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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

...Val....

No debí haber vuelto al bar.

Pero Nati insistió en una segunda ronda de celebración por el Civic, Rodri dijo que Marcos quería despedirse antes de un viaje a Buenos Aires, y yo no tenía la energía para inventar una excusa. Así que ahí estaba, frente a Bar Vuelo Nocturno a las diez de la noche, con jeans y una blusa negra que era lo más presentable que encontré limpio.

Entré. El bar estaba más lleno que de costumbre — viernes de paga, gente del aeropuerto después de turno, música más fuerte de lo normal. Los ubiqué al fondo: Nati, Rodri, Marcos, y un par de sobrecargos que conocía de vista.

Seb no estaba.

Algo se me desinfló en el pecho. No alivio. No decepción. Algo intermedio que no me gustó sentir.

—¡Val! —Nati me jaló del brazo hasta la mesa—. Llegaste. Creí que me ibas a dejar plantada.

—Casi. ¿No hay nadie más?

—Seb fue al baño —dijo Rodri, con una sonrisa que decía mucho más que eso.

Me senté. Pedí una limonada. Escuché a Marcos contar historias de Buenos Aires que involucraban un taxista, un perro callejero y un billete de cien dólares. Nati se reía de todo. Rodri la miraba reírse con cara de idiota enamorado. Todo normal.

A los veinte minutos necesitaba aire. El bar se había llenado más, hacía calor, y el ruido me estaba taladrando las sienes. Me disculpé y salí por la puerta lateral, la que daba a un pasillo estrecho junto al estacionamiento.

El aire de la noche me golpeó la cara. Fresco. Bien. Respiré hondo, me recargué contra la pared y cerré los ojos.

Y entonces escuché la voz de Seb.

Venía de adentro, cerca de la puerta. No me estaba hablando a mí. Estaba hablando con alguien — Rodri, por el tono— y no sabía que yo estaba ahí.

—Ya, en serio, capitán. —Era Rodri—. ¿Cuánto más vas a esperar? La chica te gusta. Le gustas. Es obvio. ¿Qué falta?

—No es así de simple, Rodri.

—Claro que es así de simple. Le dices "me gustas, quiero estar contigo" y ya.

—Ella no está lista.

—¿Y tú sí?

Silencio. Luego la voz de Marcos:

—Seb, te conozco desde los dieciocho. Nunca te vi así con nadie. Ni con Diana, ni con la española, ni con ninguna. Esta chica te tiene mal.

—No me tiene mal.

—Te tiene pésimo —dijo Rodri—. El otro día la esperaste cuarenta minutos en la cafetería con un café que ni siquiera sabías si le iba a gustar. CUARENTA MINUTOS. Tú, que te levantas de la mesa si alguien llega cinco minutos tarde.

Otro silencio.

—Un mes —dijo Seb.

—¿Un mes qué?

—En un mes, Valentina va a ser mía.

Lo dijo sin presumir. Sin fanfarronear. Lo dijo como alguien que anuncia un hecho. Como un piloto que dice "vamos a aterrizar en veinte minutos": con la certeza tranquila de quien sabe exactamente lo que hace.

—Uh —dijo Rodri—. Capitán, eso sonó muy de telenovela.

—Es lo que es. Ya esperé diez años. Puedo esperar un mes más.

—¿Y si ella no quiere? —preguntó Marcos.

—Entonces voy a ser el hombre que estuvo más cerca. Y voy a irme sin hacer ruido. Pero no sin intentarlo.

Me quedé pegada a la pared. Las piernas no me respondían. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo desde adentro.

Un mes. Valentina va a ser mía. Diez años.

Diez años.

Eso quería decir que desde el bachillerato. Desde que nos sentábamos juntos y nos peleábamos por medio punto en los exámenes. Desde que yo olía a manzana verde y él me miraba copiar sus respuestas sin decir nada. Desde antes de que yo supiera qué era esto que sentía cada vez que estaba cerca de él.

El vaso de limonada me temblaba en la mano. Lo apreté para que no se notara.

Me enderecé. Caminé de vuelta a la puerta. Entré al bar con la cara más neutra que pude armar.

Seb estaba de vuelta en la mesa, sentado como si nada, con un whisky en la mano y esa expresión de control absoluto que me daba ganas de romperle algo. Me miró cuando me senté.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

—Tomando aire.

—¿Estás bien?

—Perfecta.

Mentira. No estaba perfecta. Estaba temblando por dentro. Porque una parte de mí — la parte estúpida, la parte borracha de tequila emocional, la parte que recordaba sus manos y su boca y la forma en que dijo mi nombre en la oscuridad de un hotel— quería que ese mes empezara ahora.

Y la otra parte — la parte rota, la parte que Luciano destruyó y que mi padre nunca construyó— sabía que si dejaba a Sebastián del Fuego entrar de verdad, iba a romperme de una forma de la que no iba a poder recuperarme.

Me quedé una hora más. Me reí de los chistes de Rodri. Hablé con Marcos sobre Madrid. Dejé que Nati me agarrara la mano debajo de la mesa porque ella siempre sabía cuándo algo estaba pasando dentro de mí aunque yo no dijera nada.

Y cuando me fui, caminé al estacionamiento sola, me subí a mi auto, cerré la puerta y me agarré del volante.

Un mes.

Maldito, maldito Del Fuego.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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