«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 19: El gran gesto de Leónidas
Tres semanas después, la primavera estaba en su máximo esplendor en la ciudad. El clima cálido de la tarde invitaba a disfrutar de los espacios al aire libre, pero para Mía la jornada universitaria había sido larga y agotadora.
Al salir del último práctico de la facultad a las seis de la tarde, Mía encontró una nota entregada por el chófer privado de Leónidas. La nota, escrita con la caligrafía elegante y firme del arquitecto, decía simplemente:
"Te espero en el penthouse. Ponte algo cómodo. Leónidas."
Curiosa y con el corazón acelerado por la anticipación, Mía abordó el vehículo que la trasladó directamente al edificio corporativo donde se ubicaba el departamento de Leónidas.
Al ingresar al penthouse con su propia llave magnética, se encontró con una escena que le cortó el aliento.
El amplio salón principal del penthouse estaba iluminado únicamente por decenas de velas aromáticas de vainilla y jazmín dispuestas sobre las mesas y el suelo. Un camino de pétalos de rosas blancas guiaba el recorrido hacia el ventanal principal, donde una mesa pequeña estaba servida con una cena íntima para dos.
Pero lo más impactante no era la decoración.
Leónidas estaba esperándola de pie junto al ventanal. No vestía sus trajes ejecutivos habituales, sino pantalones oscuros y una camisa blanca de manga larga con los primeros botones desabrochados. Tenía una expresión de vulnerabilidad dulce y amor profundo que derribaba para siempre la imagen del gigante de piedra.
—Leónidas... ¿qué es todo esto? —preguntó Mía en un susurro emocionado, caminando despacio por el camino de pétalos hacia él.
Leónidas sonrió con una ternura infinita, tomándola de las manos en cuanto llegó a su lado y depositando un beso firme en sus nudillos.
—Es el comienzo de nuestro futuro sin reglas, Mía —respondió él con la voz cargada de emoción.
Leónidas buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un pequeño estuche de terciopelo azul oscuro. Lo abrió frente a ella.
Dentro del estuche no había un anillo de compromiso tradicional, sino un juego completo de llaves de titanio del penthouse, acompañadas de un dije de plata fina grabado con las iniciales de ambos: M & L.
Mía se llevó las manos a la boca, sintiendo que las lágrimas de felicidad se le agolpaban en los ojos.
—Este departamento siempre fue mi refugio solitario, Mía —explicó Leónidas, mirándola al fondo de las pupilas—. Pero desde que entraste en mi vida, no tiene ningún sentido si no estás tú en él. Quiero que estas llaves sean tuyas. Quiero que vivas conmigo, que transformes este lugar con tu risa, con tu locura y con tu presencia. Quiero que seas mi compañera de vida hoy, mañana y para siempre. No me importa la edad, no me importa lo que diga el mundo entero. Te amo, Mía del Campo.
Mía no aguantó más. Se arrojó a sus brazos con un sollozo de felicidad pura, envolviendo su cuello con fuerza mientras lo besaba con todo el amor y la pasión de su ser.
—¡Sí! ¡Claro que sí, mi amor! —gritó ella entre risas y lágrimas de emoción—. Te amo con toda mi alma, Leónidas.
Leónidas la alzó en brazos, girando con ella en el centro del salón iluminado por las velas, sellando un compromiso de amor verdadero que nada ni nadie en el mundo podría volver a romper.