Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 1: El eco de las páginas cerradas
El suave crujir de los tomos antiguos y el olor inconfundible a papel viejo siempre habían sido mi refugio. Trabajar en esta pequeña biblioteca cerca de casa me daba una paz que disfrutaba en silencio, o al menos así era hasta hace unas semanas.
Cruzando la calle, justo enfrente de la entrada, se alzaba la panadería local. Su propietario, Thomas, un hombre de mirada esquiva y una sonrisa que me producía escalofríos, se había obsesionado conmigo de una forma enfermiza. Cada vez que me asomaba por la ventana, lo encontraba ahí, clavando los ojos en mí desde el mostrador.
—Buenos días, Valérie. Un pan dulce para la mujer más hermosa de este barrio, invitado por la casa —me solía decir, apoyándose demasiado tiempo en el marco de la puerta.
—Gracias, Thomas, pero no tengo hambre y estoy ocupada con el inventario —le respondía con la mayor frialdad posible, buscando marcar distancia.
Pero mis negativas educadas no servían de nada. El acoso escaló con rapidez: llamadas a altas horas de la noche, notas anónimas en mi bicicleta y la persistente sensación de que alguien me pisaba los talones al volver a casa.
Harta de vivir con el nudo en la garganta, decidí acudir a la comisaría. Con las manos temblorosas por la rabia y el miedo, me senté frente al mostrador del oficial de guardia.
—Oficial, necesito presentar una denuncia formal por acoso y hostigamiento contra el dueño de la panadería de enfrente, Thomas Vance —le dije, conteniendo la voz—. Me vigila todo el día, me persigue y temo por mi seguridad.
El oficial revisó unos papeles sin siquiera dignarse a levantar la vista.
—Señorita Laurent, entiendo su incomodidad, pero el acoso verbal o las miradas incómodas no son un delito grave que podamos procesar de inmediato. ¿Tiene fotos, videos, mensajes escritos firmados por él o testigos presenciales?
—No tengo mensajes impresos porque usa números prepago y se esconde, ¡pero todo el vecindario lo nota! Solo necesito que hablen con él antes de que esto pase a mayores —le supliqué.
—Lo siento mucho, señorita. Sin pruebas físicas concretas o lesiones comprobables, las manos nos quedan atadas. Vuelva cuando tenga algo tangible.
Salí de allí con el corazón encogido y una profunda sensación de impotencia. La justicia institucional me había dado la espalda.
Esa noche, con la biblioteca ya cerrada al público, me encontraba recogiendo mis cosas dispuesta a marcharme. De pronto, escuché que la puerta principal se abría con violencia. Era Thomas. Traía los ojos inyectados en sangre, el aliento pesado cargado de alcohol y una furia desbordada que jamás le había visto.
—¡Estás loco! —grité, retrocediendo de inmediato hacia el mesón—. ¿Cómo entraste? ¡La biblioteca está cerrada! ¡Largo de aquí o llamo a la policía!
Thomas avanzó de golpe, bloqueando la única salida con una sonrisa torcida y macabra.
—¿A la policía? ¿Para qué, Valérie? ¿Para que te ignoren otra vez? Te estuve ofreciendo el cielo, te di mi atención, ¡y me trataste como basura! ¡Me ignoras como si no fuera nada!
Mi límite interno se rompió por completo. Ya no sentía miedo, solo una rabia ardiente. Me planté firme frente a él y le grité con todas mis fuerzas:
—¡Porque no me interesas! ¡Nunca lo harás! ¡Aléjate de mi vida de una vez por todas, vete a acosar a otro lado y déjame en paz!
Mis palabras golpearon su ego herido hasta pulverizarlo. Su expresión mutó en el terror puro de la locura. De un movimiento brusco, sacó un arma de fuego de su chaqueta y me apuntó directo al pecho.
—Si no vas a ser mía... ¡no vas a ser de nadie más en este maldito mundo! —bramó.
Abrí los ojos de par en par e intenté abalanzarme sobre él para desarmarlo:
—¡No—!
Un estruendo seco destrozó el silencio de la noche. El fogonazo iluminó por última vez los lomos de los libros de historia a mi alrededor. Sentí cómo las fuerzas me abandonaban y mi cuerpo caía lentamente contra el suelo de madera, mientras la tinta de mi vida se apagaba... sin saber que al otro lado del velo, mi historia apenas estaba a punto de comenzar.