Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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El peso del abismo
Las palabras de Francisca quedaron suspendidas en el aire de los pasillos de la clínica, pesados y venenosos como una condena a muerte. Isabel Villarreal retrocedió hasta que su espalda chocó contra la fría pared de pintura blanca. El mundo, que hasta hacía un par de horas parecía un lugar seguro y lleno de promesas, se había transformado en un laberinto de pesadilla.
—¡No! —exclamó Isabel, con un hilo de voz que cobró fuerza a medida que el pánico se convertía en indignación—. ¡No puedo hacer eso, Francisca! ¿Te estás escuchando? ¿Casarme con un completo desconocido? ¡Eso es una locura, es una extorsión! Mi papá jamás querría que yo me vendiera a un hombre que no conozco solo por salvar su pellejo. ¡Tiene que haber otra forma!
La joven se pasó las manos por el rostro, tratando de despejar la bruma de desesperación que amenazaba con nublar su juicio. Su mente, habitualmente tranquila, trabajaba a una velocidad frenética, buscando desesperadamente una salida legal o financiera que no implicara destruir su propia vida.
—Podemos hablar con otros bancos... —balbuceó Isabel, caminando en círculos por la sala de espera—. El bufete de abogados de la familia es uno de los mejores de la ciudad, ellos pueden demostrar que mi papá fue una víctima de esa estafa. Podemos hipotecar la mansión, vender las propiedades de la playa, mis joyas, las de mi madre...
¡Todo! No nos importa quedarnos en la calle, Francisca, la dignidad y la libertad de mi papá no se negocian en un altar ficticio.
Francisca la observaba desde el sofá, manteniendo su máscara de trágica resignación, aunque por dentro la ira comenzaba a carcomerla ante la resistencia de su hijastra. Antes de que pudiera replicar y aplastar las inútiles esperanzas de la joven con argumentos legales, el sonido de unos pasos apresurados y erráticos desvió la atención de ambas hacia la entrada del pasillo.
Era Samanta. Llegaba con el rostro demacrado, el maquillaje corrido por las lágrimas del despecho y la respiración completamente desbocada tras el violento enfrentamiento en el restaurante. Al ver a su madre y a Isabel en la sala de urgencias, se acercó a ellas tambaleándose.
—¿Qué... qué pasó? —preguntó Samanta, con la voz cansada y los ojos desorbitados—. Me llamaron de la casa... dijeron que Leonardo se estaba muriendo. Madre, dime que no es verdad.
Francisca se puso de pie de inmediato, tomándola de los brazos. La frialdad de la mujer no dio tregua ni a su propia hija.
—Es verdad, Samanta. Tu padre sufrió un infarto fulminante. Las empresas Villarreal están en la quiebra absoluta por culpa de una estafa, los bancos nos congelaron todo y estamos completamente en la ruina. Si Leonardo se salva, irá directo a prisión... a menos que Isabel acepte casarse con el hombre que ofreció pagar la deuda. Pero ella se niega.
La crudeza de las palabras cayó como un mazo sobre el ya frágil estado emocional de Samanta. Para una joven acostumbrada a los excesos, las compras de lujo y el estatus que el apellido Villarreal le otorgaba indirectamente, la sola mención de la miseria y la cárcel fue el golpe de gracia. Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El aire se le escapó de los pulmones en un suspiro ahogado y, antes de que Francisca pudiera sostenerla, los ojos de Samanta se pusieron en blanco. Su cuerpo se desplomó por completo, impactando inerte contra el suelo de la clínica.
—¡Samanta! ¡Hija! —gritó Francisca, perdiendo por fin la compostura y arrodillándose al lado de la joven—. ¡Un médico! ¡Por favor, ayuda!
Isabel, olvidando por un segundo su propia agonía, corrió a presionar el botón de emergencia de la pared. En cuestión de segundos, un equipo de enfermeros y un médico de guardia irrumpieron en la sala con una camilla. Subieron el cuerpo inconsciente de Samanta y la trasladaron a toda prisa hacia los cubículos de trauma para ser atendida de urgencia.
Pasaron cuarenta minutos de una espera asfixiante. Isabel permanecía sentada en una de las incómodas sillas plásticas, con la cabeza entre las rodillas. Intentaba armar un plan para salvar a su padre, pero la traición de Fabián regresaba a su mente como un eco tortuoso. Aquel hombre al que amaba en secreto no solo la había engañado a ella, sino que había estado usando a su hermanastra en las sombras. El dolor moral era insoportable.
Finalmente, las puertas de la zona de emergencias se abrieron y el médico a cargo se acercó a ellas, retirándose los lentes con una expresión de desconcierto. Francisca e Isabel se pusieron de pie de inmediato.
—¿Cómo está mi hija, doctor? ¿Por qué se desmayó de esa manera? —preguntó Francisca, con una ansiedad genuina.
El médico soltó un leve suspiro y miró el historial clínico en su tableta antes de fijar la vista en la familia.
—La paciente sufrió una crisis nerviosa severa debido a un shock emocional, lo que provocó una bajada drástica de la presión arterial. Ya la hemos estabilizado con líquidos intravenosos y está despertando —explicó el especialista, haciendo una pausa y mirando con gravedad a ambas mujeres—. Sin embargo, tras realizarle la batería de análisis de sangre obligatorios por el protocolo de urgencias, hemos encontrado la causa de su debilidad extrema.
—¿De qué habla, doctor? —intervino Isabel, con el ceño fruncido y un mal presentimiento instalándose en su pecho.
—La señorita Samanta está embarazada —reveló el médico de manera directa—. Los niveles de la hormona están elevados; calculamos que tiene aproximadamente unas seis semanas de gestación. Debido al alto nivel de estrés que está manejando, su estado es de alto riesgo, por lo que debe mantener reposo absoluto si quieren salvar al bebé.
Las palabras del médico resonaron en los oídos de Isabel como campanadas fúnebres. Francisca ahogó un grito de sorpresa, pero en sus ojos no había horror, sino un destello de perversa comprensión: ese hijo solo podía ser de Fabián Vargas.
Isabel, por su parte, sintió un vacío devastador en el estómago. La revelación terminó de hundirla en la más profunda, total y absoluta tristeza. Ya no era solo la quiebra familiar, ni la inminente muerte o encarcelamiento de su padre, ni la propuesta coercitiva del misterioso Gael Sotomayor. Ahora, la confirmación de que Fabián esperaba un hijo con su hermanastra destruía el último rastro de esperanza y amor que quedaba en su corazón. Estaba completamente sola, rodeada de traición y miseria, y con el peso de la vida de su padre sobre sus hombros. El abismo la había reclamado por completo.