Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 14
Valeria
La pasta que hizo Leonardo era mucho peor que la que yo había hecho el martes.
Pero me la comí igual, porque verlo moverse en su cocina de millonario con la torpeza de quien nunca ha cocinado para nadie era un espectáculo que no me quería perder.
—Le falta sal
dijo, probando la salsa.
—Le falta mucho más que sal. Pero está bien. Para ser tu primera vez.
—No es mi primera vez.
—¿Ah, no?
—En la universidad hacía pasta a veces. Cuando no había fiesta.
—Ah, entonces eres un experto.
Me miró con una sonrisa que no había visto antes. Era diferente a las sonrisas que usaba con sus amigos. Era una sonrisa más pequeña, más íntima, como si la estuviera probando por primera vez.
—Cuéntame de ti
dijo, mientras servía la pasta en dos platos.
—¿De mí?
—Sí. Estudias Diseño Gráfico, trabajas limpiando, vives en Testaccio. Pero no sé nada más de ti. No sé qué te gusta, qué haces cuando no estás aquí, si tienes novio...
La última palabra la dijo con un tono que pretendía ser casual pero que no lo era.
—¿Por qué quieres saber si tengo novio?
—Por curiosidad. Solo eso.
Lo miré. Estaba de pie frente a la isla, con su camisa blanca arremangada hasta los codos, con el delantal de cocina que seguro había comprado para la decoración y nunca había usado puesto sobre su ropa de diseñador. Y en sus ojos, ese azul que parecía cambiar según la luz, había algo que no sabía cómo nombrar.
—No tengo novio
dije, y la verdad salió más rápido de lo que quería
—Tuve, pero no funcionó. Él quería una chica que pudiera presentar a sus padres, y yo no era esa chica.
—¿Por qué no?
—Porque no soy de dinero, no tengo apellido, no tengo nada de lo que la gente como él busca.
El silencio que siguió fue tan denso que casi podía tocarlo. Leonardo dejó su plato sobre la isla y me miró con una intensidad que me hizo desear no haber dicho nada.
—La gente como él?
repitió, con un tono que no me gustó.
— ¿Qué gente es esa?
—No importa.
—Sí importa. Porque si alguien te hizo sentir que no eras suficiente por no tener dinero, esa persona es un imbécil.
—Leonardo...
—Y no es un cumplito barato
continuó, como si no me hubiera oído.
—Es que te he visto esta semana. Te he visto llegar cada día, limpiar mi casa, cuidar a mis hijos, enseñarme cosas que nadie me había enseñado. Y luego te vas a tu casa, estudias, y vuelves al día siguiente a hacer lo mismo. Y nunca te quejas. Nunca pides nada. Nunca dices que estás cansada.
—Estoy cansada
admití, y la verdad me pesó en la lengua.
— Pero no es tu problema.
—Quiero que sea mi problema.
La frase cayó entre nosotros como una piedra en un estanque. Las ondas se expandieron en el silencio, y yo me quedé mirándolo sin saber qué decir.
—No puedes decir eso
dije finalmente.
—¿Por qué no?
—Porque no me conoces. Porque me ves cuatro horas al día con un uniforme de limpieza. Porque estás asustado y solo y necesitas que alguien te ayude con tus hijos, y confundes eso con otra cosa.
—¿Crees que confundo las cosas?
—Sé que las confundes.
Se acercó. Dio la vuelta a la isla con pasos lentos, como si se acercara a un animal que podría huir en cualquier momento. Cuando estuvo frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, me miró con unos ojos que parecían querer desarmarme.
—Vale
dijo, y mi nombre en su boca sonó diferente.
—No confundo nada. Esta semana, tú has sido la única persona que me ha hecho sentir que no soy un fracaso. La única que me ha mirado sin pedirme nada. La única que ha sostenido a mis hijos como si fueran suyos. Y eso no es confusión. Eso es...
—No lo digas
lo interrumpí, con la voz más firme de lo que sentía.
— Por favor, no lo digas.
—¿Por qué?
—Porque si lo dices, luego no vas a poder retractarte. Y yo no voy a poder fingir que no lo escuché. Y entonces todo esto va a ser más complicado de lo que ya es.
Me miró un largo rato. En sus ojos vi cómo las palabras se retorcían, buscando una salida, buscando la forma de convencerme. Pero al final, algo en su expresión cambió. Se apartó un paso, solo uno, pero suficiente para que el aire volviera a circular entre nosotros.
—Está bien
dijo, con la voz más ronca que antes.
—No lo digo. Pero no cambia lo que siento.
—No sientes nada, Leonardo. Sientes miedo. Y gratitud. Y cansancio. Todo junto. Y yo estoy aquí, y es fácil confundirlo con otra cosa.
—¿Y tú?
preguntó, con una mirada que me perforó.
— ¿Tú sientes miedo, O sientes otra cosa?
Abrí la boca para mentir. Para decir que sí, que solo sentía miedo, que solo estaba haciendo mi trabajo, que no había nada más. Pero la mentira se atascó en mi garganta como el hueso de una fruta.
—Siento que tengo que irme
dije, recogiendo los platos.
—Que ya es tarde y que mañana vuelvo a las ocho.
—Vale...
—Mañana, Leonardo. Hablamos mañana.
Dejé los platos en el fregadero, agarré mi bolso y salí del penthouse sin mirar atrás. En el ascensor, me apoyé contra la pared y cerré los ojos con fuerza, intentando que el latido de mi corazón volviera a su ritmo normal.
No funcionó.
Esa noche no pude estudiar. Me quedé en mi pequeño apartamento de Testaccio, con los apuntes de Diseño Gráfico abiertos sobre la mesa, y no pude leer ni una línea.
En mi cabeza, las palabras de Leonardo se repetían una y otra vez. Quiero que sea mi problema. Tú has sido la única persona que me ha hecho sentir que no soy un fracaso.
Y debajo de esas palabras, la mía, Siento que tengo que irme.
Había mentido. No sentía que tenía que irme. Sentía que tenía que quedarme. Quedarme y dejar que me tomara la cara entre sus manos, que me besara en medio de esa cocina de millonario, que me dijera todas las palabras que quería escuchar.
Pero las palabras no eran verdad. No podían serlo.
Porque yo era la chica de la limpieza. Porque él era Leonardo Fontana, heredero de un imperio, padre de dos mellizos que no sabía cómo criar. Porque en cualquier momento, cuando la novedad pasara, cuando dejara de necesitarme, se daría cuenta de que no era más que eso, la chica que limpiaba su casa y cuidaba a sus hijos.
Y yo no podía permitir que eso pasara. No podía permitir que me usara para luego desecharme, como habían hecho los demás.
Mi teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de Leonardo.
—Tommaso no para de llorar. Creo que le están saliendo los dientes. ¿Qué hago?"
Me reí a pesar de todo. Saqué el mordedor que guardaba en el fondo de mi bolso, lo había comprado hacía días, por si acaso, sin querer admitir que lo llevaba conmigo y le saqué una foto.
—Donde están los biberones hay uno de estos, ponlo en la nevera un rato y luego dale. El frío calma las encías. Y paciencia. Va a ser una noche larga.
Su respuesta llegó segundos después.
—Gracias. Otra vez.
Y luego, después de un minuto:
—Lo siento por lo de antes. No quería hacerte sentir incómoda.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó. Mis dedos temblaban cuando escribí la respuesta.
—No te preocupes. Mañana hablamos.
Pero no hablamos de eso. No al día siguiente, ni al otro. Porque al día siguiente todo cambió.