Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 5
...Val....
Hay un tipo de silencio que sólo existe en la torre de control a las seis de la mañana.
No es silencio vacío. Es silencio cargado. Las pantallas de radar brillan en verde, los monitores parpadean con datos del clima, y tú estás ahí sentada con tus audífonos y tu café sabiendo que en cualquier segundo una voz va a pedirte permiso de vivir o morir a treinta mil pies.
Es el mejor trabajo del mundo. Y el peor.
Paty ya estaba en su posición cuando llegué. Cuarenta y tantos, pelo siempre recogido, capacidad sobrenatural para enterarse de todo antes de que pase.
—Buenos días, Val. ¿Dormiste bien?
—Sí.
—Mentira. Traes ojeras.
—Es mi cara, Paty.
—Tu cara no tenía ojeras el lunes. Algo pasó. ¿Es un hombre?
—Es café. Necesito café.
Me senté en mi estación, me puse los audífonos y revisé el tablero. La lista de vuelos de la mañana se desplegó y ahí estaba.
VC-3576 — Capitán S. del Fuego — Despegue 07:15 — Destino: GDL
Respiré hondo.
Profesional. Iba a ser profesional. Es mi trabajo. Guiar aviones. Dar instrucciones. Que la gente no se muera. Que el piloto del avión sea el mismo hombre que hace una semana me hizo acabar tres veces en una noche es completamente irrelevante.
Las frecuencias se activaron. Los primeros vuelos pidieron autorización de rodaje y entré en modo automático. Voz firme, clara, sin emoción. Aquí arriba no soy Valentina. Soy una voz que salva vidas.
—Torre, Vuelo Cielo 3576, en posición en pista 05 izquierda, listos para despegue.
Se me congeló la mano sobre el micrófono.
Su voz. Grave. Controlada. Con esa cadencia que convertía un protocolo de radio en algo que no debería sonarme así de íntimo. La misma voz que me dijo "no" cuando le pedí que se apurara. La misma que me dijo mi nombre contra el cuello, ronca, justo antes de venirse.
Paty me miró. No la miré.
Presioné el botón.
—Vuelo Cielo 3576, torre. Viento uno-ocho-cero a diez nudos, pista 05 izquierda, autorizado despegue.
Silencio. Un latido. Dos.
—Autorizado despegue, pista 05 izquierda, Vuelo Cielo 3576. —Pausa que no estaba en ningún manual—. Buenos días, torre.
Solté el botón. Exhalé.
—Buenos días, 3576.
Dos frases de protocolo. Nada personal. Nada inapropiado. Nada que justificara que tuviera el pulso a doscientos y las manos sudadas.
—¿Vuelo Cielo 3576? —murmuró Paty—. ¿Ese no es el capitán nuevo? El alto, moreno, que parece modelo...
—No me fijé.
—Ay, Val.
El vuelo despegó. Lo seguí en el radar hasta que salió de mi espacio aéreo. Un punto verde moviéndose al suroeste, llevándose trescientos pasajeros y a un tipo que ocupaba demasiado espacio en mi cabeza.
El resto del turno pasó sin novedad. Diecisiete aterrizajes, once despegues, una emergencia menor que resultó ser un indicador de combustible defectuoso. Rutina. Control. Orden. Las tres cosas que necesitaba y que sólo conseguía en esta torre.
Salí a las seis de la tarde muerta de cansancio. Caminé al estacionamiento pensando en llegar a mi departamento, bañarme y dormir doce horas.
Saqué el teléfono.
Cuarenta y tres notificaciones. Veintisiete de Luciano, un número que ya bloqueé dos veces y que se multiplicaba como virus. Las otras eran de "Las del aero", el grupo de WhatsApp de mis compañeras.
El último mensaje del grupo era una foto.
Luciano Reyes en un restaurante con una rubia colgada de su brazo. De la cuenta de Instagram de ella: «Cena con mi amor @lucianoreyesg 💕»
Tres horas antes.
Los comentarios del grupo:
«¿Ese no es el ex de Val???»
«¡Pero si terminaron hace una semana!»
«Qué rápido se consoló el cabrón»
«Val, ¿estás bien? 😰»
Miré la foto. Esperé sentir algo. Dolor. Celos. Lo que fuera.
Nada. Lo único que sentí fue alivio. Tan claro que casi me río ahí en el estacionamiento.
El hombre que me mandaba treinta y siete mensajes de "eres lo más importante de mi vida" ya tenía reemplazo. Una semana.
Respondí al grupo con un pulgar arriba y guardé el teléfono.
Pero cuando llegué a la entrada de mi edificio, el alivio se acabó.
Luciano estaba ahí.
Recargado contra el Audi de su papá — el importado que sacaba para impresionar—, con rosas rojas en una mano y una caja de pastel en la otra. Impecable como siempre. Pelo perfecto. Sonrisa ensayada.
—Muñeca. —Extendió las rosas—. Te traje tu favorito. Tres leches.
—Luciano, ¿qué haces aquí?
—Vine a disculparme de verdad. Lo del grupo fue una estupidez. Dame otra oportunidad.
—Vi la foto.
Se le congeló la sonrisa.
—¿Qué foto?
—La del restaurante. Con la rubia. La que subió a Instagram hace tres horas.
—Eso no es lo que parece, muñeca. Es una amiga. Compañera de trabajo.
—Los negocios no ponen corazones en los pies de foto, Luciano.
Se le tensó la mandíbula. Y ahí, otra vez, el cambio. El interruptor. La máscara de niño bueno cayó y abajo estaba lo de siempre: algo frío que yo pasé tres años fingiendo no ver.
—¿Sabes qué, Valentina? Estoy cansado de rogarte. Cualquier mujer estaría feliz de estar conmigo.
—Entonces ve con cualquier mujer.
—Tú sin mí no eres nadie. —Dio un paso hacia mí. Su voz bajó a algo más oscuro que enojo—. Tu padre te ignora. Tu hermana te desprecia. Tu madre está en coma. Tu abuelita ni sabe qué día es. ¿Quién te va a querer, Val? ¿Quién va a estar contigo cuando te despiertes a las tres de la mañana llorando?
Las palabras golpearon donde siempre. En lo blando. En lo que nunca cerró.
Pero esta vez, en vez de caerme, sentí otra cosa.
Rabia.
Porque otro hombre me había mirado a los ojos y me había dicho "ni tú ni yo somos tan baratos". Otro hombre había roto cien mil pesos para demostrar que lo que pasó entre nosotros no se compraba. Y aunque fuera un error, aunque fuera un imbécil arrogante, Sebastián del Fuego me había tratado en una noche con más respeto que Luciano Reyes en tres años.
—Vete —dije, y mi voz sonó como sonaba en la torre. Firme. Sin fisuras—. No vengas a mi edificio. No me llames. No me escribas. Se acabó. Se acabó hace mucho más que una semana.
—¿O qué? —Otro paso—. ¿Vas a llamar a la policía? ¿A tu papá? Ah no, verdad, tu papá no te contesta el teléfono.
Apreté los puños. Me clavé las uñas en las palmas. El portero nos veía desde adentro pero no salía, porque Luciano Reyes era hijo de empresario y esa gente siempre queda impune.
—Vete —repetí.
Me miró con esa mirada que conozco bien. La de alguien calculando si ya te rompió lo suficiente o si puede un poco más.
Entonces, los faros de un auto iluminaron la calle.
Y la luz recortó una silueta en la banqueta de enfrente.
Alto. Hombros anchos. Chamarra de cuero negra. Manos en los bolsillos. Mirando directo hacia nosotros.
Sebastián del Fuego estaba parado frente a mi edificio.
No dijo nada. No cruzó la calle. No hizo nada heroico. Sólo estaba ahí. Y fue suficiente para que Luciano girara la cabeza, lo viera y se le cambiara la postura.
—¿Quién es ese? —preguntó.
No contesté.
—Valentina. ¿Quién es ese tipo?
—Nadie que te importe —dije, y entré a mi edificio sin mirar atrás.
Le dije al portero que no dejara pasar a nadie. Subí las escaleras porque el elevador tardaba y yo necesitaba moverme, quemar la adrenalina.
Llegué a mi departamento. Llave. Cerrojo. Me senté en el piso de la entrada con la espalda contra la puerta.
El teléfono vibró.
Número desconocido. Pero ya sabía quién era.
«¿Estás bien?»
Dos palabras.
Miré la pantalla. Escribí:
«¿Qué hacías frente a mi edificio?»
Respuesta en segundos.
«Vine a devolverte algo que se quedó en mi chamarra. Pero parece que llegué en mal momento. O en buen momento.»
«No necesito que me rescaten.»
«No te estoy rescatando, Mendoza. Estoy parado en una banqueta pública. Es un país libre.»
Me reí. Sola, sentada en el piso, en un departamento vacío.
Maldito Del Fuego.
No contesté más. Me quedé con el teléfono en la mano y la conversación abierta.
No la borré.
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