El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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EL SEÑOR DE TRAJE NEGRO
La lluvia caía como balas sobre el mercado de San Miguel.
Golpeaba el techo de calamina del puesto de Catalina con un ruido sordo, constante, que ya se le había metido en los huesos después de 4 años vendiendo tamplin en esa misma esquina.
Catalina acomodó la lona azul que hacía de techo. El viento se metía por todos lados y le tiraba el pelo a la cara. Tenía 24 años pero las manos de 40. Manos de amasar, de pelar papas a las 3 de la mañana, de cargar ollas de 20 kilos.
El vapor del tamplin subía y le empañaba los lentes. Olía a papa amarilla, a ají amarillo, a caldo de res que llevaba hirviendo desde las 4 de la mañana. Olía a casa. Olía a su mamá, que le enseñó la receta antes de morirse.
"Tres tamplines, niña. Con bastante ají"
"Ya va, don Pedro. Siéntese que está lleno el mercado"
Don Pedro era taxista. Venía todas las noches desde que su esposa lo botó. Decía que el tamplin de Catalina era lo único que le quitaba el frío del alma.
Eran las 8 pm. La hora pico. La hora en que los hombres de verdad llegaban. Obreros con las botas llenas de barro. Policías de franco. Borrachos que buscaban algo caliente antes de irse a dormir a la calle. Gente con hambre de verdad. No de restaurantes. Hambre de casa.
Catalina movía el cucharón grande dentro de la olla. El caldo hacía "glu glu" y las hojas de plátano de los tamplines flotaban, gorditos, esperando ser servidos.
Fue entonces cuando el mercado se calló un poco.
No es que la gente dejara de hablar. Pero el ruido bajó. Como cuando pasa algo raro.
Catalina levantó la vista y lo vio.
Traje negro. Impecable. Ni una gota de lluvia le había tocado porque un tipo atrás sostenía un paraguas negro enorme sobre su cabeza. Zapatos negros brillando a pesar del charco. Reloj que costaba más que todo el mercado junto.
Y la cara.
Dios, la cara.
Mandíbula marcada. Ojos negros que no parpadeaban. Cero expresión. Como si le hubieran prohibido sonreír desde niño.
Atrás de él, dos hombres más. También de negro. También con cara de "no me hables". Guardaespaldas. Eso era obvio.
El señor serio.
Llevaba una semana apareciendo. Siempre a las 8 pm. Siempre se paraba frente a su puesto. Nunca pedía. Nunca hablaba. Solo miraba la olla, miraba a Catalina, y se iba a los 5 minutos.
La primera vez Catalina pensó que era policía encubierto.
La segunda, que era de la municipalidad y le iba a clausurar el puesto.
La tercera, la cuarta, la quinta... dejó de importarle.
Había demasiados problemas reales como para preocuparse por un rico aburrido.
Pero hoy estaba diferente. Hoy no se fue.
Se quedó parado. A un metro de la olla. La lluvia le resbalaba por el paraguas pero a él no le caía ni una gota.
Catalina limpió un plato con el delantal. El delantal ya estaba manchado de ají y de grasa. Era su delantal de guerra.
"¿Le sirvo, señor?" preguntó. Voz fuerte. Acostumbrada a gritar pedidos entre el ruido del mercado.
Silencio.
Los dos guardaespaldas se tensaron. Uno metió la mano dentro del saco. Catalina no era tonta. Sabía lo que eso significaba.
"Un tamplin" dijo por fin el hombre de traje.
Voz grave. Ronca. Como si no la usara en meses. Como si hablar le costara.
"¿Con ají o sin ají?" preguntó Catalina, sirviendo ya el plato.
"Con."
Le puso dos tamplines. Le echó bastante caldo. Le puso ají picado, cebolla, y un limón al costado. El plato humeaba. En noches como esa, eso valía oro.
"Son 8 soles, señor"
El hombre sacó una billetera negra de cuero. De esas que no se doblan. Sacó un billete de 100 y lo dejó sobre la mesa. Sin tocar el plato todavía.
"Quédese con el cambio" dijo.
Catalina se quedó mirando el billete. 92 soles de propina. Eso era lo que ganaba en 3 días buenos.
"Gracias... pero ¿no lo va a probar?"
Por un segundo, nada. El hombre solo la miró. Y entonces pasó.
El vapor del tamplin le dio directo en la cara. El olor le llenó la nariz. Y por un segundo, medio segundo, la máscara de hielo se le cayó.
Algo brilló en sus ojos. Algo como hambre. No de comida. Hambre de otra cosa.
Algo como recuerdo. Como si ese olor lo hubiera llevado a otro lugar, a otro tiempo.
Apretó la mandíbula. Volvió a ser piedra.
"No" dijo. Y se dio la vuelta.
Se fue. Con el paraguas, con los guardaespaldas, con el plato de tamplin intacto enfriándose sobre la mesa.
Catalina se quedó con el billete de 100 en la mano y el corazón latiéndole raro.
"Raro ese señor" dijo don Pedro desde su silla. "Lleva una semana viniendo y nunca come."
Catalina guardó el billete en la lata donde guardaba las ganancias. "Gente rica, don Pedro. Tienen tiempo para perder."
Pero no se le fue de la cabeza.
A las 11 pm Catalina cerró el puesto. Guardó la olla, lavó los platos en un balde, tapó todo con plástico.
El mercado ya estaba vacío. Solo quedaban los perros y el sonido de la lluvia.
Caminó 3 cuadras hasta su cuarto. Un cuarto de 3x3 que alquilaba con una cocina eléctrica y un colchón en el piso.
Antes de dormir contó el dinero. 340 soles. Con el billete de 100, 440.
Podía pagar el alquiler. Podía comprar más carne para mañana. Podía respirar una semana.
Se durmió con el olor a tamplin en la ropa.
Tres cuadras más allá, en un callejón sin luz, dos hombres estaban tirados en el piso.
Eran los mismos dos que desde hace meses le cobraban "cupo" a Catalina. 50 soles semanales "para que nadie te moleste".
Hoy tenían la cara hinchada. Los brazos torcidos. Y al lado de uno, escrito con marcador en el piso:
"ESTE PUESTO TIENE DUEÑO. NO JODAN"
Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Las cámaras del callejón "casualmente" se malograron esa noche.
A las 12:30 am, en una mansión en la zona más cara de la ciudad, el señor de traje negro se quitó el saco.
La mansión era fría. Todo blanco y negro. Cuadros caros. Silencio.
No había fotos. No había plantas. No había nada que dijera "aquí vive una persona".
El chef salió de la cocina. "Señor, la cena está servida. Filete wagyu, como siempre"
El hombre miró la mesa. 12 platos. Cubiertos de plata. Vino de 10 mil dólares.
"Deshazte de todo" dijo.
El chef se quedó congelado. "¿Señor?"
"Que tires toda la comida. Mañana a las 8 pm quiero tamplin. Del puesto del mercado de San Miguel. De la chica delantal."
"¿Tamplin, señor?"
"Tamplin."
Y se fue a su cuarto. Solo.
Pero por primera vez en 10 años, tenía hambre. Hambre de verdad.
Catalina se despertó a las 3 am como siempre.
Puso a hervir el agua. Peló 10 kilos de papa. Amasó. Envolvió tamplines en hojas de plátano.
Mientras trabajaba pensaba en el señor de traje negro. En sus ojos. En ese segundo en que pareció humano.
"Estoy loca" se dijo a sí misma. "Seguro es un loco con plata."
A las 7 am ya tenía 80 tamplines listos. A las 8 am abrió el puesto bajo la lluvia.
A las 8 pm en punto, ahí estaba él.
Mismo traje negro. Mismo paraguas. Mismos dos guardaespaldas.
Pero esta vez no se quedó parado.
Se acercó. Se sentó en la silla plástica. Frente a ella.
"Un tamplin" dijo. "Y me voy a quedar a ver cómo lo hace."
Catalina tragó saliva. El señor serio quería sentarse en su puesto.
El mercado entero los estaba mirando.
Y Catalina, sin saberlo, acababa de venderle al hombre más peligroso de la ciudad algo que no tenía precio:
Un poco de calor en una noche de lluvia.
**FIN CAPÍTULO 1**