Laura Whitmore llevaba tres años casada con Xander Blackwood, uno de los empresarios más influyentes del país. Desde el día de su boda, su matrimonio no había sido más que un acuerdo frío y distante. Aunque compartían la misma mansión y el mismo apellido, Xander jamás la había tratado como una verdadera esposa.
Todo cambia una noche cuando Xander regresa a casa completamente ebrio. Por primera vez desde que se casaron, derriba el muro que siempre los había separado y pasa la noche con ella. Para Laura, aquella noche significa mucho más que un simple encuentro; es la prueba de que aún existe una oportunidad para conquistar el corazón de su esposo.
Sin embargo, al amanecer, todo vuelve a ser como antes. Xander retoma su indiferencia y Laura se ve obligada a regresar a una vida vacía y solitaria. Lo que ninguno de los dos imagina es que aquella única noche dejó una huella imborrable.
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Capitulo 22
Cada día, algo más quedaba aparte: unas prendas dobladas con cuidado, unos papeles reunidos en una carpeta, objetos pequeños que ella guardaba en una maleta discreta que mantenía al fondo del armario. No intentaba ocultarlo; al contrario, dejaba que todo se viera, como si quisiera darle la oportunidad de darse cuenta antes de que fuera demasiado tarde.
Xander empezó a notar los espacios vacíos: percheros que antes estaban llenos ahora estaban libres, cajones que siempre estuvieron completos ahora se veían más vacíos. Una tarde, al entrar a la habitación, la vio cerrar con suavidad esa maleta y apartarla hacia un lado. El corazón le dio un vuelco, pero se quedó en el umbral, sin saber cómo decir lo que le dolía, limitándose a observar con la angustia creciendo en su pecho.
—Faltan cosas —dijo finalmente, con voz baja, señalando el armario—. Hay lugares vacíos… y esa maleta que no estaba ahí antes.
Laura lo miró con tranquilidad, sin ocultar nada.
—Estoy separando lo que es mío. Solo lo que necesito para empezar de nuevo.
Él dio un paso hacia adentro, con las manos apretadas a los costados, luchando contra el deseo de pedirle que parara, pero sin encontrar la fuerza para hacerlo con palabras que no sonaran a orden.
—¿Y todo lo demás? ¿Todo lo que hay en esta casa, lo que hemos construido aquí… no hay nada que te haga querer quedarse?
—Lo que tú llamas “construido”, para mí fue solo estar presente mientras tú decidías si me veías o no —respondió ella con calma—. Ya te lo he dicho: llevo tiempo preparando mi camino. Solo que ahora lo hago a la vista, porque ya no tiene sentido esconderlo.
Xander se acercó un poco más, con la mirada fija en esas cosas que ella apartaba, sintiendo que cada prenda que faltaba era un pedazo de su vida que se le iba de las manos.
—Siento que, poco a poco, te estás desvaneciendo de aquí, igual que desaparecen tus cosas… y yo no sé qué hacer para detenerlo. Me quedo aquí parado, viéndolo pasar, y siento que el suelo se me mueve bajo los pies.
—Yo te di señales mucho antes de empezar a empacar —le recordó ella suavemente—. Solo que entonces no mirabas. Ahora que lo haces, ya es muy tarde para pedirme que no lo haga.
Él guardó silencio, comprendiendo que ella le había dado tiempo de sobra, oportunidades que él desaprovechó por su indiferencia y su orgullo. Se quedó allí de pie, viendo esa maleta, sabiendo que muy pronto ella se la llevaría y con ella todo lo que daba sentido a esa casa inmensa.
Xander se quedó mirando la maleta cerrada, como si fuera la prueba silenciosa de todo lo que había perdido. Quiso acercarse, quiso decirle que no se fuera, prometerle que todo sería diferente, pero las palabras se le quedaban atrapadas, temiendo que salieran con ese tono de mando que siempre usaba y que solo lograba alejarla más.
—Si te vas… —empezó con voz entrecortada, deteniéndose para tomar aire—, esta casa dejará de ser lo que sea. Ya no habrá nada que espere por mí, ni nadie que le dé un poco de vida a estas paredes.
Laura lo miró con tristeza, pero sin vacilar.
—Esta casa ha estado vacía mucho tiempo, Xander, incluso cuando yo estaba aquí. Yo no me llevo tus paredes ni tus muebles; solo me llevo a mí misma y a lo que crece conmigo. Lo que tú sientes que pierdes, en realidad hace mucho que no lo tenías.
Él bajó la cabeza, dándose cuenta de que ella tenía razón: la ausencia de ella ya se sentía desde hacía tiempo, mucho antes de que empezara a hacer las maletas, porque él la había dejado irse poco a poco, día tras día, con su frialdad. Ahora solo estaba viendo el momento final de algo que él mismo había provocado.