Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo IV: El inicio de una nueva vida
El pasaporte entre mis manos se sentía pesado, falso... como la vida que estaba a punto de comenzar. Miré la fotografía; el rostro impreso era el mío, pero el nombre debajo de él le pertenecía a una perfecta desconocida. Para el resto del mundo, Amanda Leal ya no existía.
—Camina erguida y no mires a los lados —la voz de Andrés me trajo de vuelta a la realidad. Su mano se posó firmemente en la parte baja de mi espalda, empujándome con suavidad a través del abarrotado pasillo de la terminal aérea.
El eco de los anuncios de vuelos, el murmullo de los pasajeros y el tintineo de las maletas me abrumaban. Sentía que cada oficial de seguridad que se cruzaba en nuestro camino leía en mi rostro el pánico que intentaba ocultar.
Llevaba un abrigo holgado que disimulaba mi vientre de pocos meses, pero en mi interior, Mía no paraba de moverse. Ella también sentía el peligro.
A solo unos metros se encontraba el filtro de migración. El último muro entre el poder de los Maldonado y nuestra libertad.
De pronto, un hombre de traje oscuro y lentes de sol se detuvo cerca de las pantallas de abordaje, hablando por teléfono mientras recorría la fila con la mirada. Mi corazón dio un vuelco. Tenía el mismo porte frío que los hombres de seguridad que Miguel tenía a su servicio.
—Andrés... —susurré, deteniendo el paso por un instante. El terror me congeló las piernas—. Es uno de ellos. Nos encontraron.
Andrés ni siquiera parpadeó. Su agarre en mi espalda se volvió más firme, casi posesivo, obligándome a seguir avanzando.
—Aunque lo fuera, este aeropuerto está bajo mi control, Amanda. Mírame a mí, solo a mí. Hoy nos vamos de aquí, y ni Miguel ni toda su estirpe van a detener el futuro que he planeado para nosotros.
Al llegar al mostrador, entregó los documentos falsos con una tranquilidad espeluznante. El oficial selló los papeles sin hacer preguntas. Al cruzar el umbral hacia la puerta de embarque, supe que la primera batalla estaba ganada. Estábamos dejando el país, pero al mirar de reojo a Andrés, una fría certeza me golpeó el pecho: había escapado de las garras de Miguel, pero ahora volaba directo hacia el destino que Andrés Ferrer había diseñado para mí.
La venganza estaba en marcha, y ya no había vuelta atrás.
Punto de vista de Miguel
El motor de mi deportivo rugió por última vez antes de que lo apagara frente a la fachada de mi casa. Me aferré al volante de cuero con tanta fuerza que mis nudillos, aún magullados por los golpes de mi juventud, se tornaron completamente blancos. La noche seguía siendo fría, desolada, pero en mi interior ardía un infierno de hielo.
Haber lanzado ese sobre sobre la mesa de centro había sido el acto más difícil de mi vida. Cada palabra que le escupí a Amanda la calculé meticulosamente para herir, para marcar una distancia necesaria mientras intentaba procesar la devastadora información que mi padre me había entregado horas antes.
Fotos, registros bancarios, transcripciones de llamadas... pruebas malditas que vinculaban a mi esposa, a la mujer por la que me había enfrentado a todo mi linaje, con los peores enemigos comerciales de los Maldonado.
Yo no soy un hombre débil. No soy un títere que se deje llevar por lágrimas o lamentos de inocencia. Si Amanda me había traicionado, si todo nuestro matrimonio había sido una farsa orquestada para destruirme, yo mismo me encargaría de desmantelar su vida. Sin embargo, la mirada de terror puro en sus ojos y la forma en que instintivamente había protegido su vientre se me habían quedado grabadas en la retina como una maldición.
Me bajé del auto, acomodándome el saco del traje con un movimiento mecánico y distante. Cruzé el umbral esperando encontrar los gritos de una mujer acorralada, la confrontación final que no había tenido el valor de sostener minutos atrás por miedo a perder el control y cometer una locura.
Sin embargo, lo que me recibió fue el horror absoluto del vacío.
La puerta principal estaba entreabierta. La cerradura no había sido forzada, lo que indicaba que alguien de adentro había abierto o que conocían el código de seguridad. Un presentimiento funesto, pesado y asfixiante, se instaló en mi pecho.
—¡Amanda! —mi voz, grave y acostumbrada a mandar, resonó con fuerza en las paredes de mármol de la sala.
Nadie respondió.
Avanzé con pasos largos y firmes, pero al llegar al centro del salón, mis botas se detuvieron en seco. El sobre que yo había arrojado seguía sobre la mesa de centro, intacto. Pero un par de metros más allá, la alfombra persa estaba empapada de un líquido espeso y oscuro.
Me arrodillé con una lentitud ajena a mi naturaleza. Rozé el líquido con la yema de los dedos. Era sangre. Sangre fresca.
Un rugido primitivo nació de mi garganta cuando vi las marcas de pisadas apresuradas y los signos de un forcejeo cerca de la salida trasera de la villa.
El pánico, una emoción que jamás me permito sentir, lo golpeó todo en mi cabeza. En mi mente recta y pragmática, la ecuación fue inmediata: alguien había entrado a mi propiedad. Alguien la había atacado.
—¿Quién demonios se atrevió...? —susurré, sintiendo cómo los ojos se me inyectaban en sangre.
Saqué mi teléfono móvil y marqué el número del jefe de seguridad de mi familia. La línea sonó tres veces antes de que una voz áspera respondiera.
—Señor Miguel...
—Quiero a todo el equipo en mi casa en cinco minutos —ordené, y mi voz no era la de un esposo asustado, sino la de un hombre queriendo saber la verdad —. Alguien entró a mi propiedad.
Hay sangre en la sala. Amanda no está. Si descubro que uno de tus hombres parpadeó mientras esto pasaba, yo mismo me encargaré de que no vuelvan a ver la luz del día.
Colgué sin esperar respuesta. Pasé el resto de la madrugada registrando cada rincón, revisando las cámaras de seguridad solo para descubrir con furia que el sistema había sufrido un "apagón misterioso" justo en los diez minutos posteriores a mi partida. Todo estaba fríamente calculado. La sospecha de que mi propia familia estaba involucrada comenzó a filtrarse en mis pensamientos como veneno, pero mi orgullo y mi carácter implacable me impedían aceptar que había sido burlado. Para mí, si Amanda no estaba allí, y si no había un cuerpo, significaba que ella había escapado. Había huido con sus secretos, confirmando la supuesta traición de la que mi padre me había alertado.
La angustia se transformó en un odio gélido. Ella se había ido. Me había dejado con la duda mordiéndome las entrañas y con la certeza de que el hijo que llevaba en el vientre quizás ni siquiera era mío.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda