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Los Sellos Que Cruzan Universos

Los Sellos Que Cruzan Universos

Status: Terminada
Genre:Fantasía LGBT / Aventura / Superpoder / Completas
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.

Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es

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CAPÍTULO 3: Primer portal: la ciudad que no reconozco

El viento frío golpeó la cara de Min‑jun cuando recuperó el conocimiento. Se tambaleó y habría caído de no ser porque Seo‑jun lo agarró del brazo en el último segundo, estabilizándolo contra su pecho.

—¿Estás bien? —le preguntó Seo con la voz tensa, mirando a su alrededor con los brazaletes ya encendidos, listos para cualquier peligro.

Min asintió despacio, respirando hondo para acostumbrarse al aire que olía a ceniza fría y a piedra mojada. Levantó la vista… y se quedó sin aliento.

Estaban de pie en lo alto de una colina, mirando una ciudad que se parecía mucho a Seúl… pero no era la suya.

Los edificios eran altos, sí, pero sus ventanas estaban casi todas tapadas con tablas de madera o cristales rotos. El cielo era de un gris permanente, como si el sol nunca se atreviera a salir del todo por completo. Por las calles casi no circulaba gente, y la que lo hacía caminaba rápido, con la cabeza baja, sin mirar a nadie. En lo más alto de la colina central, donde en su mundo estaba el parque principal, se alzaba un palacio enorme de piedra oscura, con torres puntiagudas que cortaban el cielo gris. Y desde lo alto de la torre principal ondeaba una bandera negra con el símbolo de los siete Sellos grabado en rojo sangre.

—Esto no es nuestro mundo —susurró Min, con la mano temblorosa en el brazalete de Jade, que la serpiente de luz se enroscó más fuerte alrededor de su muñeca, como avisándole del peligro.

—No —confirmó Seo‑jun, frunciendo el ceño mientras miraba el palacio—. Y alguien lo gobierna con mano dura. Mira la gente. Tienen miedo.

Antes de que pudieran seguir hablando, un silbido agudo cortó el aire. Seo reaccionó por instinto: empujó a Min hacia un lado y se lanzó con él detrás de un roble grande justo cuando una flecha de luz dorada se clavaba en el tronco donde habían estado de pie segundos antes.

—¡Salgan de ahí! —gritó una voz desde los árboles. Familiar. Demasiado familiar.

Min y Seo se miraron con los ojos muy abiertos. Reconocieron esa voz al instante.

Salieron de detrás del árbol con las manos levantadas, despacio, para no asustar a quien los apuntaba. Y entre los árboles apareció un chico alto, con el pelo un poco más largo que el de Seo, una cicatriz nueva cruzándole la mejilla derecha, y ropa de cuero oscuro hecha para luchar. En sus manos sostenía un arco hecho de madera y energía ámbar, y en su muñeca brillaba un brazalete dorado con la forma de un lobo igual al de Seo.

Era Seo‑jun.

Otra versión de él.

El Seo de este mundo frunció el ceño al verlos, y su dedo no se apartó de la cuerda del arco ni un milímetro.

—¿Quiénes sois? —preguntó con voz áspera, fría, sin ni un rastro de la ternura que Min conocía tan bien—. ¿Espías del tirano? ¿Habéis venido para acabar con la rebelión de una vez?

—No somos espías —respondió Seo‑jun rápido, sin soltar la mano de Min—. Venimos de otro lugar. No sabemos dónde estamos. Solo queremos entender.

—Mentís —espetó el otro Seo, y el arco brilló con más fuerza—. Tenéis los Sellos. Nadie los tiene sin permiso de él. Nadie excepto yo… y él.

Min‑jun dio un pequeño paso adelante, con las manos aún levantadas, para demostrar que no quería pelear.

—¿Él? ¿Quién es él?

El otro Seo lo miró con odio en los ojos. Un odio tan puro y tan fuerte que Min sintió que le dolía en el propio pecho.

—No te hagas el tonto —escupió—. Sabéis perfectamente quién es. El Sucesor. El que gobierna esta ciudad desde aquel palacio. El que se hace llamar Choi Min‑jun.

El corazón de Min dio un vuelco. Se quedó helado. Había visto una visión fugaz de sí mismo en el trono. Pero oírlo decirlo en voz alta, con ese odio, con ese dolor… era otra cosa.

—El Sucesor —repitió Seo‑jun a su lado, con la voz baja y seria—. La versión de ti que nunca renunció al poder.

El otro Seo entrecerró los ojos, confundido por cómo hablaban. Bajó el arco un par de centímetros, pero no lo soltó.

—¿De verdad no sabéis nada? —preguntó, desconfiado aún.

—De verdad —respondió Min, con la voz suave, intentando calmarlo—. Venimos de muy lejos. De un mundo donde… donde Min‑jun no es un tirano. Donde él y tú sois compañeros. Donde os queréis.

El otro Seo se quedó rígido. Luego soltó una risa amarga, cortante, que no sonó nada como la risa de su Seo.

—Quererse. Con él. Qué bonita fantasía. Ese chico no tiene corazón. Lo vendió todo por poder. Destruyó familias. Mató a quien se le opuso. Me quitó todo lo que me importaba. Y ahora gobierna este lugar como un dios de piedra, sin importarle quién sufra.

Min sintió un nudo en la garganta. Miró hacia el palacio oscuro en la distancia. Allí dentro, en algún salón de mármol frío, había una versión de sí mismo que había elegido el poder por encima de todo. Que había perdido todo lo que hacía que él fuera él.

—¿Podemos hablar contigo? —preguntó Min despacio—. Queremos entender. Queremos ayudar, si podemos.

El otro Seo lo miró de arriba abajo, desconfiado, pero algo en la mirada de Min le hizo dudar. Quizás porque tenía la misma cara que el tirano, pero unos ojos completamente distintos. Ojos que no estaban vacíos. Ojos que tenían miedo, pero también bondad.

Bajó el arco del todo y suspiró, resignado.

—Seguidme —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia el bosque—. Pero intentad cualquier cosa rara… y la próxima flecha no falla.

Caminaron en silencio durante media hora, bajando la colina por caminos ocultos entre los árboles. Min y Seo se miraban de vez en cuando, sin decir nada, pero entendiéndose sin palabras: esto era peor de lo que habían imaginado. No solo habían visto una versión mala de Min. Estaban en un mundo donde esa versión lo había destruido todo.

Llegaron a un campamento oculto en una cueva grande, protegida por rocas y barreras de energía. Allí había unas cuarenta personas, todas con ropa gastada, rostros cansados, pero con una chispa de lucha en los ojos. Eran la rebelión. Gente que se negaba a someterse al Sucesor.

Y en el centro del campamento, sentada en una piedra, había una chica que levantó la vista al verlos entrar. Min contuvo el aliento. Era Ji‑eun. Pero una Ji‑eun más dura, más seria, con una cicatriz pequeña en la frente y una espada ligera apoyada en su regazo.

—¿Quiénes son estos? —preguntó ella mirando al Seo de este mundo.

—Dicen que vienen de otro lugar —respondió él, cruzándose de brazos—. Dicen que en su mundo… él y el Sucesor no son enemigos.

Ji‑eun los miró fijamente, luego sus ojos se detuvieron en los brazaletes de Min. Abrió los ojos muy grandes.

—Esos brazaletes… él tiene los mismos. Pero los tuyos brillan distinto. No están oscuros.

Antes de que nadie pudiera responder, un grito de alerta sonó desde la entrada de la cueva.

—¡Patrullas del palacio! ¡Se acercan!

Todo el mundo se puso de pie de un salto, agarrando sus armas. El otro Seo tensó el arco de nuevo.

—Habéis llegado en un mal momento —le dijo a Min, mirándolo con una mezcla de rabia y cansancio—. Si de verdad no sois de aquí… demostradlo. Ayudadnos a defender este lugar. O demostrad que sois lo que siempre pensé: más espías de él.

Min miró a Seo‑jun. Su Seo le apretó la mano y asintió.

—Ayudaremos —dijo Min, y los brazaletes en sus muñecas brillaron con fuerza, listos para luchar—. Estamos de vuestra parte.

Fuera, el sonido de pasos de soldados se acercaba. Y muy lejos, en lo alto del palacio de piedra, una figura alta y fría se asomó por una ventana, mirando hacia el bosque con ojos vacíos. El Sucesor sintió una vibración extraña en sus propios Sellos. Alguien con su misma energía había llegado a su mundo.

Y sonrió con frialdad.

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📔 LIBRETA NUEVA · ESCRIBE CHOI MIN‑JUN

Sábado por la tarde, en una cueva que no es mi casa

Querida libreta:

Estamos en el primer mundo. El que Rin quería que viéramos.

Aquí yo soy el malo. Aquí yo soy un tirano que gobierna con miedo, que destruyó vidas, que le quitó todo a la versión de Seo de este lugar. Verlo a él mirarme con ese odio… me duele más que cualquier golpe que haya recibido nunca.

Porque sé que pude haber sido así. Sé que si hubiera tomado decisiones distintas, si hubiera elegido el poder antes que a las personas que amo… yo sería ese chico de piedra sentado en aquel palacio. Solo. Vacío.

Tenemos que ayudarles. Tenemos que demostrarles que no soy él. Que hay otra forma. Que incluso alguien que ha tomado el camino oscuro puede volver… o al menos, que otros no tienen que repetir su error.

Las patrullas vienen. Vamos a luchar. Esta vez no lucharemos por salvar nuestro mundo. Lucharemos por salvar un poco de esperanza en este.

Espero que sea suficiente.

Buenas tardes.

Min‑jun.

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