La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capitulo 6: UN POTENTE VENENO
Saqué una pequeña píldora de mi espacio dimensional y se la di al guardia, que la tomó con manos temblorosas. Al recuperar el movimiento, se quedó mirándome aterrorizado:
—Te he dado el antídoto —le advertí con tono tajante—, pero no intentes nada contra mí. Tengo venenos mucho peores que este. Y usted, señora Andrómeda: si vuelve a meterse con mi hija, o si me entero de que retiene a mujeres contra su voluntad, haré que suplique por la muerte. El oficial asintió en silencio, sin atreverse a pronunciar una sola palabra ni a cruzarme la mirada.
Por otro lado, en el pueblo, mi suegra empezó a sufrir cólicos terribles.
—¡Maldición! —se quejaba, retorciéndose—. ¡Me duele muchísimo la barriga! Ya he ido al baño ocho veces… estoy hecha un trapo. Seguro que esa desgracia me ha hecho algo con brujería.
—Suegra… ¿qué es ese líquido amarillo que se le escapa por detrás? —preguntó la mujer de mi tercer cuñado, tapándose la nariz.
—¡No puedo más! —lloraba ella—. ¡Me he hecho encima y no dejo de evacuar! En ese momento, mi cuñado mayor salió corriendo de su habitación, desesperado:
—¡Mamá, yo también estoy mal! Quise ir al baño pero no pude… estoy tapado y no dejo de soltar gases. ¡Ya van treinta veces! Mientras caminaba de un lado a otro, sus pedos resonaban por toda la casa, y los vecinos empezaron a comentar con asco:
—¡Qué asco esa mujer, tirándose gases así!
—Ya perdí el apetito por completo…
—¡Uf! ¡Qué hedor tan horrible! Se siente hasta aquí.
—¡Qué repulsión!
Poco después, la esposa de mi segundo cuñado empezó a eructar sin parar, con la cara roja de la vergüenza:
—No puedo dejar de eructar… ¡qué bochorno!
Mientras tanto, recogieron el cuerpo de Carlos Flores y lo llevaron al médico del pueblo. Apenas lo pusieron sobre la camilla, empezó a salir de él un hedor insoportable. El doctor se tapó la nariz y la boca con un paño:
—¡Qué asco! Huele a podredumbre… —dijo con repulsión—. Este veneno no lo puedo curar. Además, su aparato reproductor ya no tiene arreglo: he detenido el sangrado, pero quedará incapaz para siempre. Y ese olor… no se irá jamás. No existe remedio para lo que le han dado. Los demás pacientes que esperaban consulta empezaron a vomitar por el hedor que llenaba toda la habitación.
Regresé a casa. Lucas y Lucía le contaron todo a Álex y a Esteban, y los cuatro me miraban aterrorizados.
—¡Basta ya! —les ordené, golpeando la mesa con la mano—. Dejen de mirarme como si fuera un monstruo. Que ustedes sean unos rebeldes es culpa de la antigua Isabella, que era una ingenua y no sabía poner orden… pero ya recuperé la razón. A partir de hoy los corregiré y los guiaré como se debe. Lucía, pasa adelante.
—Isabella… yo no te temo —dijo ella, alzando la barbilla con desafío.
Le di una bofetada firme que la hizo tambalear:
—¡Insolente! Llámame madre —le advertí con voz severa—. Según la ley de este país, cuando una mujer se casa con un hombre viudo con hijos, se convierte legalmente en su madre. Casi te conviertes en una mercancía por culpa de tu torpeza… te daré un castigo ejemplar para que aprendas la lección y no vuelvas a cometer errores así.
—¡No tienes derecho a castigarme! —gritó ella.
Agarré un palo de madera que tenía cerca:
—Claro que tengo derecho. Aquí, los padres deben corregir a sus hijos rebeldes, sea mujer o sea varón. Te daré cinco golpes con este palo.
—¡Madre, no! Por favor… ¡ten piedad! —suplicó ella, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Silencio! —le corté—. Hoy casi te venden en un burdel por no razonar. Acuéstate boca abajo sobre la mesa ahora mismo. Sin dudarlo, le di los cinco golpes con determinación. Lucas ayudó a su hermana a irse a su cuarto, llorando y adolorida.
—A partir de hoy, si hacen algo malo, serán castigados sin excepciones —les dije a todos—. Lucas: tu castigo será arar la tierra y ganar dinero con tu trabajo, para que aprendas el valor del esfuerzo y no vuelvas a endeudarte con bandidos poniéndome a mí de garantía. Lucía: desde mañana limpiarás toda la casa y lavarás la ropa tú sola; te ganarás tu comida con tu trabajo. Todos ustedes trabajarán en esta casa para ganarse el sustento: quien no trabaje, no come. Álex, Esteban, entren y ayúdenme con las cosas que he comprado… voy a preparar la comida. Entraron a la cocina y me miraban como si fuera una criatura extraña: la antigua Isabella no sabía ni encender el fuego, mucho menos cocinar.
Corté los ingredientes con habilidad y preparé el sazón con cuidado.
—¡Qué rico huele! —susurró Lucas, sorprendido. Lucía estaba embelesada con el aroma, y los chicos no daban crédito a lo que veían: era la primera vez que olían algo tan delicioso en su propia casa.
—Sirvan la comida —les dije—. ¿Qué esperan? Coman. Cuando terminaron de comer, los puse a trabajar de inmediato: Lucía fue al río con una cesta llena de ropa sucia, Lucas se fue a arar la tierra, Esteban siguió reparando el techo, y a Álex le pedí que me hiciera unos marcos de bambú, ya que él era muy hábil con la carpintería.
—Planeo crear jabones y vender comida en el pueblo —les expliqué.
—¿Madre? ¿Qué vas a hacer con esos marcos? —preguntó Álex.
—Voy a montar mi propio negocio —respondí con decisión.
—Pero… ahora tienes el dinero que papá envía —dijo Esteban.
—Ese dinero lo guardaré para el futuro de ustedes —aclaré—. Haré que estudien y tengan una vida mejor. Yo no quiero depender de ningún hombre: ganaré mi propio dinero con mi esfuerzo. Es mucho mejor ser independiente… especialmente para cuando me divorcie de su padre.
—¿Planeas divorciarte de papá? —preguntaron todos a la vez.
—Sí —dije con tranquilidad—. No voy a estar casada con un hombre al que no amo, y que tampoco me ama a mí. Pero no se preocupen: seguiré siendo su madre y cuidaré de ustedes como si fueran mis propios hijos. Yo no necesito el amor de un hombre para ser feliz: solo quiero vivir tranquila. Los hombres no son más que problemas innecesarios.
En ese momento, escuché que golpeaban la puerta con violencia. Al abrir, me encontré con mi suegra, pálida y con la ropa sucia, retorciéndose de dolor. La observé de arriba abajo con total frialdad, sin mover un músculo ni decir una sola palabra todavía.