En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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La física del eco
El silencio de París nunca había sido tan pesado. No era la ausencia de sonido; era un vacío denso, cargado de reproches invisibles que flotaban en los pasillos de piedra de la universidad. El campus seguía su curso habitual con una indiferencia cruel: se escuchaban las risas estridentes cerca de las escaleras, el golpeteo rítmico de cientos de pasos sobre el pavimiento helado y las conversaciones triviales sobre los exámenes finales.
Pero ahora, para Liv, había algo más. Un ruido de fondo que la perseguía como una sombra.
Susurros. Miradas de reojo que se desviaban rápidamente cuando ella volteaba. Historias contadas a medias en los rincones húmedos de la facultad.
—¿Ya viste a la chica del experimento? —murmuró una voz femenina cerca de los casilleros.
—Pobre… Qué humillación.
—¿Cómo pudo ser tan ingenua para no darse cuenta?
—Dicen que él apostó una fortuna con sus amigos de Berlín desde el primer día…
Liv escuchaba cada sílaba. No porque quisiera regodearse en su propio dolor, sino porque el aire parecía amplificar el veneno y era físicamente imposible evitarlo. Caminaba con la mirada fija al frente, los hombros rectos y la mandíbula firme. Sin detenerse. Sin responder a los ojos curiosos que buscaban una lágrima o un arrebato de debilidad. Pero cada palabra pronunciada a sus espaldas dejaba una marca invisible, un corte limpio en su dignidad.
Esa mañana, la banca de madera bajo el gran roble estaba completamente vacía. No porque ella no hubiera asistido a la universidad, sino porque ese lugar ya no le pertenecía; se había transformado en el escenario de una farsa. Ahora, Liv prefería quedarse dentro de los edificios. Buscó refugio en la biblioteca principal, perdiéndose en las últimas filas de los pasillos de literatura clásica, allá donde la luz mortecina apenas iluminaba las estanterías de madera vieja. Donde nadie la viera. Donde nadie pudiera recordarle quién era.
Sin embargo, había un cambio sutil en su aislamiento. Ya no era la invisibilidad gris nacida del miedo que la caracterizaba cuando llegó a París. Esta vez, quedarse en la penumbra era una elección consciente. Una forma de proteger su espacio.
—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó una voz tímida, rompiendo la quietud del pasillo.
Liv levantó la mirada de sus apuntes. Era una chica de su misma clase de literatura medieval, alguien a quien había visto un par de veces pero con quien jamás había cruzado palabra.
—Sí… adelante —respondió Liv, asintiendo levemente.
La chica dejó sus libros sobre la mesa con cuidado y se sentó enfrente, estirando la mano con un gesto un poco nervioso.
—Soy Hanna.
—Liv.
—Lo sé —dijo Hanna, y un silencio incómodo se instaló entre las dos durante unos segundos. La chica tamborileó los dedos sobre su cuaderno antes de armarse de valor—. Escucha… de verdad lo siento mucho. Por todo lo que pasó, por lo que andan diciendo esos idiotas en los pasillos.
Liv bajó la mirada hacia la tinta negra de sus apuntes, sintiendo que el estómago se le comprimía.
—No tienes que disculparte por cosas que no hiciste, Hanna. No es tu problema.
—Sí, tengo que hacerlo —la interrumpió Hanna con una suavidad firme, mirándola con honestidad—. Lo que esos junior hicieron… no estuvo bien. Nadie merece ser el entretenimiento de unos tipos aburridos con demasiado dinero.
Liv respiró hondo, conteniendo el nudo que amenazaba con cerrarle la garganta. Enderezó la espalda y sostuvo la mirada.
—Estoy bien.
Era una mentira monumental, una fachada que apenas se sostenía con alfileres, pero su voz sonó asombrosamente firme. Hanna dudó un instante, detectando la barrera, pero decidió no presionar más de la cuenta.
—Si alguna vez necesitas hablar, o tomar un café fuera de este lugar… búscame. En serio.
—Gracias —respondió Liv con una sonrisa pequeña y genuina.
No iba a hacerlo; su orgullo no le permitía desnudarse ante extraños. Pero agradeció profundamente el gesto humano, la pequeña brizna de empatía en medio de un océano de cinismo.
me gustó mucho