Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Ansiedad
Lo primero que pensó fue que aquello era injusto.
Terriblemente injusto.
Porque incluso después de morir en un accidente ferroviario, su mente seguía funcionando.
[Sorprendente mi ansiedad me persigue incluso en la muerte.]
[Estoy muerta y sigo pensando.]
[¿No había una opción para apagar esto?]
Aquella reflexión le pareció tan absurda que incluso sintió ganas de reír.
Si existía una vida después de la muerte, claramente nadie le había explicado las reglas.
La oscuridad comenzó a disiparse poco a poco.
No desapareció de golpe.
Fue más parecido a despertar lentamente de un sueño profundo.
Primero aparecieron manchas borrosas.
Luego colores.
Después formas.
Y finalmente una escena completa.
Parpadeó.
O al menos creyó hacerlo.
Frente a ella había una niña.
Una niña increíblemente hermosa.
Cabello negro.
Largo.
Ondulado.
Ojos brillantes.
Piel perfecta.
Vestidos elegantes.
Joyas.
Sonrisas encantadoras.
Y una actitud absolutamente insoportable.
[...ah.]
[...es una niña horrible.]
La pequeña estaba sentada en una silla mientras dos criadas acomodaban los lazos de su vestido.
—¡Más rápido!
ordenó la niña cruzándose de brazos
— ¡No quiero esperar!
—Sí, señorita.
—Y ese lazo está torcido.
—Lo corregiremos de inmediato.
—¿Por qué tengo que corregir todo yo?
Ella observó la escena.
[Sí.]
[Definitivamente es horrible.]
La niña bufó.
Golpeó el suelo con un pequeño zapato.
Luego señaló a una sirvienta.
—Tú.
La mujer se tensó.
—¿S-señorita?
—Quiero pastel.
—Pero acaba de comer uno...
—¿Y?
—mi lady...
—Quiero otro.
La sirvienta fue corriendo.
La protagonista sintió una punzada de indignación.
[¡Déjala tranquila!]
[¡La pobre mujer está aterrada!]
Sin embargo, nadie podía escucharla.
Era como si estuviera viendo una película.
Una película extrañamente vívida.
Y cuanto más observaba, más detalles comprendía.
Aquella niña era hija única.
Sus padres habían esperado muchos años para tenerla.
Tantos años que cuando finalmente nació se convirtió en el centro absoluto de su universo.
Los condes Russ.
Ese era el apellido que escuchaba una y otra vez.
Los sirvientes hablaban de ellos.
Los visitantes hablaban de ellos.
Incluso la propia niña parecía repetirlo con orgullo.
—Soy la hija de los condes Russ.
Como si aquello resolviera cualquier discusión.
Y para ser sinceros...
normalmente funcionaba.
La escena cambió.
Ella observó a los condes por primera vez.
Y se quedó en silencio.
Porque no eran lo que esperaba.
Había imaginado aristócratas fríos.
Distantes.
Orgullosos.
Pero encontró algo completamente diferente.
El conde era un hombre alto con algunas canas en las sienes.
Su rostro mostraba las marcas de la edad.
La condesa también tenía hebras plateadas entre el cabello oscuro.
Ambos eran claramente mayores que la mayoría de los padres que había conocido.
Pero cuando estaban juntos...
Sus miradas cambiaban.
Había cariño.
Confianza.
Una ternura tranquila construida durante décadas.
—Estás cansado —dijo la condesa una tarde.
—Solo un poco.
—Mentira.
—¿Tan obvio es?
Ella sonrió.
—Después de treinta años contigo, sí.
Y él tomó su mano.
Solo eso.
Como si fuera el gesto más natural del mundo.
Ella sintió una extraña calidez.
[Ellos realmente se aman.]
No era pasión desenfrenada.
No era romance dramático.
Era algo más profundo.
Más estable.
Más real.
Un amor que había sobrevivido al tiempo.
Un amor que seguía allí incluso cuando aparecían las primeras arrugas y las primeras canas.
Y entonces entendió algo.
Aquella niña consentida no era malvada.
Era el resultado de dos personas que la habían amado demasiado.
Los condes habían esperado tanto por ella... que terminaron incapaces de negarle nada.
Un juguete.
Lo tenía.
Un vestido.
También.
¿Dulces?
Todos los que quisiera.
¿Caprichos?
Por supuesto.
Y cada vez que hacía un berrinche, sus padres terminaban cediendo.
—Es nuestra pequeña.
—Solo quiere ser feliz.
—Ya aprenderá cuando crezca.
Pero ella observaba con creciente preocupación.
Porque la niña no estaba aprendiendo.
Al contrario.
Se volvía más arrogante cada día.
Más exigente.
Más orgullosa.
Más convencida de que el mundo existía para satisfacer sus deseos.
[Oh, esto terminará mal.]
[Muy mal.]
La escena volvió a cambiar.
Los años comenzaron a pasar frente a sus ojos.
Como páginas de un libro.
Cumpleaños.
Fiestas.
Lecciones.
Vestidos cada vez más elegantes.
Y una niña cada vez más hermosa.
Pero también más difícil.
Ella observaba todo aquello sin comprender por qué.
¿Por qué estaba viendo la vida de una desconocida?
¿Por qué conocía tantos detalles?
¿Por qué sentía que cada recuerdo era tan real?
Y entonces ocurrió algo extraño.
Un recuerdo apareció.
No delante de ella.
Dentro de ella.
El aroma de un jardín.
La textura de un vestido.
La voz de una criada.
La sensación de sostener una muñeca.
La protagonista se quedó congelada.
Porque aquel recuerdo no pertenecía a ella.
Pero lo sentía como propio.
[...espera.]
Otro recuerdo apareció.
Luego otro.
Y otro más.
Miles de pequeñas imágenes comenzaron a mezclarse dentro de su cabeza.
La niña.
Los condes.
La mansión.
Los jardines.
Las clases.
Los caprichos.
Todo.
Su respiración se aceleró.
[No.]
[No, no, no, no.]
La comprensión comenzó a formarse lentamente.
Como una tormenta acercándose en el horizonte.
Y cuanto más clara se volvía la verdad... más aterradora resultaba.
Porque ya no parecía una película.
Ya no parecía un sueño.
Ya no parecía la vida de otra persona.
Parecía...
su vida.
Y por primera vez desde el accidente, sintió auténtico pánico.
[¿Por qué tengo recuerdos de ella?]
[¿Por qué sé cosas que nunca viví?]
[¿Por qué siento que esa niña soy yo?]
Y justo cuando aquella pregunta terminó de formarse... una voz resonó dentro de su cabeza.
Su propia voz.
Pero no la suya.
—¡Yo soy Elia Russ!
Ella quedó paralizada.
Porque en ese instante comprendió algo imposible.
Al parecer habia renacido..