En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Muerta en vida
Observo a René alejarse junto a Yajaira y mi madrastra.
No digo nada.
No grito.
Ni siquiera me muevo.
El viento sacude las flores del cementerio y me golpea el rostro.
Hace frío.
Un frío que se mete en los huesos.
El cielo está cubierto de nubes grises y una llovizna empieza a caer, despacio, insistente, como si el mundo también estuviera cansado.
Miro mi vestido.
Hace unas horas era blanco.
Ahora está oscuro, pesado, manchado de lodo.
Cada paso que doy deja huellas sucias en el suelo.
Me da la impresión de que ni la tierra quiere cargar conmigo.
Cuando por fin me quedo sola, el silencio del cementerio me abruma.
Solo la lluvia.
El viento.
Nada más.
Me arrodillo frente a la tumba de mi padre.
Paso los dedos por su nombre grabado en la lápida.
—No me voy a rendir… —susurro—. Aunque ya no tenga fuerzas.
Escucho pasos detrás de mí.
Mi cuerpo se tensa.
Por un segundo pienso que es René.
Me preparo para otra humillación.
Pero no.
Es Darío.
Al verlo, algo dentro de mí se rompe del todo.
Me levanto y corro hacia él sin pensar.
Lo abrazo con desesperación.
No sabía cuánto necesitaba esto. Solo un abrazo.
Uno que no pidiera nada.
—Papá se fue… —murmuro contra su pecho—. Nos dejó…
Darío saca un pañuelo.
Me seca las lágrimas con cuidado.
Su mano tiembla.
—Lo sé… —dice con la voz rota.
Nos quedamos así. Bajo la lluvia.
Sin hablar.
El tiempo deja de importar.
Hasta que una voz rompe todo.
—¿Cuánto tiempo me vieron la cara?
Me separo apenas.
René está ahí.
Empapado.
Fuera de sí.
—¿De qué hablas? —pregunta Darío, sin soltarme del todo.
René se acerca más.
—¿Cuánto tiempo tú y esta zorra me vieron la puta cara?
No alcanzo a reaccionar.
Darío me suelta y avanza.
—Cuida tu maldita boca —le advierte.
El golpe llega seco.
Brutal.
René cae hacia atrás, pero responde de inmediato.
Se revuelcan entre las tumbas, el lodo, la lluvia.
—¡Darío, basta! —grito—. ¡Por favor!
No puedo separarlos.
—¡Su padre acaba de morir! —le grita Darío mientras lo golpea—. ¡Y tú la insultas, maldito!
Logro meterme entre ellos.
Darío respira agitado.
René se levanta con la cara ensangrentada, los ojos llenos de odio.
—Esto no se queda así —dice—. Los dos me la van a pagar.
Se va tambaleándose.
El silencio vuelve.
—¿Y con ese tipo te ibas a casar? —me pregunta Darío, aún alterado.
—No hubo boda —respondo apenas.
Asiente.
—Menos mal… era un imbécil.
Las palabras se me salen solas.
—Yo me acosté con otro hombre.
Darío me mira, sorprendido.
Dolido.
—Eso… eso no puede ser…
—¿Por qué nos sacaron de la casa? —pregunto, cambiando de tema.
Suspira.
—Nunca se pagó la hipoteca.
—Entonces págala —digo—. Usa mi dinero.
Niega.
—No hay dinero, Anastasia.
—¿Cómo que no?
—Las cuentas están vacías.
Alguien las vació.
—Mi padre no…
—Lo sé —dice—. El único con acceso era el y por lo consiguiente ella.
—¿Quién? —pregunto, aunque ya lo sé.
Duda. En responder.
—Tu madrastra.
El mundo se inclina.
Me alejo unos pasos.
Todo gira: las tumbas, la lluvia, el nombre de mi padre.
—¿Qué voy a hacer ahora? —pregunto.
—Seguir —responde Darío—. No dejar que te destruyan.
Me toma la mano.
—No estás sola.
Una lágrima cae.
—No quiero arrastrarte a esto.
—Ya me juzgan desde hace tiempo —dice con una sonrisa triste.
Me cubre con su abrigo.
—Vamos. No es seguro quedarnos aquí.
Miro una última vez la tumba de mi padre.
—Estoy casada… —digo de pronto—. Pero no sé con quién.
Darío enciende el auto y prende el calefactor.
—Parece que todos se pusieron de acuerdo para arruinarte la vida en un solo día.
No respondo.
Porque tiene razón.