Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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La llamada
El recorrido terminó cerca del mediodía.
Cuando regresaron al interior de la residencia, un empleado se acercó con una ligera reverencia.
—Señor.
Ivako se detuvo.
—¿Sí?
—La señora Ivy Villald está al teléfono. Pregunta si puede hablar con la señora Volkov.
Ivonne levantó la cabeza de inmediato.
—¿Ivy?
El empleado asintió.
—Dice que no quiere interrumpir, pero que le gustaría saber cómo se encuentra.
Ivako hizo un gesto hacia el teléfono del pequeño salón contiguo.
—Tiene privacidad allí.
—Gracias.
Apenas cerró la puerta, Ivonne tomó el auricular.
—¿Ivy?
—¡Ivonne!
Solo escuchar la voz de su hermana hizo que sonriera.
—¿Cómo estás?
—Esa pregunta debía hacerla yo. ¿Cómo estás tú?
Ivonne miró por la ventana.
Desde allí podía verse parte del jardín que acababan de recorrer.
—Estoy bien.
Hubo un breve silencio.
—¿De verdad?
—Sí.
Ivy soltó un suspiro de alivio.
—No dejé de pensar en ti en toda la noche.
—Yo tampoco dejé de pensar en ti.
Las dos rieron con suavidad.
—¿Cómo es la casa?
—Enorme.
Creo que todavía no vi ni la mitad.
—¿Y… él?
Ivonne sonrió sin darse cuenta.
—Es distinto.
—¿Distinto cómo?
Pensó unos segundos.
—Muy serio.
Muy educado.
Y… bastante paciente.
—¿Eso es bueno?
—Creo que sí.
Ivy respiró más tranquila.
—Me alegra tanto escuchar eso.
Las dos siguieron hablando algunos minutos más.
Recordaron anécdotas de la infancia, comentaron algunos detalles de la boda y, por primera vez desde el cambio de compromiso, la conversación no estuvo llena de culpa.
Antes de cortar, Ivy habló con voz más baja.
—Te extraño.
Los ojos de Ivonne se humedecieron.
—Yo también.
—Prométeme que vas a llamarme seguido.
—Lo prometo.
Colgó lentamente.
Necesitó unos segundos para recomponerse.
Cuando salió del salón, encontró a Ivako esperándola en el pasillo.
No parecía impaciente.
Simplemente aguardaba con las manos en los bolsillos.
—¿Todo bien?
Ella asintió.
—Era mi hermana.
—Lo imaginé.
Comenzaron a caminar otra vez.
—La extraña.
No era una pregunta.
—Muchísimo.
Ivonne bajó la mirada.
—Ella era la persona con la que hablaba todos los días.
Ahora siento que…
No terminó la frase.
—Que dejó una parte de su vida atrás.
Ella lo miró, sorprendida.
—Sí.
Exactamente eso.
Ivako permaneció unos segundos en silencio antes de decir:
—No quiero que sienta que perdió a su familia por este matrimonio.
Ivonne sonrió con cierta tristeza.
—No depende de usted.
—No.
Pero sí puedo hacer algo para que verla no sea un problema.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué se refiere?
—La residencia Villald está a cuarenta minutos de aquí.
Si quiere visitarla, o recibir a su hermana en esta casa, no necesita pedir permiso.
Es libre de hacerlo.
Ivonne se quedó inmóvil.
Aquellas palabras tenían un peso enorme.
En la mansión Villald, incluso siendo adulta, muchas veces debía avisar a su padre antes de hacer planes o recibir visitas.
Aquí, en cambio, el hombre con el que llevaba casada apenas un día le estaba diciendo que podía decidir por sí misma.
—Gracias.
Fue lo único que logró decir.
Ivako asintió con naturalidad.
—No me las agradezca.
Es su hogar también.
Ivonne sintió un leve nudo en la garganta.
Había vivido veinticuatro años en la casa de los Villald…
Y nunca había escuchado esas palabras.
“Es su hogar también.”
Por primera vez desde que cruzó los portones de la residencia Volkov, comenzó a preguntarse si, tal vez, el lugar donde uno se siente en casa no depende de las paredes…
Sino de cómo lo hacen sentir las personas que viven en ellas.