Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 12
Elara y Collins entraron en la sala de urgencias casi al mismo tiempo que los enfermeros traían al paciente. El hombre yacía sobre la camilla, con el rostro grisáceo y los ojos entrecerrados por el dolor y la pérdida de sangre. La pierna derecha era un espectáculo horrible: la ropa hecha jirones, la carne abierta, el hueso asomando en un ángulo que no debía estar, y la sangre empapando las vendas que los enfermeros habían intentado colocar apresuradamente durante el trayecto desde la mina.
—¡Muévanlo a la camilla! —ordenó Collins, aunque su voz temblaba ligeramente.
Elara no esperó. Se acercó al paciente con pasos rápidos y seguros, y sus manos comenzaron a moverse antes de que nadie pudiera decir nada.
—¿Qué haces? —preguntó Collins, sorprendido al verla deshacer las vendas que apenas habían colocado.
—Evaluar la herida —respondió ella sin levantar la vista—. No podemos detener la hemorragia si no sabemos dónde está el punto exacto.
Los enfermeros y ayudantes que habían traído al hombre la miraron con desconcierto, pero Elara no les prestó atención. Sus dedos recorrieron la pierna con la precisión de quien ha hecho esto cientos de veces. La piel alrededor de la herida estaba fría y pálida, un signo de que la pérdida de sangre ya era considerable.
—Collins —dijo, con voz firme—. Necesito que me ayudes con la presión. Aquí.
Señaló un punto justo encima de la rodilla.
—¿Ahí?
—Sí. Fuerte. No aflojes hasta que yo te lo diga.
El muchacho obedeció, aunque sus manos temblaban al hacer presión. Elara, mientras tanto, tomó una gasa limpia y comenzó a limpiar la zona alrededor de la herida con movimientos rápidos pero cuidadosos. La sangre seguía brotando, pero ella no se detuvo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó una de las enfermeras, con la voz aguda por la preocupación—. Eso no es un método que conozcamos.
—Porque no es un método que se use aquí —respondió Elara, sin apartar los ojos de la herida—. Pero funciona.
Lo que estaba haciendo era, en esencia, un torniquete improvisado, pero no con una cuerda o un cinturón como se hacía en aquel mundo. Estaba utilizando un sistema de compresión directa con varios pliegues de gasa, aplicando presión en puntos específicos para reducir el flujo sanguíneo sin cortarlo por completo. Era un método que había aprendido en su vida anterior, una técnica que había salvado más de una vida en situaciones extremas.
—Necesito una pinza hemostática —dijo de repente.
—¿Una qué? —preguntó Collins, confundido.
Elara levantó la vista un segundo.
—Unas pinzas finas. Pequeñas. Para sujetar el vaso sanguíneo.
Collins parpadeó, y luego entendió.
—¡Las pinzas de disección! ¡Tráiganlas!
Una enfermera salió corriendo y regresó en menos de un minuto con un pequeño estuche metálico. Elara lo abrió, seleccionó la pinza adecuada y, sin dudarlo, la introdujo en la herida.
Todo el personal contuvo la respiración.
Los dedos de Elara se movían con una precisión que parecía imposible. Encontró el vaso roto, lo sujetó con la pinza, y la sangre que había estado brotando sin control se redujo a un goteo.
—Presión aquí —indicó a Collins, señalando otro punto—. Mantén hasta que termine.
Collins obedeció, aunque sus ojos estaban abiertos como platos.
—¿Cómo sabías...?
—Práctica —respondió Elara, y fue todo lo que dijo.
Minutos después, la herida estaba limpia, la hemorragia controlada y la pierna vendada con una técnica que ninguno de los presentes había visto antes. El paciente, aunque aún débil, respiraba con más regularidad.
Elara se apartó un momento para secarse el sudor de la frente.
—Ya está. Ahora necesita reposo y una dieta rica en hierro para recuperar la sangre perdida. Pero no va a morir.
El silencio en la sala era absoluto.
Collins la miró como si acabara de ver a un fantasma.
—Eso... Eso no era normal —dijo en voz baja.
Elara sonrió con cansancio.
—Es normal para mí.
La enfermera que había traído las pinzas se acercó, con los ojos brillantes de admiración.
—Señorita Elara, ¿dónde aprendió a hacer eso?
Ella guardó silencio un momento. Luego respondió con una sonrisa que no revelaba nada.
—En libros. Y con mucha práctica.
No era cierto. Pero era la única respuesta que podía dar.
Uno de los hombres que había traído al minero, un compañero de trabajo con el rostro aún pálido por el susto, dio un paso adelante.
—Señorita, ¿de verdad va a salvarse?
Elara lo miró y asintió con calma.
—Va a vivir. Pero necesitará tiempo para recuperarse. La pierna... probablemente no vuelva a ser la misma. Pero vivirá.
El hombre soltó un tembloroso suspiro de alivio y se llevó una mano al pecho.
—Gracias. Gracias, señorita. Cuando lo vimos caer, pensamos que no lo lograría. Los enfermeros hicieron lo que pudieron, pero la sangre no paraba de salir. Usted lo salvó.
Elara bajó la mirada un momento.
—Solo hice mi trabajo.
—No todo el mundo haría eso por un minero —dijo el hombre, con voz quebrada.
Ella levantó la vista y sonrió.
—Todo el mundo debería.
Cuando salió de la sala, Collins la seguía como un perrito perdido.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
—Dime.
—¿De verdad no has estudiado en ninguna academia?
Elara se detuvo y lo miró.
—Collins —dijo, con una paciencia que bordeaba la diversión—. Si te dijera que he estudiado en una academia, no me creerías. Y si te dijera que no, tampoco. Así que mejor quédate con lo que viste hoy.
El muchacho abrió la boca, la cerró, y finalmente asintió.
—Entendido.
Elara siguió caminando, y por un momento, se permitió sonreír.
Bueno, pensó. Quizás este mundo no sea tan diferente después de todo.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔