Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 14: El día que por fin iba a verla
Habían pasado varias semanas desde que Lilibeth y yo habíamos decidido conocernos en persona. Durante esos días hablamos prácticamente todos los días sobre eso.
A veces ella me preguntaba:
—¿Y si cuando nos veamos no somos como pensamos?
Y yo me reía.
—Después de tres años hablando, ya nos conocemos más que mucha gente.
—Pues sí.
—Además, usted ya sabe que soy feo.
—Mentiroso.
—¿Qué?
—Que no es feo.
Y así pasábamos horas enteras hablando.
Pero finalmente llegó el día.
El día que por fin iba a verla.
La verdad esa noche casi no dormí.
Me acosté temprano, pero cada rato me despertaba a mirar la hora.
Cuando por fin amaneció, abrí los ojos antes de que cantaran los gallos.
Miré por la ventana y todavía estaba oscuro.
Me senté en la cama.
—Llegó el día, Hernán.
Sentí una mezcla de nervios y felicidad.
Me puse las botas y salí para empezar las labores de la finca.
Quería terminar todo temprano para poder salir tranquilo.
Mi mamá ya estaba despierta preparando café.
—Buenos días, mijo.
—Buenos días, mamá.
—¿Durmió algo?
—Más o menos.
Ella soltó una carcajada.
—Se le nota.
Tomé una taza de café y salí al patio.
Aquella mañana trabajé más rápido de lo normal.
Le di comida a los animales.
Ayudé a organizar unas herramientas.
Revisé unas cercas.
Barrí una parte del corredor.
Y mientras trabajaba no podía dejar de pensar en Lilibeth.
Me imaginaba cómo sería verla por primera vez.
Cómo sería escuchar su voz sin un teléfono de por medio.
Cómo sería caminar junto a ella.
Pensaba tantas cosas que hasta cometí varios errores por estar distraído.
En una de esas apareció Felipe.
Mi hermano venía caminando con una sonrisa sospechosa.
—Buenos días, enamorado.
—No empiece.
—¿Ya está nervioso?
—Un poquito.
—Mentira.
—Bueno, mucho.
Felipe comenzó a reírse.
—Se le nota desde lejos.
Seguimos trabajando unos minutos más.
Cuando terminé mis labores me limpié las manos y fui detrás de él.
—Felipe.
—¿Qué?
—Necesito pedirle un favor.
—A ver.
—Présteme la moto.
Felipe se quedó serio unos segundos.
—¿Mi moto?
—Sí.
—Eh... mi moto no sé.
—Hermano.
—No sé.
—Felipe.
—No sé.
—Deje de molestar.
—¿Y para qué la quiere?
—Usted sabe perfectamente para qué.
—No.
—Sí sabe.
—Quiero escucharlo.
Yo negué con la cabeza.
—Voy a ver a Lilibeth.
—Ahhh.
Felipe se cruzó de brazos.
—Entonces menos.
—¿Cómo así?
—¿Y si me la raya?
—No la voy a rayar.
—¿Y si se le acaba la gasolina?
—Le echo.
—¿Y si se la roba alguien?
—No sea exagerado.
Felipe comenzó a reírse.
—Estoy molestando.
—Ya me había dado cuenta.
—Bueno, sí se la presto.
—Gracias.
—Pero me la trae completa.
—Claro.
—Y no vaya a hacer carreras.
—Felipe.
—Estoy hablando en serio.
—Sí, señor.
Nos dimos la mano y él me entregó las llaves.
Yo sonreí.
La verdad ya sentía que todo estaba más cerca.
Regresé a la casa.
Me bañé con calma.
Intenté relajarme, pero era imposible.
Estaba demasiado nervioso.
Después abrí el armario.
No quería vestirme demasiado elegante porque no era mi estilo.
Tampoco quería parecer que iba para una fiesta.
Así que escogí una camisa normal que me gustaba bastante.
Luego me puse un pantalón jean.
Busqué una chaqueta negra.
Y finalmente agarré una gorra que me gustaba usar.
Me la puse hacia atrás.
Me miré en el espejo.
—Bueno... tampoco está tan mal.
En ese momento apareció Melissa por la puerta.
—¿Y usted por qué está tan arreglado?
—Porque sí.
—Mentira.
—¿Qué quiere entonces?
—Nada.
Ella comenzó a reírse.
—Parece que fuera para una cita.
—Váyase de aquí.
—Sí es una cita.
—Melissa.
—Sí es.
Yo terminé riéndome también.
Mi mamá apareció unos minutos después.
—Se ve bien.
—¿Sí?
—Sí.
—Menos mal.
—Ahora compórtese.
—Mamá.
—Estoy hablando en serio.
—Sí, señora.
Ella sonrió.
Yo agarré el celular y revisé los mensajes.
Lilibeth me había escrito hacía unos minutos.
"Buenos días."
Automáticamente sonreí.
Le respondí.
"Buenos días."
A los pocos segundos llegó otro mensaje.
"¿Nervioso?"
Me reí.
"Mucho."
Ella respondió casi de inmediato.
"Yo también."
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Era increíble pensar que después de tres años de mensajes y videollamadas, por fin estábamos a punto de vernos.
Guardé el celular.
Tomé las llaves de la moto.
Respiré profundo.
Y salí de la casa.
El sol comenzaba a iluminar los cafetales.
Las montañas se veían hermosas aquella mañana.
Yo me acomodé la gorra hacia atrás.
Miré la moto de Felipe estacionada en el patio.
Y sentí que el corazón me latía cada vez más rápido.
Porque después de tanto tiempo...
Por fin estaba comenzando el día que había esperado durante tres años.