Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena
Capítulo 11: Elena
La normalidad es un lujo que no sabes apreciar hasta que lo pierdes. Y cuando lo recuperas, te das cuenta de que nunca fue normalidad. Fue un milagro disfrazado de rutina.
Los días siguientes fueron extraños.
Extraños porque no había odio. Extraños porque no había mentiras. Extraños porque, por primera vez en diez años, despertaba sin esa pesada losa en el pecho que me recordaba que debía vengarme. En su lugar, había un vacío. No un vacío doloroso, sino un espacio en blanco, listo para ser llenado con algo nuevo.
Y ese algo nuevo, para mi sorpresa, era Mateo.
La convivencia en Punta Brava se había convertido en una coreografía torpe pero sincera. Él cocinaba el desayuno mientras yo preparaba la mochila de Lucía. Yo leía cuentos a nuestra hija por la noche mientras él lavaba los platos. Nos cruzábamos en el pasillo con sonrisas tímidas, como adolescentes que no saben muy bien cómo actuar frente a su primer amor.
Pero no éramos adolescentes. Y esto no era un primer amor. Era un amor que había sobrevivido al fuego, a la traición, a diez años de silencio y rencor. Era un amor que ahora tenía que aprender a respirar de nuevo.
Mami, ¿por qué te sonrojas cuando papá te mira?, preguntó Lucía una mañana, mientras desayunábamos en la terraza.
Casi me atraganto con el jugo de naranja. Mateo, al otro lado de la mesa, soltó una risa baja que me hizo sentir aún más avergonzada.
No me sonrojo, respondí, con la voz demasiado aguda.
Sí, te sonrojas, insistió Lucía, con esa honestidad brutal de los niños. Y papá también. Se le ponen las orejas rojas.
Miré a Mateo. Efectivamente, sus orejas estaban de un color rosado intenso. Y a pesar de todo, a pesar de los años y del dolor, no pude evitar una sonrisa.
Bueno, cariño dije, tomando su mano. A veces, cuando dos personas se quieren mucho, sus cuerpos hacen cosas raras.
¿Como besarse?
El silencio se hizo espeso. Mateo y yo nos miramos, y en sus ojos vi la misma pregunta que yo tenía en la cabeza: ¿estábamos listos para esto? ¿Estábamos listos para dar ese paso delante de nuestra hija?
Sí respondí, apretando la mano de Lucía. Como besarse.
Entonces, ¿por qué no se besan ahora?
Mateo se levantó de la silla y rodeó la mesa. Se arrodilló frente a mí y tomó mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas con una suavidad que me hizo olvidar cómo se respiraba.
¿Puedo? susurró, y su voz era un hilo de deseo contenido.
Asentí, sin palabras, sin aliento.
Y entonces, sus labios tocaron los míos.
No fue un beso como el de aquella noche en el pasillo. No fue desesperado ni hambriento. Fue un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no habíamos dicho durante diez años. Fue un beso que sabía a promesa, a perdón, a nuevo comienzo. Fue un beso que me hizo sentir que, después de todo, merecía la pena haber esperado.
¡Bien!, gritó Lucía, aplaudiendo con entusiasmo. ¡Ahora son novios!
Nos separamos riendo, con las frentes juntas y las respiraciones entrecortadas.
¿Novios?, repitió Mateo, mirándome con una sonrisa. ¿Qué te parece, Elena? ¿Quieres ser mi novia?
Creo que ya pasamos esa etapa respondí, acariciando su barba incipiente. Pero si me preguntas si quiero estar contigo... la respuesta es sí.
Lucía saltó de su silla y nos abrazó a los dos, y en ese abrazo supe que habíamos tomado la decisión correcta.
La noche llegó rápido. Lucía se había dormido temprano, agotada por un día de juegos en la playa y risas que no había escuchado en años. Yo me quedé en la terraza, con una copa de vino en la mano y el sonido de las olas como única compañía.
Mateo salió unos minutos después, con dos copas más y una botella de vino tinto.
¿Te importa si me siento? ...preguntó, con una timidez que no le conocía.
Es tu casa respondí, señalando la silla de al lado.
Nuestra casa, corrigió, sentándose. Quiero que sea nuestra casa, Elena. No solo mía.
El viento salado acarició mi rostro, y cerré los ojos un instante.
Siento que todo está pasando muy rápido, dije. Hace una semana te odiaba. Hace unos días descubrí que mi mejor amiga mató a mis padres. Y ahora... ahora estoy aquí, bebiendo vino contigo, sintiendo que esto es exactamente donde debería estar.
¿Y eso te asusta?
Me aterra.
Mateo se inclinó hacia mí y tomó mi mano libre. Sus dedos, cálidos y firmes, se entrelazaron con los míos.
A mí también me aterra, admitió. Pero si hay algo que he aprendido en estos diez años es que el miedo no es un buen consejero. El miedo nos hizo perder tanto tiempo, Elena. No quiero perder ni un día más.
¿Y si volvemos a equivocarnos, pregunté, y mi voz era apenas un susurro. ¿Y si el odio regresa? ¿Y si no podemos superar todo lo que pasó?
Entonces lo superaremos juntos, respondió apretando mi mano. Porque el odio que sentías por mí no era real, Elena. Era una máscara. Una máscara que te pusiste para no enfrentar el dolor de perder a tus padres. Pero ahora sabes la verdad. Ahora sabes que no fui yo. Ahora sabes que te he amado todo este tiempo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, y él las secó con sus pulgares.
¿Y si no sé cómo amarte sin odio?, pregunté, y mi voz se quebró.
Entonces te enseño, dijo, besando mis dedos uno a uno—. Día a día. Paso a paso. Hasta que recuerdes que el amor no necesita odio para existir.
Me quedé en silencio, sintiendo el calor de sus labios en mi piel, el peso de sus palabras en mi corazón.
Te quiero, Mateo susurré. Y me da miedo quererte tanto.
No tengas miedo, respondió, levantándose y ofreciéndome su mano. Ven conmigo.
¿Adónde?
A la habitación. A nuestra habitación. Quiero dormir contigo. No para hacer el amor, Elena. Solo para abrazarte. Solo para sentirte cerca.
Tomé su mano y me levanté. Caminamos juntos hacia el interior de la casa, con los dedos entrelazados y los corazones latiendo al mismo ritmo.
Aquella noche, por primera vez en diez años, dormí sin pastillas. Sin pesadillas. Sin miedo.
Dormí en los brazos de Mateo, con su aliento en mi nuca y su corazón latiendo contra mi espalda.
Y supe que, después de todo, el deseo no era el enemigo.
El enemigo había sido siempre el miedo.
Y yo estaba lista para dejar de tenerlo.