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El Lado Oscuro De La Pasión

El Lado Oscuro De La Pasión

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amante arrepentido / Reencuentro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...

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Capítulo 2

Se sentó ante el escritorio, inclinando su rostro pálido como cera mientras los recuerdos la asaltaban.

- ¡Maldición! -Susurró, desesperada-. ¿No pueden dejarme en paz?

Diez años antes, Rebecca conoció a Jay, mientras trataba de convertirse en mujer, dejando atrás a la niña salvaje y caprichosa que había sido. Sólo contaba con dieciséis años y ya amaba tanto la vida que esa ansia se le reflejaba en el rostro, cuando Jay llegó a buscarla aquel verano fatal.

Volvía de la universidad por última vez, a punto de tener el diploma en el bolsillo, impaciente por obtener el puesto que le asignarían, al frente del conglomerado comercial valuado en millones de libras esterlinas que su madre manejaba con mano de hierro, desde Harrogate.

Propietarios de tierras desde tiempos inmemoriales, a los Lorence se les consideraba la crema de la crema en la localidad. Sin embargo y a pesar de las diferencias sociales que los separaban, Jay siempre formó parte de la vida de Rebecca. Jay le enseñó a montar, introduciéndola a una nueva y fascinante manera de tranquilizar su naturaleza inquieta y rebelde, mientras galopaba a través del hermoso campo de Yorkshire, montada en uno de los caballos que él le prestaba. Le brindó la libertad de escapar de las restricciones de una madre represiva y de un padre a quien le importaba más el cultivo de sus rosas, que su hija. Según Jay, nació en el lugar y el tiempo equivocados, debiendo pertenecer a una tribu de gitanos, en lugar de a un ama de casa amargada y a un jardinero retraído.

Jay siempre aparecía cuando Rebecca se metía en problemas. La saco del río aquella vez en que estuvo a punto de ahogarse y la azotó con vigor por atreverse a nadar en la corriente durante los deshielos de primavera: La apretó contra su cuerpo, meciéndola con suavidad cuando su padre murió de un ataque cardíaco. Y también la arrancó, pataleando y gritando, del coche de Joe Tynde aquel verano de sus quince años en que decidió que ya era hora de que experimentara lo que todas sus amigas de la escuela sabían... qué se sentía al ser besada por un hombre.

- ¿No basta que te consideren ingobernable, ahora te propones que te tachen de indecente? -la regañó, medio tirando, medio arrastrándola por el camino que conducía a la mansión.

-Sólo nos besábamos, Jay -sé sulfuró, mortificada en secreto de que su amigo la hubiera descubierto en esa situación embarazosa-. ¡Una chica tiene que aprender alguna vez!

Se volvió iracundo hacia ella, ya un hombre, alto, delgado y guapo a morir. Había luna llena esa noche y brillaba sobre sus cabellos negros, bañándolos de un halo plateado. Pero le llamó la atención el azul de sus ojos, mientras la recorrían, condenándola.

- ¡Mírate!-le ordenó-. Se necesita algo más que un beso para desabotonarte la blusa.

Avergonzada; contempló el desperfecto y comprobó que él no exageraba.

- ¡Ni siquiera usas sostén! -se mofó, con desprecio.

-Ya nadie lo usa -musitó, a la defensiva, cerrándose la blusa con tanta premura que ni siquiera se atrevió a sostenerle la mirada.

-Algunas no lo usan -la corrigió y la sorprendió atrapándola por la cintura y apretándola con furor contra su cuerpo-. Si querías que te dieran unas lecciones de amor, Becky, ¿por qué no me lo dijiste? Después de todo, yo te he enseñado lo que sabes, ¿no?

Todavía recordaba su propio despertar a Jay, mientras lo contemplaba nerviosa y captaba el enojo que lo ponía tenso.

- ¡No, Jay! -protestó apenas, antes que se sumiera en un remolino de sensaciones cuando su boca tibia cubrió la de ella.

Nada... nada en su aventurera vida de quince años la preparó para lo que sucedería esa tibia noche de luna llena. No estaba preparada para el beso, ni para la pasión desconcertante que explotó entre ellos al sentir sus manos, cálidas y experimentadas tocarle los pechos desnudos, acariciándoselos, masajeándoselos, aproximándose a una vida propia que la impactó y la mantuvo inmóvil entre sus brazos, paladeando esas nuevas y excitantes emociones.

Entonces la apartó, retrocediendo para quemar su carne con una mirada amarga, mientras ella se balanceaba, tan perdida en sus sensaciones que apenas podía respirar.

- ¡No te acerques a los chicos, Becky! -le advirtió, seco-. ¿Me oyes? ¡No te acerques a esos malditos muchachos! -luego se fue, con zancadas furiosas y, cuando ella corrió tras él, ya había desaparecido por las puertas del Hall, pasando ante la casa del conserje donde ella y su madre vivían.

Al día siguiente, regresó a la universidad y no volvieron a verse en un año. Pero al retornar, el verano siguiente, Jay descubrió a una nueva Rebecca: a la que se convirtió en mujer, emergiendo de una crisálida de gitana para adquirir una belleza exótica que lo dejó alelado.

La encontró cerca del río, sentada sobre una toalla absorta en la última novela de sexo y crimen que se vendía por millones en las librerías. Era un día hermoso, cálido y la superficie del río bailaba con el aire tibio. Ella usaba unos diminutos pantaloncillos que dejaban admirar su piel, ya dorada por el sol.

No tenía idea de cuánto tiempo permaneció de pie, bajo la sombra de uno de los árboles que bordeaban el río. De pronto ella volvió la cabeza y vio su rostro moreno y sus manos metidas en los bolsillos del pantalón.

-Hola -la saludó, casi con cautela.

-Hola -replicó, enviándole una tímida sonrisa-. Oí que habías vuelto a casa -un silencio extraño se extendió entre ambos, mientras se observaban. Después él se acercó, todavía precavido, para sentarse a su lado y leer la portada del libro que la chica descartó al verlo.

-Demasiado vulgar, ¿no crees? -comentó.

-Sí -sonrió, con unas lucecillas traviesas brillándole en las pupilas grises. Pero algo en él le quitó el aliento y tuvo que buscar qué decir-: A propósito, felicidades -en ese momento recordó que Jay había terminado sus estudios universitarios-. Creo que te graduaste con honores.

-Ahora ya puedo considerarme un hombre -comentó con sequedad casi cínica. Rebecca lo contempló con simpatía. Quizá a ella le costaba trabajo madurar bajo las restricciones que le imponían a su naturaleza impetuosa; pero él, como todos los ricos y privilegiados, debía alcanzar la altura que su ambicioso padre determinaba:

-Un verano completo en casa... -suspiró, contento, estirándose a su lado, con la cabeza descansando sobre su brazo, mientras observaba la luz del sol filtrarse por entre las ramas del árbol-. Después me embarcarán para América por un año; para que aprenda a administrar una compañía y no cometa errores en la de mi padre.

-Supongo que debemos crecer -replicó Rebecca y de repente una suave melancolía oscureció sus hermosos ojos.

-Sí -aceptó Jay, estudiando el delicado perfil de la joven-. Aun que creo que tú ya empezaste ese proceso -con un dedo delineó su mandíbula-. ¿Te portaste bien durante mi ausencia?

-Oh, sí -le confesó, con ojos pícaros-. Tan bien como soy capaz. He estado demasiado ocupada para portarme de otro modo desde que mi madre me buscó un empleo... ayudar a la señora Lumley tres veces por semana, en su casa.

- ¿En su casa? -Jay se sentó, mientras su sorpresa se transformaba en ira con rapidez-. No debes trabajar de sirvienta, Rebecca -le advirtió-. A diferencia de tu madre, no naciste para obedecer a nadie.

1
Alexandra Ortiz Posada
Me enfurece que ella se deje menospreciar de esa manera
Alexandra Ortiz Posada
Cada vez más odioso
Alexandra Ortiz Posada
Demasiado tonta
Alexandra Ortiz Posada
Odioso, y ni siquiera le pide perdón por la haberla golpeado
Alexandra Ortiz Posada
Malvado, egoísta, no se interesa en el sufrimiento de ella
Alexandra Ortiz Posada
Odio como la trata este estupido
Alexandra Ortiz Posada
Desgraciado, como se atreve a pegarle
Alexandra Ortiz Posada
Es odioso este tipo
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