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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17: La niña que lloraba

El recuerdo llegó en mitad de una clase de Comunicación Organizacional.

No fue un sueño esta vez. Fue algo peor: un flashback a plena luz del día, sentada en la tercera fila del auditorio con el cuaderno abierto y el profesor explicando modelos de Lasswell en la pantalla. Un segundo estaba tomando notas y al siguiente estaba en otra parte — un jardín grande con pasto húmedo y un cielo azul sin nubes, y alguien le estaba gritando que no soltara el manubrio.

Valentina parpadeó. La imagen se fue. Volvió el auditorio, el profesor, las notas a medio escribir. Le temblaban las manos.

—¿Estás bien? —susurró Lucía desde el asiento de al lado.

—Sí. Me distraje.

Pero no se había distraído. Había recordado.

---

Esa noche no pudo dormir. Se quedó acostada con los ojos abiertos, la mano en el collar de limón, y dejó que la memoria viniera sola. Como un río que necesita encontrar su cauce: no puedes obligar al agua, pero puedes dejar de bloquearla.

La imagen regresó con más detalle. El jardín era el de la casa de la infancia — el mismo jardín donde crecían los limoneros antes de que Santiago los trasplantara a la terraza. El pasto estaba mojado porque alguien había regado. El cielo era de un azul violento, sin una sola nube, de esos cielos de febrero en el Valle de México que parecen pintados con aerógrafo.

Ella tenía tres años. Lo sabía porque llevaba el vestido amarillo — el mismo de la foto del álbum — y porque las piernas no le alcanzaban para tocar los pedales del triciclo. Era un triciclo rojo con una calcomanía de un dinosaurio en el manubrio. Los pedales giraban solos porque alguien los empujaba desde atrás.

Santiago.

Tenía nueve. Era flaco, moreno, con el pelo demasiado largo cayéndole sobre los ojos. Empujaba el triciclo con una mano en el asiento y la otra lista para atraparla si se caía.

—No sueltes, ¿eh? Agárrate fuerte.

—¡Ya sé! —decía ella con la voz aguda de una niña que no sabe pero finge que sí.

—Si sueltas te caes.

—¡No me caigo!

Se cayó.

El triciclo giró sobre una piedra y Valentina salió disparada hacia el pasto. Aterrizó con las rodillas primero, y el dolor fue instantáneo — ese dolor limpio y agudo de la piel raspada contra la tierra, el tipo de dolor que no es grave pero que a los tres años se siente como el fin del mundo.

Lloró. Lloró con todo el cuerpo, con esa intensidad brutal que tienen los niños para el llanto, sin filtro ni vergüenza ni modulación. Se sentó en el pasto mojado con las rodillas sangrando y la cara roja y los mocos mezclándose con las lágrimas.

Santiago estaba a su lado antes de que terminara el primer sollozo. La levantó con las dos manos, con un cuidado desproporcionado para un niño de nueve años, como si cargara algo hecho de cristal. La puso sobre su cadera — ella era tan chiquita que cabía ahí, con las piernas colgando y la cabeza en su hombro — y la llevó a la cocina.

No le pidió ayuda a nadie. No llamó a Carmen ni a Rosario. Abrió el botiquín que estaba sobre el refrigerador — tuvo que subirse a una silla para alcanzarlo — y sacó una botella de agua oxigenada, algodón y una curita con dibujos de estrellas.

—A ver. Deja de llorar.

—¡Me duele!

—Sí, ya sé que te duele. Pero si lloras no puedo ver la herida.

Le limpió la rodilla con el algodón. Valentina gritó cuando el agua oxigenada burbujeó sobre la raspadura. Santiago sopló. El aire frío sobre la herida caliente la calmó un poco.

—No llores, niña limón —dijo, y su voz tenía un tono que no era el de un niño de nueve sino el de alguien mucho más viejo, alguien que ya había decidido que el dolor de esta persona era su responsabilidad—. Si lloras, me duele a mí.

Le puso la curita con las estrellas. Le besó la rodilla sobre la curita. Valentina dejó de llorar — no porque le dejara de doler, sino porque él le había dicho que su llanto le dolía, y eso era un poder que a los tres años no sabía nombrar pero que sentía como algo enorme.

—¿Ya? —dijo él.

—Ya.

—¿Me prometes que no sueltas el manubrio?

—Te prometo.

—¿Pinky promise?

Meñiques enganchados. La tercera vez. La cuarta. ¿Cuántas promesas de meñique habían hecho antes de que ella las olvidara todas?

---

Valentina abrió los ojos en la oscuridad del cuarto 214. El reloj marcaba las tres y catorce de la mañana. Tenía la cara mojada. Había llorado dormida, o despierta, o en ese espacio intermedio donde los recuerdos y los sueños son la misma cosa.

La curita.

Santiago le había puesto una curita en la cocina a medianoche, la primera semana en la residencia Montero. Le había limpiado la herida del dedo con agua oxigenada. Le había soplado. Exactamente los mismos gestos, la misma secuencia, la misma precisión cuidadosa. Catorce años después, sus manos repetían los movimientos con la fidelidad de un músculo que nunca olvidó la coreografía.

Él no había cambiado. Esa fue la revelación que la golpeó con la fuerza de una puerta que se abre de golpe: Santiago no había cambiado. El hombre de veinticuatro años que le limpiaba heridas en silencio era el mismo niño de nueve que le soplaba las rodillas y le decía "si lloras, me duele a mí". La misma economía de palabras, la misma abundancia de actos, la misma incapacidad total para dejarla rota sin repararla.

Ella era la que había olvidado. Ella era la que había cambiado.

---

Al día siguiente, esperó hasta las nueve de la noche. Santiago estaba en la terraza, como siempre, con la laptop y el vaso de agua y los limoneros como testigos silenciosos. Valentina subió con el collar de limón visible sobre la camiseta.

Se sentó frente a él. Esperó a que cerrara la laptop. Cuando lo hizo, lo miró directo.

—¿Tú me decías "niña limón"?

Santiago se quedó quieto. No del todo — sus dedos se detuvieron sobre la tapa de la laptop, a medio camino entre cerrarla y abrirla de nuevo, como si su cuerpo estuviera calculando la ruta de escape más eficiente.

—¿De dónde sacaste eso? —dijo.

—Lo recordé. Un jardín. Un triciclo rojo. Me caí, me raspé las rodillas, me llevaste a la cocina. Me dijiste "no llores, niña limón".

Silencio. Los limoneros no se movieron. No había viento esa noche.

—Santiago. ¿Tú me llamabas así?

Él la miró. La luz de la terraza le daba de costado, y Valentina pudo ver cómo algo se movía detrás de sus ojos — algo que empujaba hacia afuera pero que él mantenía contenido con la misma disciplina con la que manejaba juntas directivas y estados financieros.

—No me acuerdo —dijo.

Mentira. Valentina lo supo con la certeza física que dan las cosas que se sienten en el estómago y no en la cabeza. Era mentira. Él recordaba cada segundo. Recordaba el triciclo, la rodilla, la curita de estrellas, el beso sobre la venda. Lo recordaba todo con la nitidez feroz de alguien que nunca tuvo la suerte de olvidar.

—Mientes —dijo ella.

—No.

—Sí mientes. Te acuerdas perfectamente. Me decías "niña limón" desde antes de que Mateo existiera en mi vida.

Santiago cerró la laptop del todo. Se recargó en la silla. Cruzó los brazos — su postura de trinchera, la que usaba cuando el mundo le exigía más vulnerabilidad de la que estaba dispuesto a dar.

—Si me acuerdo o no —dijo, con la voz plana—, no cambia nada.

—Cambia todo.

—¿Por qué?

Valentina abrió la boca. La cerró. La pregunta la tomó desprevenida porque la respuesta era demasiado grande para una oración. Porque si Santiago la llamaba "niña limón" primero, entonces el apodo no era de Mateo. Entonces Mateo lo aprendió de él. Entonces todo lo que ella creía saber sobre quién la nombró, quién la quiso primero, quién estuvo antes — todo eso necesitaba ser reescrito.

—Porque si tú lo dijiste primero —dijo despacio, eligiendo cada palabra como quien camina sobre hielo delgado—, entonces Mateo no inventó nada. Lo copió de ti.

Santiago no respondió. Pero su silencio fue una confesión más elocuente que cualquier palabra, y ambos lo supieron.

Valentina se levantó. Se detuvo junto a la puerta de cristal.

—¿Qué más copió Mateo de ti, Santiago?

No esperó la respuesta. Bajó las escaleras con la pregunta rebotando en las paredes, exactamente igual que su risa tres noches antes — como algo que no quería irse.

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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