En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
NovelToon tiene autorización de Violeta. E para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 9
La atmósfera en el gran salón se congeló por completo.
El silencio ya no era una cortesía. Era una orden biológica dictada por la sola presencia del hombre que acababa de cruzar el umbral.
El Emperador Lycan avanzó con una lentitud calculada, sádica. Cada uno de sus pasos sobre las losas de piedra resonaba como un golpe de tambor en mitad de un funeral. Su capa de terciopelo negro, pesada y ribeteada con hilos de oro que formaban el emblema de la bestia mística, barría el suelo con un siseo amenazante.
El aroma a tormenta, menta helada y ceniza volcánica se volvió tan denso que el aire se sentía físicamente más pesado.
Aeryn Ash se presionó contra la columna de mármol.
Sentía el frío de la piedra atravesar la seda gris de su traje, pero no era suficiente para calmar la súbita descarga de adrenalina que amenazaba con hacer colapsar sus supresores. Sus manos, ocultas dentro de las mangas, comenzaron a temblar sutilmente. Sus instintos de Omega, dormidos a la fuerza durante más de una década gracias a la alquimia, despertaron con una violencia salvaje. Rugieron en su mente, reconociendo la impronta biológica del Alfa dominante que la había marcado en la penumbra del invernadero.
—Es él —repitió su mente en un eco aterrorizado—. El gobernante supremo.
La Consejera de Hierro, la estratega que jamás perdía el control de una situación, se encontró de golpe frente al escenario más peligroso de su vida. El padre de Ian no era un noble de paso al que pudiera chantajear o evadir con burocracia. Era el dueño del imperio. Un hombre que ejecutaba facciones enteras con un movimiento de pestañas.
En la tarima principal, el color se evaporó del rostro de Lucian.
El Alfa del ducado, que hace solo unos minutos reía con arrogancia desmedida, se tensó de tal manera que la copa de oro que sostenía crujió entre sus dedos. El olor a madera de cedro quemada que usualmente usaba para intimidar a los sirvientes se extinguió al instante, aplastado por la ceniza volcánica del soberano. Lucian tragó saliva, sus piernas cediendo ante el peso de una jerarquía biológica inalcanzable.
Daphne, a su lado, soltó un jadeo ahogado. Sus dedos se clavaron en la tela de su vestido de seda fina, y la tiara de diamantes que llevaba con tanto orgullo pareció volverse de plomo sobre su cabeza.
El Emperador se detuvo en el centro del salón.
No miró a los nobles que se apartaban a su paso. No miró las decoraciones ostentosas.
Sus ojos rojos carmesí, brillantes como brasas en mitad de la noche, recorrieron el recinto con un desprecio soberano. Era una mirada que no buscaba aprobación; buscaba sumisión.
—Majestad Imperial —la voz de Lucian tembló notablemente mientras bajaba los escalones de la tarima—. El ducado de los Ash se siente profundamente honrado con su inesperada presencia. No fuimos notificados de que el sol del imperio honraría nuestra humilde recepción.
Lucian hincó una rodilla en el suelo. El gran Alfa del norte, el hombre que había traicionado a Aeryn para alzarse con el control del territorio, se redujo a una figura patética, temblorosa, con la cabeza baja ante las botas del monarca.
Daphne imitó el gesto de inmediato, cayendo de rodillas a su lado, barriendo el suelo con su falda pomposa. Su respiración era errática. Toda la soberbia que había mostrado frente a su hermana mayor se había transformado en un miedo primitivo.
El Emperador Lycan no les ordenó levantarse. Ni siquiera los miró directamente.
—Las fronteras del norte están flojas, Duque Ash —la voz del Emperador resonó en el salón, baja, profunda—. Vine a revisar los informes comerciales en persona. No a participar de sus banquetes provincianos.
—Por supuesto, Majestad... Todo está a su entera disposición —alcanzó a responder Lucian, manteniendo la frente pegada a la piedra fría.
Aeryn observaba la escena desde su rincón oscuro. La humillación de sus traidores habría sido una visión gloriosa en cualquier otra circunstancia, pero en ese momento, el peligro que la acechaba era infinitamente mayor.
De repente, el Emperador detuvo su discurso.
Sus fosas nasales se dilataron levemente.
El movimiento fue casi imperceptible para un ojo común, pero Aeryn lo notó. El monarca alzó ligeramente la barbilla, interrumpiendo el flujo de su propia energía dominante. Sus pupilas carmesíes se dilataron, volviéndose felinas por una fracción de segundo.
Estaba rastreando el aire.
A pesar de los perfumes caros, el olor a comida y el sudor de cientos de invitados, el agudo olfato del Lycan supremo había captado algo.
Era un aroma a flores silvestres bajo la lluvia.
El mismo aroma de la Omega que había desaparecido de sus brazos hace seis años sin dejar rastro, dejándolo con una obsesión que había consumido sus noches y desatado búsquedas implacables por todo el continente. Los supresores de Aeryn eran de la más alta calidad, pero la cercanía biológica del Alfa que la había poseído estaba provocando una reacción química involuntaria. Su cuerpo estaba respondiendo a la llamada de su pareja predestinada, liberando partículas de su verdadera naturaleza a través de los poros de su piel.
El Emperador comenzó a girar la cabeza, barriendo el salón con una fijeza letal.
Buscaba el origen del aroma. Buscaba a la dueña de su obsesión.
Aeryn sintió un frío glacial recorrerle la espina dorsal. Sabía que si el Emperador continuaba barriendo el salón con la mirada, sus ojos se cruzarían inevitablemente. Un solo segundo de contacto visual directo bastaría para que un depredador de su nivel desarmara su fachada de Beta, destruyendo la mentira que la había protegido durante años. Aunque él ya sabía su verdadera naturaleza.
—Tengo que salir de aquí —pensó, el pánico golpeando las paredes de su racionalidad.
Justo cuando el Emperador fijaba sus ojos rojos en la sección de las columnas de mármol, una perturbación mística cruzó el palacio de manera invisible para la mayoría, pero devastadora para ellos dos.
Desde el ala oeste, a varios pasillos de distancia, una onda de calor dorado se expandió sutilmente por los cimientos de piedra.
Fue una respuesta biológica involuntaria.
El pequeño Ian, que dormía bajo el efecto del inhibidor concentrado, había sentido la llegada de la inmensa presencia biológica de su padre. Su núcleo Lycan, ya alterado por la fiebre de crecimiento, reaccionó ante el aroma a menta y tormenta que ahora inundaba el palacio. El supresor del niño flaqueó ante el llamado del Alfa progenitor, liberando un chispazo de energía dorada que viajó a través de la estructura del edificio.
El Emperador Lycan se tensó por completo.
Dejó de mirar hacia la columna de Aeryn y giró el cuerpo hacia la dirección del ala oeste. Sus ojos rojos brillaron con una intensidad peligrosa. No solo había sentido el aroma de su Omega perdida; ahora acababa de percibir una resonancia mística que solo podía pertenecer a alguien de su propia sangre. Un destello de fuego dorado que no debería existir fuera de la familia imperial directa.
Lucian, aún de rodillas, levantó un poco la vista, confundido por el repentino cambio en la postura del monarca.
—¿Majestad? ¿Ocurre algo malo con el aire del norte?
El Emperador no respondió. Sus puños se apretaron bajo la capa de terciopelo.
Aeryn aprovechó ese segundo de distracción absoluta. Con movimientos rápidos y silenciosos, se deslizó detrás de la pesada cortina de brocado que cubría la puerta de servicio lateral. Abandonó el gran salón sin que nadie notara su ausencia, internándose en los pasillos oscuros y desiertos que conducían al ala oeste.
Tenía que correr.
El inhibidor de Ian había fallado antes de tiempo debido a la cercanía del Emperador. Si el niño manifestaba el fulgor dorado de nuevo mientras el monarca estaba en el palacio, el aroma a menta helada del cachorro delataría su linaje imperial en un segundo.
La Consejera de Hierro cruzaba los pasillos en penumbra, con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas.