al otro en la intimidad y mantenernos atados es una condena.
Las lágrimas de un inmenso desahogo emocional asomaron a mis ojos al escuchar que ponía en palabras mi propio sufrimiento. Mi loba, Vesta, emitió un quejido de absoluta conformidad en mi conciencia, apagándose por completo, conforme con la realidad de nuestro fracaso.
—Yo me siento exactamente igual, Jared —le revelé en un susurro claro, tomándolo de las manos con un infinito respeto fraternal—. Te aprecio y sé que eres un hombre excelente, pero no puedo vivir en una habitación vacía simulando un cariño que no nace en mi corazón. Merecemos ser libres de esta inercia de la sangre.
Jared apretó mis dedos pequeños con un cariño sincero, mirándome con una madurez admirable. Al saber que estábamos en perfecta sintonía, tomamos la determinación definitiva de disolver el lazo ante la deidad.
—Yo, Jared, Alfa del Este, te rechazo a ti, Kira de la manada central, como mi pareja destinada —articuló con total entereza, liberando su energía protectora de mis estructuras.
—Y yo, Kira, acepto tu rechazo, te rechazo a ti, Jared, y te libero de cualquier obligación conmigo para siempre —sentencié con una firmeza absoluta.
En ese preciso segundo, el sonido de un fuerte frenazo sobre la grava exterior y el portazo de varios todoterrenos negros retumbaron en el patio de armas. Las pesadas puertas dobles del despacho se abrieron de golpe, y mi padre, flanqueado por mis dos hermanos mayores, cruzó el umbral con los semblantes endurecidos y una actitud protectora muy severa, listos para intervenir en mitad de lo que esperaban que fuera una carnicería espiritual. El menor de mis hermanos mayores avanzó con los puños cerrados, pero se detuvo en seco al enfocar nuestras posturas.
Toda mi familia se quedó completamente asombrada, petrificada en mitad de la estancia al contemplar la escena. Según las leyes de los clanes tradicionales, la ruptura de un lazo de sangre de forma voluntaria provocaba un desgarro agónico, una debilidad extrema que dejaba a los lobos postrados de dolor en el suelo con el corazón roto. Sin embargo, Jared y yo permanecíamos de pie, mirándonos con total tranquilidad, respirando con regularidad y sin el menor rastro de sufrimiento en nuestras facciones duras. El rechazo mutuo se había ejecutado de forma totalmente indolora, como si estuviéramos rompiendo un simple papel.
—¿Kira? —mi madre, que acababa de entrar al despacho detrás de los hombres, me barrió con una mirada llena de una agónica incredulidad—. ¿Qué ha pasado? ¿No sentís dolor?
—Hemos disuelto el vínculo, mamá —le respondí de forma pausada, recogiendo mi bolsa de viaje del suelo—. Pero no nos ha dolido en absoluto. Ha sido como si el lazo nunca hubiera estado unido de verdad en nuestros adentros.
Mi padre intercambió una mirada colmada de una severidad peligrosa con mis hermanos mayores, y la rigidez de sus hombros puso de manifiesto que su mente calculadora se encontraba completamente descolocada ante semejante misterio. No existía ninguna explicación lógica en las actas de nuestro territorio para un rechazo indoloro. Jared se despidió de nosotros con un sutil asentimiento de cabeza, manteniendo una parsimonia respetuosa que denotaba que él también compartía el mismo asombro en sus sienes.
Salimos de la casa de la manada oriental a paso lento y seguro, subiendo a los vehículos en mitad de la mañana gris. El motor del todoterreno negro encendió su ronroneo sordo y abandonamos las tierras del Este a máxima velocidad, incorporándome a la carretera de la frontera secundaria rumbo a mi antiguo hogar. El trayecto de regreso transcurrió en un silencio sepulcral, colmado de dudas mentales que asfixiaban el ambiente del coche. Nadie hablaba; mis hermanos mayores miraban el horizonte nevado y mi padre mantenía las manos firmes en el volante, todos sumidos en un laberinto de incógnitas peligrosas, intuyendo que la farsa de mi lazo roto era el inicio de una encrucijada mucho más profunda y complicada que amenazaba con desgarrar la paz de nuestra estirpe antes de que lográramos descubrir la verdad de nuestro porvenir.