James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 2. AL BORDE DEL ABISMO
Estela se limpió las lágrimas con el dorso de la mano antes de cruzar el umbral de su casa. No quería que su hermano menor, Lucas, de catorce años, la viera derrumbarse. Ya era bastante difícil para el chico crecer sin un padre y ver cómo su madre se consumía día a día trabajando en lo que saliera.
La casa en la que vivían, una vieja construcción de paredes desconchadas y pasillos estrechos en un barrio humilde de las afueras de Madrid, era lo único que les quedaba. O al menos, eso creían. Estela recordaba con nitidez el día en que cumplió los dieciocho años. Debió ser un día de celebración, el inicio de su primer año de universidad. En lugar de eso, se convirtió en el inicio de su peor pesadilla: su padre desapareció sin dejar rastro. La policía investigó durante meses, pero la tierra parecía habérselo tragado. Ni una llamada, ni una pista, nada.
Desde entonces, su madre, Elena, se había echado la familia a la espalda, limpiando casas y doblando turnos para que Estela pudiera estudiar y Lucas tuviera un plato de comida. Sin embargo, la verdadera estocada llegó dos años después.
Apareció Cristof.
Estela sintió una oleada de rabia líquida al recordar el rostro cínico de su tío. El hombre se había presentado con un abogado y unos papeles notariales supuestamente legales que afirmaban que la humilde casa no era de su padre, sino suya. Ante la amenaza de un desahucio inmediato, su madre, rota por la pena y el miedo a quedarse en la calle, aceptó firmar un contrato de alquiler leonino con su propio cuñado. Para pagar aquella renta injusta, Elena empezó a coger aún más trabajos, durmiendo apenas tres horas al día. El estrés y el agotamiento terminaron por pasarle factura de la peor manera: su cuerpo colapsó.
—¿Estela? ¿Eres tú? —la voz débil de su madre desde el pequeño salón la sacó de sus pensamientos.
Estela forzó una sonrisa y entró. Elena estaba recostada en el sofá, pálida, con ojeras profundas que parecían sombras en su rostro demacrado. A su lado, Lucas intentaba repasar unos apuntes del instituto, con la mirada cargada de una madurez que no le correspondía a su edad.
—Sí, mamá, ya estoy aquí —dijo Estela, acercándose para besar su frente. Estaba ardiendo en fiebre—. ¿Has tomado la medicación?
—No te preocupes por mí, cariño… ¿Cómo te ha ido en el trabajo? —preguntó Elena con un hilo de voz, intentando incorporarse sin éxito.
Estela sintió un nudo en la garganta. No quería decirle que venía de su segundo trabajo, que sus manos estaban agrietadas de limpiar oficinas y que apenas le quedaban fuerzas para mantenerse en pie. Tuvo que abandonar la universidad hacía meses, cambiando sus sueños de futuro por bandejas de camarera y turnos nocturnos, y aun así, el dinero no alcanzaba. El tío Cristof no perdonaba ni un solo día de retraso en el alquiler y los amenazaba constantemente con echarlos a patadas.
Antes de que pudiera responder, su madre soltó un quejido ahogado. Se llevó una mano al costado derecho del abdomen, doblándose por la mitad. El rostro de Elena se transformó en una máscara de dolor puro y un sudor frío comenzó a brotar de su frente.
—¡Mamá! —gritó Lucas, tirando los libros al suelo.
—Me duele… Estela, me duele mucho… —alcanzó a susurrar Elena antes de que los ojos se le pusieran en blanco y perdiera el conocimiento, cayendo pesadamente sobre el sofá.
—¡Llama a una ambulancia, Lucas! ¡Rápido! —chilló Estela, presa del pánico, mientras le tomaba el pulso débil a su madre.
Las horas siguientes en las salas de espera de urgencias fueron un borrón de luces fluorescentes, olor a desinfectante y desesperación. Estela caminaba de un lado a otro del pasillo, abrazándose a sí misma, mientras Lucas dormitaba en una silla de plástico, agotado de llorar.
Finalmente, la puerta de los boxes de urgencias se abrió y un médico con cara de cansancio se acercó a ella.
—¿Familiares de Elena?
—Soy su hija —dijo Estela, dando un paso al frente de inmediato—. ¿Cómo está? Por favor, dígame algo.
El médico suspiró, mirándola con gravedad.
—Su madre ha sufrido una perforación biliar severa, complicada por una infección interna generalizada debido al debilitamiento extremo de su sistema inmunológico. El estrés y la falta de descanso han hecho estragos. Hemos logrado estabilizarla temporalmente, pero necesita una intervención quirúrgica de urgencia en las próximas cuarenta y ocho horas. Si no la operamos, la infección llegará al torrente sanguíneo y… no sobrevivirá.
A Estela se le cortó la respiración. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Opérenla, por favor. Hagan lo que sea necesario.
El médico frunció el ceño con incomodidad, mirando la ficha médica.
—Hay un problema administrativo grave, señorita. Su madre no cotiza actualmente en la seguridad social de forma regular por sus trabajos informales, y el seguro básico que tenían ha caducado por falta de pago este mes. Al ser una cirugía de alta complejidad con especialistas privados de guardia, el hospital exige un depósito inmediato para cubrir los gastos de quirófano, material y la posterior unidad de cuidados intensivos. Son doce mil euros.
—¿Doce mil euros? —repitió Estela, con la voz rota—. No… no tengo ese dinero. Por favor, somos gente humilde. Se lo pagaré, trabajaré día y noche, pero salven a mi madre.
—Lo lamento mucho. Son las normas del centro para pacientes sin cobertura activa. Si no se realiza el pago o se presenta un aval bancario solvente antes de mañana por la tarde, no podremos pasarla a quirófano a menos que entre en parada cardiorrespiratoria inminente, y para entonces podría ser tarde. Tienen veinticuatro horas para conseguir los fondos.
El médico se dio la vuelta, dejándola sola en mitad del pasillo. Estela se apoyó contra la pared, deslizándose lentamente hasta el suelo. Rompió a llorar en silencio, tapándose la boca para que su hermano no la escuchara. Doce mil euros en un día. Era una cifra astronómica, imposible para alguien que contaba los céntimos para comprar una barra de pan.
Miró a través del cristal de la sala a su madre, conectada a los monitores, luchando por respirar. En ese instante, la fragilidad de la chica de veinte años desapareció. Una fría determinación se apoderó de ella. Haría lo que fuera. Vendería su alma, su cuerpo, lo que hiciera falta. No iba a dejar morir a su madre por culpa del maldito dinero.