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El Umbral De Las Almas

El Umbral De Las Almas

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Mundo de fantasía
Popularitas:427
Nilai: 5
nombre de autor: Alicegxoxo

Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.

NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 : Lo que permanece

—¡Majestad!

La voz resuena en algún lugar del salón.

Después...

Todo se queda en silencio.

No es un silencio normal. Es el tipo de silencio que obliga incluso al miedo a detenerse.

La presión que me aplasta el pecho sigue ahí. El aire continúa negándose a entrar en mis pulmones y la luz que brota de mi piel se vuelve cada vez más intensa. Me cuesta mantener los ojos abiertos. Las figuras frente a mí empiezan a desdibujarse mientras escucho a Gabriel llamarme otra vez. Su voz llega amortiguada, lejana, como si estuviera al otro lado de un río.

—¡Nirvana!

Quiero responderle.

No puedo.

Entonces ocurre algo extraño.

No veo a nadie acercarse.

Lo siento.

Es una sensación difícil de explicar. Como cuando una tormenta está a punto de comenzar y el aire cambia unos segundos antes de que caiga la primera gota.

Así.

La desesperación que llena el templo empieza a retroceder. Los murmullos desaparecen, las personas dejan de moverse e incluso la energía que se agita alrededor de mi cuerpo vacila durante un instante.

Consigo levantar la cabeza.

Lo veo cruzar las puertas del templo.

Azrael.

Azrael no camina deprisa. No parece alterado. Cada paso es tranquilo, firme, inevitable. Y, sin embargo, cuanto más se acerca...

...más pequeña parece la distancia entre el caos y la calma.

Nadie habla. Nadie se atreve siquiera a respirar demasiado fuerte, no porque tengan miedo de él, sino porque su sola presencia parece imponer un orden que nadie osa desafiar.

Se detiene frente a mí. Sus ojos recorren mi rostro con una calma desconcertante. No encuentro preocupación. Tampoco sorpresa. Solo una concentración absoluta, como si todo lo demás hubiera dejado de existir.

—Majestad... —dice uno de los ancianos con evidente nerviosismo—. El cristal...

Azrael levanta apenas una mano.

No necesita decir nada.

El anciano guarda silencio al instante.

Nunca había visto a alguien mandar sin pronunciar una sola palabra.

Su atención vuelve a mí y, por primera vez desde que comenzó todo, siento que el aire entra en mis pulmones. Con dificultad, pero entra.

—Mírame.

Su voz es baja. Tan baja que dudo que alguien más la haya escuchado.

Levanto la vista casi por reflejo.

No entiendo por qué lo hago.

Simplemente...

confío.

Él observa la luz que envuelve mi cuerpo. Después baja la mirada hasta mi mano y la toma con cuidado. Su piel está tibia, mucho más de lo que imaginaba, y el contacto hace que un escalofrío me recorra el brazo.

La energía sigue descontrolándose.

No ha funcionado.

Lo noto en la forma casi imperceptible en que frunce el ceño. Es la primera emoción clara que veo en su rostro y desaparece tan rápido como llega.

Entonces levanta la otra mano. Durante una fracción de segundo parece dudar, como si estuviera librando una batalla que nadie más puede ver. Finalmente, sus dedos se apoyan con suavidad en la base de mi cuello, justo donde comienza la nuca.

El mundo deja de existir.

No siento el suelo.

No escucho las voces.

Solo su respiración.

Lenta.

Constante.

Extrañamente tranquila.

—No apartes la mirada.

Obedezco.

Sus ojos son distintos de cerca. Siempre los había encontrado serenos. Ahora descubro algo más.

Un cansancio inmenso.

Antiguo.

Tan antiguo que resulta imposible medirlo.

Y entonces...

todo desaparece.

---

Estoy corriendo.

El sol calienta mi espalda.

Alguien ríe detrás de mí.

No sé quién.

Solo sé que esa risa consigue hacerme reír también.

—¡Más despacio!

No hago caso.

Sigo corriendo entre árboles cubiertos de flores blancas hasta que una mano atrapa la mía. No con fuerza.

Con costumbre.

Como si hubiera hecho ese mismo gesto cientos de veces.

—Siempre haces lo mismo.

La voz masculina suena divertida.

Cálida.

Insoportablemente familiar.

Intento girarme.

Quiero ver su rostro.

No puedo.

La imagen empieza a romperse como el reflejo de un lago cuando alguien lanza una piedra. Solo alcanzo a escuchar una última frase.

—Algún día dejarás de huir.

---

Abro los ojos de golpe.

El aire entra de golpe en mis pulmones.

Caigo de rodillas sobre el suelo del templo mientras intento recuperar la respiración.

La luz ha desaparecido,El dolor también.

Durante unos segundos solo escucho el latido acelerado de mi corazón. Parpadeo varias veces y, poco a poco, el mundo vuelve a tomar forma. Primero distingo las columnas del templo. Después a los ancianos, a Gabriel, a Seraphine... y, por último, a Azrael, que continúa frente a mí.

Sus manos ya no me tocan. Ha dado un paso atrás, demasiado rápido, como si hubiera recordado de repente que no debía estar tan cerca. No entiendo por qué esa distancia me resulta... decepcionante.

La idea me avergüenza en el mismo instante en que aparece.

¿Qué demonios me pasa?

—Majestad...

Uno de los guardianes rompe el silencio.

—La energía se estabilizó.

Azrael asiente sin apartar la vista de mí. No parece estar comprobando mi estado. Más bien da la impresión de estar asegurándose de que sigo allí.

Gabriel llega a mi lado y me ayuda a ponerme de pie.

—¿Estás bien?

Quiero responder que sí, pero todavía sigo pensando en aquella voz, en aquella mano y en la extraña sensación de que ese recuerdo... me pertenecía.

Levanto la vista hacia Azrael. Él también me está mirando. Solo durante un instante. Después desvía los ojos, como si sostener mi mirada fuera más difícil de lo que debería.

—¿Qué... fue eso? —pregunto casi en un susurro.

Azrael tarda unos segundos en responder.

—Un error.

Frunzo el ceño.

—¿Mío?

Algo cambia en su expresión. Es tan breve que casi desaparece antes de que consiga reconocerlo.

Dolor.

Niega muy despacio.

—Ojalá.

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Cristian Bermudez
Buen inicio de historia, está interesante. 🥰
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