SIN ESPOILER
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COMIENZAN LOS PREPARATIVOS
Dos días después del compromiso, la mansión Moretti estaba más animada que nunca.
El enorme comedor había sido transformado en una sala de reuniones.
Sobre la mesa descansaban revistas de bodas, catálogos de flores, muestras de telas, fotografías de salones y una libreta donde Valeria había comenzado a escribir ideas.
Lorenzo llegó con dos tazas de café.
—Creo que vamos a necesitarlas.
Valeria sonrió.
—Definitivamente.
En ese momento aparecieron Ian y Victoria.
—¿Podemos ayudar? —preguntó Victoria.
—Claro —respondió Valeria con una sonrisa—. Toda ayuda es bienvenida.
Ian tomó asiento junto a su padre.
—Bueno... ¿por dónde empezamos?
Lorenzo miró a Valeria.
—La boda es tuya. Tú decides.
Ella negó con una sonrisa.
—No. Es nuestra.
Lorenzo tomó su mano.
—Entonces decidámoslo juntos.
Victoria los observó con ternura.
—Son muy lindos.
Ian sonrió.
—Sí... hacen buena pareja.
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La primera decisión fue el lugar.
Valeria hojeó varias fotografías.
—Podría ser en un salón.
Lorenzo negó.
—Prefiero algo al aire libre.
—¿Un jardín?
—O la terraza frente al mar de la mansión.
Victoria abrió mucho los ojos.
—¡Sería precioso!
Ian asintió.
—Al atardecer se ve increíble.
Valeria imaginó la escena.
El cielo pintado de tonos dorados.
Las flores.
Las luces.
La brisa del mar.
Sonrió.
—Me encanta esa idea.
—Entonces ya tenemos lugar —dijo Lorenzo.
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La siguiente decisión fue la decoración.
Victoria comenzó a mostrar algunas fotografías.
—¿Qué les parece un estilo elegante con flores blancas y detalles dorados?
Valeria observó las imágenes.
—Es precioso.
Ian añadió:
—Sin exagerar.
Que sea elegante, pero cálido.
Lorenzo sonrió orgulloso.
—Mi hijo tiene buen gusto.
Ian respondió con una sonrisa.
—Lo heredé de alguien.
Todos rieron.
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Después llegó el momento de hablar de la comida.
—Quiero comida italiana —dijo Lorenzo.
—Y mexicana —añadió Valeria.
Victoria levantó una mano.
—Propongo ambas.
Ian hizo lo mismo.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces habrá dos menús —concluyó Lorenzo.
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El pastel también provocó una pequeña discusión.
—Chocolate —dijo Ian.
—Vainilla —respondió Victoria.
—Chocolate.
—Vainilla.
—Chocolate.
—Vainilla.
Valeria comenzó a reír.
—¿Y si tiene ambos sabores?
Los dos jóvenes se miraron.
—Eso funciona —respondieron al mismo tiempo.
Lorenzo soltó una carcajada.
—Parece que hasta discuten igual.
Victoria e Ian se miraron y comenzaron a reír.
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La conversación continuó durante horas.
Hablaron de la música.
De las invitaciones.
Del vestido.
Del traje.
De las flores.
De los recuerdos para los invitados.
Cada detalle era cuidadosamente elegido.
Al terminar, Valeria cerró la libreta.
—Creo que avanzamos muchísimo.
—Más de lo que esperaba —respondió Lorenzo.
Entonces él se puso de pie.
—Quiero decir algo.
Los tres lo miraron.
Lorenzo sonrió.
—Gracias.
Ian arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque esta boda no solo une a Valeria y a mí.
También une a nuestras familias.
Victoria sonrió con emoción.
Lorenzo continuó.
—Y eso solo tiene sentido porque ustedes dos se han recibido con cariño y respeto desde el primer día.
Ian miró a Victoria.
Ella también lo miró.
Ambos sonrieron.
—Nos alegra verlos felices —dijo Ian.
—Muchísimo —añadió Victoria.
Valeria se acercó a su hija y la abrazó.
—Gracias por apoyarme desde el principio.
—Siempre lo haré.
Lorenzo puso una mano sobre el hombro de su hijo.
—Ian.
—¿Sí?
—Gracias por confiar en mí.
Ian respondió con un abrazo.
—Siempre, papá.
Durante unos segundos, los cuatro permanecieron juntos en el centro de la sala.
Era un momento sencillo.
Pero especial.
La boda aún estaba a varios meses de celebrarse.
Había mucho por organizar.
Muchas decisiones por tomar.
Y seguramente algunos imprevistos aparecerían en el camino.
Pero una cosa era segura.
Aquella familia, que había comenzado con un encuentro inesperado después de un desfile de moda, estaba construyendo un nuevo hogar lleno de cariño, confianza y esperanza para el futuro.