Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 21
Capítulo 21: Moonveil Institute
Moonveil Institute parecía una universidad privada para hijos de familias ricas.
Era una mentira útil.
Detrás de los edificios blancos, las aulas de cine y los jardines con estudiantes humanos, había pistas de entrenamiento, salas de estrategia, archivos de leyes y un bosque cercado donde los jóvenes lobos aprendían a no matar a alguien durante su primer cambio.
Celeste llegó con una bufanda en la garganta, una mochila nueva y cero ganas de ser observada.
Falló en los tres primeros minutos.
—Esa es ella.
—La esposa del Alpha.
—No es Luna.
—Dicen que no puede cambiar.
—Dicen que sí escribe para Nocturna.
Los rumores caminaban más rápido que ella.
Mateo le ofreció un café.
—Última oportunidad para huir conmigo a una isla sin estudiantes.
Celeste escribió:
Tengo clases.
—Trágico.
Damián no la acompañó hasta la entrada. Ella se lo prohibió por escrito. Si aparecía a su lado el primer día, Moonveil no vería a una estudiante. Vería propiedad del Alpha.
Él aceptó.
Demasiado fácil.
Eso la puso nerviosa.
Dr. Elías había autorizado el ingreso con condiciones: nada de entrenamiento físico intenso, nada de intentos de cambio, descanso vocal absoluto y seguimiento semanal. Celeste no estaba ahí para correr en cuatro patas. Estaba ahí para recuperar lo que pudiera de su loba y aprender las reglas que todos usaban contra ella.
La primera clase fue de leyes.
La profesora, una loba mayor de ojos grises, escribió en la pantalla:
Rango no es justicia. Rango es herramienta.
Celeste levantó la vista.
Interesante.
Renata Moya se sentó dos filas delante de ella y giró apenas.
Tenía cabello liso, labios perfectos y aroma de vainilla con filo metálico.
—¿Tú eres Celeste? —preguntó.
Celeste asintió.
—Pensé que tomarías clases privadas.
Celeste abrió su libreta.
Renata sonrió.
—Ah, cierto. No hablas.
La profesora golpeó la mesa.
—Señorita Moya, si su comentario tenía punto jurídico, compártalo. Si solo era ruido, guárdelo.
Algunos estudiantes rieron.
Renata se puso roja.
Celeste escribió en la esquina de la libreta:
Primera aliada posible: profesora de leyes
Durante la clase, hablaron de destierro, juramento de sangre, protección de Omegas y límites del comando Alpha. Celeste tomó notas hasta que los dedos le dolieron.
Comando Alpha no podía obligar un marcaje.
No podía crear vínculo de pareja.
No debía usarse para resolver disputas menores, aunque los Alphas lo hicieran.
Cada regla era una grieta en la idea de que poder significaba permiso.
Al salir, Renata la esperaba.
—Debes sentirte especial. Todos fingiendo que no eres débil.
Celeste la miró.
Renata dio un paso más.
—Moonveil no es Nocturna. Aquí no ganas con frases bonitas.
Celeste escribió:
Entonces qué suerte que no traje frases bonitas.
Renata leyó. Sus ojos se estrecharon.
—Ya veremos cuánto duras cuando empiecen los simulacros de supervivencia.
Una parte de Celeste sintió miedo.
Otra, más nueva, sintió hambre.
Su loba se movió.
*Aprende.*
Sí.
Aprendería.
Esa tarde, en la biblioteca de Moonveil, Celeste encontró archivos sobre supresión del acónito. La mayoría estaban restringidos. Algunos no. Leyó hasta que las letras se mezclaron.
Microdosis.
Colapso de la voz.
Primer cambio retrasado.
Interferencia del vínculo.
Se quedó mirando esa última línea.
Interferencia del vínculo.
Su teléfono vibró.
Damián.
¿Todo bien?
Celeste escribió:
Estoy estudiando.
La respuesta tardó un segundo.
Eso no responde.
Ella miró el archivo.
Luego escribió:
Estoy aprendiendo qué me hicieron.
El hilo del vínculo se tensó a distancia.
No como dolor.
Como un lobo levantando la cabeza en algún lugar de la hacienda.
Damián respondió:
No lo leas sola.
Celeste apagó la pantalla.
Demasiado tarde.
Ya había entendido algo.
Su loba no estaba rota por naturaleza.
Alguien la había mantenido arrodillada.
Y Moonveil, con todas sus miradas y amenazas, podía enseñarle a ponerse de pie.
La primera comida en Moonveil fue peor que la clase.
En el comedor, todos parecían saber dónde sentarse sin preguntar. Los aprendices de familias altas ocuparon las mesas centrales. Los becados quedaron cerca de la salida. Los Omegas, pocos y silenciosos, comían rápido. Celeste eligió una mesa lateral porque desde allí podía ver puertas, ventanas y rostros.
Leo llegó con una bandeja.
—¿Está ocupado?
Celeste negó.
Él se sentó y bajó la voz.
—Renata dice que no durarás una semana.
Celeste escribió: Renata habla mucho.
Leo leyó y sonrió.
—Eso también dicen.
Una chica de cabello corto, Abril, se acercó con cautela.
—¿Es verdad que no puedes cambiar?
Leo casi se atragantó.
Celeste miró a Abril. La pregunta no olía a burla. Olía a torpeza y curiosidad.
Escribió: Todavía.
Abril asintió, como si esa palabra cambiara todo.
—Mi hermano despertó tarde. Le decían defectuoso hasta que mordió a un instructor.
Leo murmuró:
—Inspirador y preocupante.
Celeste sintió que su loba se movía, interesada.
Moonveil no sería refugio.
Pero quizá, entre amenazas, también habría grietas por donde entrarían aliados inesperados.
La segunda clase fue física.
No combate abierto todavía. Evaluación de equilibrio, lectura de terreno y reacción ante presión. Celeste odio cada minuto en que su rodilla se volvió tema visible. Renata anotó algo en su tabla. Dos aprendices susurraron. Leo intentó mirarlos feo y casi se cayó de su propia línea de equilibrio.
Celeste no fue la más rápida.
Tampoco fue la peor.
Eso pareció molestar más que si hubiera fallado por completo.
Abril, la chica de cabello corto, se acercó al terminar.
—Usas el peso diferente —dijo—. No mal. Diferente.
Celeste escribió: Dolor enseña geometría.
Abril leyó y sonrió.
—Eso debería estar en una pared.
Renata pasó junto a ellas.
—O en un reporte médico.
La crueldad fue menor que antes, pero seguía allí.
Celeste sostuvo su mirada.
No dijo nada.
La loba, dentro, tampoco.
Ambas estaban aprendiendo cuándo gastar dientes.
Y cuándo guardar fuerza para una pelea que sí importara.
Esa tarde, al volver a la hacienda, Celeste no se fue directo a su habitación.
Pidió un mapa del instituto, horarios de instructores y lista de accesos administrativos. Mateo la miró como si quisiera aplaudir.
—¿Moonveil te dio tarea o tú le declaraste guerra a Moonveil?
Celeste escribió: Sí.
Mateo sonrió.
—Respuesta favorita.
Por primera vez, estudiar no era obedecer.
Era preparar terreno.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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