Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8
Los primeros días fueron un torbellino de instrucciones, correos, reuniones y tareas que Damián le asignaba una tras otra, sin darle respiro. Cada detalle era revisado con lupa: la redacción de un comunicado, el tono de una llamada, la disposición de una sala de juntas. En cada ocasión, él la miraba fijamente mientras ella hablaba, escuchándola con una atención que la ponía nerviosa y a la vez la hacía sentir importante.
—Este informe tiene un párrafo demasiado ambiguo —le dijo el tercer día, devolviéndole el documento sin apartar la vista de sus ojos—. Corrígelo. Y la próxima vez, asegúrate de que cada palabra diga exactamente lo que quieres decir. No dejes cabos sueltos.
—Lo haré —respondió ella, tomando el papel con manos firmes, aunque por dentro sentía cómo su mirada la recorría entera—. Perdón. No volverá a pasar.
—No pidas perdón. Mejóralo —dijo él, pero su voz no tenía dureza, sino expectación—. Quiero ver que eres capaz de mantener el nivel.
Sin embargo, cuando otros intentaron subestimarla, él no dudó en ponerla a su lado sin dudarlo. Un mediodía, en la sala de descanso, dos empleadas de mayor antigüedad comentaron lo suficientemente alto para que ella oyera:
—No sé qué tiene que ella no tengamos nosotras. Llegó ayer y ya está en el despacho del jefe.
—Seguro que no fue por su currículum…
Lidia se quedó rígida, sin saber qué responder, cuando la voz de Damián sonó detrás de ellas, baja y cortante, helando el ambiente.
—¿Alguien tiene un problema con mi decisión? —preguntó, mirándolas con firmeza—. Lidia está aquí porque yo la elegí. Y cualquiera que no respete mi criterio puede dejar de trabajar aquí hoy mismo. ¿Quedó claro?
Las mujeres se quedaron calladas, bajando la cabeza, y se marcharon rápidamente. Cuando se fueron, él se giró hacia ella, suavizando el tono de inmediato.
—No dejes que nadie te haga sentir menos —le dijo, con voz seria pero amable—. Tienes tanto derecho a estar aquí como cualquiera. Más, si me preguntas. No necesitas defenderte. Yo lo haré por ti.
—Gracias —susurró ella, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba—. No esperaba que… que te metieras así.
—No permito que se falte al respeto a quien trabaja conmigo —respondió él, y sus ojos se detuvieron en su rostro un instante más de lo necesario—. Y menos a ti.
Con el paso de los días, Lidia empezó a notar otras cosas: él buscaba cualquier excusa para llamarla a su despacho, no solo por trabajo, sino para preguntarle si estaba cómoda, si necesitaba algo, cómo le iba el día. Cuando hablaban, la miraba a los ojos sin apartar la vista, y en ocasiones, sus dedos rozaban los suyos al entregarle documentos, un roce leve, breve, pero que la recorría entera como una descarga eléctrica.
Una tarde, tras revisar unos papeles, él le devolvió la carpeta y sus manos se tocaron claramente. Ninguno de los dos apartó la vista.
—¿Te va bien? —preguntó él, con un tono más bajo, más íntimo—. ¿Estás aguantando el ritmo?
—Sí, perfectamente —respondió ella, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—. Me cuesta al principio, pero voy cogiendo el ritmo.
—Lo sé —dijo él, sin dejar de mirarla—. Eres más fuerte de lo que crees. Y más lista de lo que la gente se da cuenta. Me gusta verte trabajar. Me gusta que estés aquí.
Lidia bajó la mirada un instante, confundida entre el agradecimiento y un deseo que empezaba a crecer sin que pudiera evitarlo.
—Damián… —murmuró, sin saber qué decir.
—Solo digo la verdad —respondió él, suavemente—. No te asustes. No voy a cruzar ninguna línea si tú no quieres. Pero tampoco voy a fingir que no siento lo que siento.
Ella levantó la vista de nuevo, encontrándose con esos ojos oscuros que la atraían como un imán. Y en ese momento, su mente se llenó de pensamientos que la asustaban: ¿Y si me equivoco otra vez? ¿Y si él también termina cambiando? ¿Y si todo esto es solo una ilusión? Pero al mismo tiempo, su cuerpo le pedía acercarse, dejarse llevar, sentir esa calidez que solo él le daba.
—Yo… no sé qué responder —confesó ella, con voz temblorosa—. Acabo de salir de una relación donde todo eran mentiras. Y ahora… ahora tú llegas y eres tan claro, tan directo… y no sé si puedo confiar en que sea real.
—Dale tiempo —le dijo él, con calma—. No tienes que decidir nada hoy. Solo déjame demostrártelo, día tras día. ¿Te parece justo?
Lidia asintió lentamente, sintiendo cómo el deseo empezaba a mezclarse con el miedo, sin saber si estaba caminando hacia su salvación o hacia su perdición.
—Me parece justo —susurró—. Pero ten paciencia conmigo. Me costó mucho volver a confiar en alguien.
—Tengo toda la paciencia del mundo —respondió él, y su mirada se posó en ella con una intensidad que la hizo estremecer—. Porque sé que vales la pena.
Se marchó de su despacho con la cabeza llena de dudas y el corazón acelerado, sabiendo que cada día que pasaba a su lado, la línea entre lo profesional y lo personal se volvía más delgada, más peligrosa… y más difícil de ignorar.
Lidia se detuvo en la puerta, con la mano aún en el pomo, y se giró hacia él, incapaz de irse sin decir lo que llevaba rondándole toda la semana.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, con voz suave pero firme—. Algo que me ha estado dando vueltas desde que llegué.
Damián levantó la vista de los papeles, dejando el bolígrafo sobre la mesa con calma, y la miró fijamente, invitándola a continuar.
—Adelante. No te guardes nada. Quiero saber qué piensas.
Ella dio un paso hacia el escritorio, entrelazando los dedos frente a sí para ocultar su temblor.
—Me pones a prueba cada día —empezó, sincera y directa—. Revisas cada detalle, me exiges más que a nadie. Y a la vez… me defiendes como si fuera algo tuyo. Me miras de una forma que… que no es solo de un jefe a su empleada. ¿Qué es lo que buscas, Damián? ¿Por qué yo?
Él se recostó en el sillón, sin apartar la vista ni un instante, y su voz sonó grave y honesta, sin rodeos.
—Te pongo a prueba porque necesito saber de qué estás hecha —respondió despacio—. Porque si voy a tenerte cerca, necesito estar seguro de que eres fuerte, de que no te rompes ante la primera dificultad. Y te defiendo porque nadie tiene derecho a subestimarte, ni aquí ni en ningún lugar. Lo que veo en ti vale más que la experiencia de cualquiera de los que te miran mal.
—¿Y la forma en que me miras? —se atrevió a preguntar ella, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—. Eso también es para ponerme a prueba?
Damián se levantó lentamente, rodeó el escritorio y se detuvo a pocos pasos de ella, lo suficiente para que sintiera su presencia, su calor, esa fuerza que siempre lo rodeaba.
—No —dijo él, bajando el tono hasta que su voz fue casi un susurro—. Eso no es una prueba. Eso es algo que no puedo controlar. Cuando te miro, Lidia… no veo a mi asistente. Veo a la mujer que encontré bajo la lluvia, con el corazón roto y la cabeza alta, sin dejar que el mundo la venciera. Veo algo que me atrae de una forma que no esperaba, que no buscaba… y que no puedo dejar de sentir.
Ella contuvo el aliento, con los ojos fijos en los suyos, sintiendo cómo cada palabra suya la desarmaba por completo.
—No deberías decirme eso —murmuró, aunque su cuerpo le pedía acercarse más—. No cuando acabo de salir de una mentira. No cuando todavía tengo miedo de equivocarme otra vez.
—No te lo digo para confundirte —respondió él, suave pero firme—. Te lo digo porque no me gusta fingir. No quiero que trabajes aquí sin saber que cada día que paso contigo, cada conversación, cada vez que entras en esta habitación… significa algo más para mí. Pero no te pido nada. No te presiono. Si necesitas distancia, la tendrás. Si necesitas tiempo, te lo daré. Solo te pido que sepas la verdad.
Lidia bajó la mirada un instante, procesando todo lo que escuchaba, luchando entre el miedo a ser herida de nuevo y la atracción que él despertaba en ella sin esfuerzo.
—Y si te digo que me asusta? —confesó, con la voz temblorosa—. Que cada vez que te acercas, siento ganas de dejarme llevar… y al mismo tiempo tengo terror de que todo sea una ilusión, de que me equivoque otra vez.
—El miedo no se va de un día para otro —dijo él, dando un paso más hacia ella, sin tocarla, pero tan cerca que ella podía sentir su respiración—. Pero no dejes que decida por ti. No dejes que lo que te hizo daño antes te ciegue ante lo que puede ser real. Yo no soy él, Lidia. No miento. No escondo nada. Lo que ves es lo que hay. ¿Me crees?
Ella levantó la vista, encontrándose con esos ojos oscuros y sinceros, y sintió que por primera vez en mucho tiempo, quería creer en alguien. Quería creer en él.
—Quiero creerte —susurró—. De verdad que quiero. Pero me costará.
—Tómate todo el tiempo que necesites —respondió él con una media sonrisa, cálida y segura—. Yo no voy a irme a ninguna parte. Aquí estaré, día tras día, demostrándotelo con hechos, no con palabras. Lo prometo.
Lidia asintió, sintiendo cómo el deseo y el miedo seguían batiéndose dentro de ella, pero ahora con una certeza nueva: no podía negar lo que sentía, aunque todavía no se atreviera a entregarse por completo.
—Gracias —dijo, con voz más firme—. Por ser honesto. Por no mentirme desde el principio. Eso ya es más de lo que tuve antes.
—Te mereces la verdad, siempre —respondió él, y por un instante sus dedos rozaron el dorso de su mano, un roce leve, breve, pero que le recorrió todo el cuerpo como una corriente eléctrica—. Ahora ve a terminar lo que estabas haciendo. Y recuerda: aquí estoy. Cuando estés lista.
Ella salió del despacho con el corazón a mil por hora, las manos temblando levemente, y la mente llena de sus palabras. Sabía que estaba jugando con fuego, que acercarse a él era arriesgarse de nuevo, pero también sabía que ya no podía alejarse. Algo había nacido entre ellos, algo que crecía con cada mirada, con cada palabra, y por más que intentara tener miedo, la esperanza empezaba a ser más fuerte.