Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
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Capitulo 3
Rosalind
No pude volver a dormir.
Después de aquella pesadilla, permanecer acostada era inútil.
Como cada mañana, saqué el pequeño diario que mantenía oculto dentro de un compartimento secreto de mi tocador y anoté todo lo que podía recordar.
Era una rutina que había comenzado años atrás.
Gracias a ese diario había descubierto algo inquietante: los sueños cambiaban.
Cada vez recordaba más detalles.
Más voces.
Más lugares.
Más dolor.
Aquella noche había logrado distinguir mejor la mansión, el jardín y el laberinto donde había muerto.
También los ojos.
Esos horribles ojos color malva.
Lo único que seguía sin recordar era el nombre de aquel hombre.
Cerré el diario y suspiré.
Quizás debería dejar que todos pensaran que estaba loca.
No parecía una idea tan terrible.
Tal vez así dejarían de intentar casarme.
A las seis de la mañana las empleadas entraron en mi habitación.
Para entonces ya estaba bañada y vestida.
Solo necesitaban peinarme y arreglar la cama.
Mi rutina siempre era más sencilla que la de mis hermanas menores.
Mientras una de las muchachas acomodaba mi cabello negro, observé mi reflejo en el espejo.
Piel demasiado blanca.
Ojos verdes.
Expresión fría.
La máscara perfecta.
La sociedad creía que yo era distante y arrogante.
Nadie imaginaba cuánto deseaba simplemente vivir en paz.
---
Bajé al comedor.
—Buenos días —saludé.
Mi padre levantó la vista del periódico.
—Buenos días, Rosalind.
Besé su cabeza antes de sentarme.
Mi madre apareció poco después con una sonrisa tan exagerada que inmediatamente sospeché lo peor.
—¡Rosalind! Hoy viene el señor Wordwood.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
—El señor Viktor Wordwood.
Miré a mi padre.
—¿Viene a hacer negocios contigo?
Mi padre soltó una carcajada seca.
—No te hagas la ingenua.
Suspiré.
Ya sabía por dónde iba aquello.
—Rosalind, ese hombre quiere casarse contigo.
Tomé mi taza de té.
—Qué tragedia para él.
Mi madre me lanzó una mirada de advertencia.
—Eres la hija mayor que sigue soltera.
—Y muy orgullosa de ello.
—Rosalind.
Ignoré el tono de mi madre.
Mi padre dejó el periódico sobre la mesa.
—He hablado con él.
Casi me atraganté.
—¿Qué?
—Y también con la única tía que le queda viva.
—Papá...
—Es un excelente candidato.
—¡Tiene sesenta y nueve años!
Mi voz resonó por todo el comedor.
—Ese hombre es mayor que tú.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Basta!
El silencio cayó sobre la habitación.
—Los hombres cercanos a tu edad han sido rechazados uno tras otro.
—Porque no quiero casarme.
—En la sociedad dicen que eres arrogante.
—Perfecto.
—También dicen que eres una bruja.
—Maravilloso.
—Y que te aprovechas de tu apellido.
Sonreí.
—Bueno, al menos reconocen que soy inteligente.
Mi madre parecía a punto de desmayarse.
—¿Cómo puedes bromear con esto?
Por primera vez dije lo que llevaba años guardando.
—No quiero casarme con nadie.
La habitación quedó completamente en silencio.
—¿Hay algo malo en eso?
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Rosalind...
—Estamos en el siglo veinte. No debería ser tan extraño.
Mi padre negó con la cabeza.
—Aunque estemos en el siglo veinte, los matrimonios arreglados siguen siendo la mejor opción.
—Para ustedes.
—Para todos.
Me puse de pie.
—No para mí.
—Te sentarás.
Su tono no admitía discusión.
—Comerás tu desayuno y atenderás al señor Wordwood cuando llegue.
Apreté los dientes.
No tenía opción.
Al menos por ahora.
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A las diez de la mañana estaba sentada frente a Viktor Wordwood.
Ya lo había visto antes.
Pero jamás había tenido que compartir una conversación con él.
Y lamentablemente la experiencia estaba siendo peor de lo esperado.
Mucho peor.
Mientras removía su café, observé las arrugas de su rostro.
Parecían un mapa antiguo dibujado por un cartógrafo borracho.
Cada vez que sonreía, nuevas líneas aparecían en lugares que juraría no existían segundos antes.
Intenté no reír.
Intenté.
Pero mi mente seguía produciendo comparaciones cada vez más absurdas.
Si una pasa olvidada durante meses y una uva vieja tuvieran un hijo, probablemente se parecería a Viktor Wordwood.
—¿Señorita Lancaster?
Parpadeé.
—¿Sí?
—¿Es usted así de blanca en todo el cuerpo o utiliza maquillaje?
Casi derramé mi café.
Lo observé.
Atónita.
—¿Disculpe?
—Perdón, querida. Es simple curiosidad.
Querida.
La palabra me revolvió el estómago.
—Es una pregunta bastante inapropiada.
Él soltó una carcajada.
—Pronto seremos marido y mujer.
Sentí náuseas.
Por un instante, sus ojos me recordaron algo.
Una oscuridad.
Un deseo desagradable.
Una sensación parecida a la de mis pesadillas.
Entonces la puerta se abrió.
Mi mucama apareció.
—Disculpe la interrupción.
—¿Qué sucede, Rosa?
—La señora Victoria Sterling está aquí.
Me incorporé inmediatamente.
—¿Victoria?
—Dice que la necesita con urgencia.
Mi corazón dio un vuelco.
Victoria jamás actuaba de forma dramática.
Algo debía haber ocurrido.
—¿Está bien?
—Se ve muy alterada.
Sin pedir permiso salí de la sala.
Escuché a Viktor llamarme.
No me importó.
Corrí por el pasillo hasta una habitación privada.
Abrí la puerta.
Victoria estaba sentada tranquilamente en un sofá.
Comiendo galletas.
La observé.
Ella me observó.
Cerré la puerta con llave.
—Voy a asesinarte.
Victoria sonrió.
—No si te salvo primero.
—Me dijeron que estabas muy mal.
—Claro que sí.
—¡Estás comiendo galletas!
—Los héroes también tienen hambre.
No pude evitar reír.
Esa era la verdadera razón por la que era mi mejor amiga.
Victoria tomó mis manos.
—Escúchame.
—Te escucho.
—Encontré una solución para tu problema.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué solución?
—Un esposo.
Gemí.
—Victoria...
—Uno joven.
—No.
—Rico.
—No.
—Atractivo.
—No.
—Y desesperado.
Parpadeé.
—¿Desesperado?
—Necesita una esposa.
La observé con atención.
—¿Quién es?
Victoria sonrió.
—Damien Blackwood.
El apellido logró captar mi interés.
Todo el mundo conocía a los Blackwood.
—¿Blackwood?
—Exactamente.
—¿Y por qué necesitaría una esposa?
—Eso no importa.
—Claro que importa.
—Lo importante es que ninguno de los dos quiere casarse.
Me quedé en silencio.
—Será temporal.
—Sigue siendo matrimonio.
—Pero cuando te divorcies, nadie volverá a presionarte.
Sus palabras me hicieron pensar.
Mucho más de lo que quería admitir.
Victoria continuó.
—Tendrás veintiséis o veintisiete años.
—Ajá.
—Y serás una mujer divorciada.
—Gracias por recordarme semejante honor.
—Ninguna familia respetable intentará casarte después de eso.
La miré fijamente.
Odiaba admitirlo.
Odiaba muchísimo admitirlo.
Pero por primera vez en años alguien me estaba ofreciendo una salida.
Una salida real.
Y por más absurda que pareciera...
Seguía siendo infinitamente mejor que convertirme en la señora Wordwood.
Mi mirada se dirigió hacia la puerta.
Hacia el anciano que esperaba al otro lado.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Luego volví a mirar a Victoria.
—Háblame de Damien Blackwood.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱