Valeria Ríos lo dio todo por su matrimonio con Rodrigo Montero: su juventud, su paciencia y su dignidad. Durante años soportó las humillaciones de Carmen, su suegra, que la tachaba de estéril y de mala suerte. Resistió la indiferencia de un esposo que prefería las noches de trabajo al calor de su hogar. Tragó lágrimas mientras Valentina, la examante de Rodrigo, se paseaba por su vida dejando destrucción a cada paso.
Hasta que un día, Valeria descubre lo que su cuerpo ya sabía: tiene leucemia.
Enferma, sola y sin fuerzas para seguir fingiendo, Valeria toma la decisión más difícil de su vida: pedirle el divorcio a Rodrigo. Pero lo que comienza como un acto de rendición se transforma en el inicio de su verdadera historia.
Julián Navarro —brillante médico especialista, heredero de una familia acaudalada y desesperadamente torpe en cuestiones del corazón— lleva años enamorado en silencio de Valeria. Cuando ella se derrumba, él se convierte en su pilar: la acompaña a las quimioterapias, pelea con el sistema para conseguirle un donante de médula, y le demuestra con hechos que el amor no se proclama a gritos sino que se construye en los detalles.
Mientras tanto, Rodrigo descubre demasiado tarde el precio de dar por sentado a quien más lo amaba. La ruina económica, la traición de Valentina, los secretos familiares que explotan uno tras otro y la revelación de que Valeria estuvo muriendo frente a sus ojos sin que él lo notara le destrozan la arrogancia que alguna vez confundió con fortaleza.
A su alrededor, vidas paralelas se entrelazan con la suya: Martín y Sofía, un matrimonio congelado por el orgullo, encuentran la chispa gracias al ultimátum adorablemente absurdo de su hijo Mateo; Daniel, un hombre marcado por la culpa, lucha por recuperar la relación con Nicolás, el hijo que no supo criar; y Carmen enfrenta la devastadora verdad de que su crueldad destruyó lo único valioso que tenía su familia.
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Cap. 13
Dentro de su habitación, Valeria estaba sentada al borde de la cama con la mirada vacía clavada en la pared. Las lágrimas se le habían secado, dejando un rastro tenue en las mejillas hundidas.
Pero ya no se oía ningún sollozo.
Valeria respiró hondo, sintiendo un vacío inmenso en el pecho. Había decidido que no iba a volver a malgastar una sola lágrima llorando por Rodrigo, su esposo tan frío, tan rígido y tan incapaz de notar las heridas que le causaba.
El sonido de una notificación rompió el silencio del cuarto. Valeria echó una mirada desganada al teléfono que descansaba sobre la mesita de noche.
Con movimientos lentos, lo tomó. Un mensaje de Julián brillaba en la pantalla.
[Valeria, ¿puedes venir mañana al hospital? Quiero presentarte a un amigo mío, un especialista que acaba de regresar del extranjero. Estoy seguro de que puede ayudarte con tu tratamiento]
Valeria leyó las líneas sin un ápice de expresión. No le quedaban ganas ni de tratarse; sentía que había perdido hasta las ganas de vivir.
Su cuerpo cada vez más delgado y los dolores de cabeza que la atacaban con frecuencia la tenían en el punto máximo de resignación.
Si la muerte la reclamaba mañana, Valeria sentía que ya estaba más que preparada.
Sus dedos fríos empezaron a teclear una respuesta breve.
[No hace falta, Jul. Gracias]
En cuestión de segundos, la réplica llegó volando. Julián conocía de sobra la cabeza dura de su amiga.
[¡No seas terca, Valeria! Sé perfectamente lo que estás pensando. Si mañana no vienes al hospital, doy por terminada nuestra amistad. ¡Te lo digo en serio!]
Valeria suspiró largo; una sonrisa amarga le asomó apenas en los labios. Otra vez Julián amenazándola con esas amenazas infantiles.
Pero sabía que detrás de esa amenaza había una preocupación genuina, algo que llevaba mucho tiempo sin recibir de su propio esposo.
[¡Qué infantil eres! Está bien, voy mañana temprano]
Después de enviar el mensaje, Valeria dejó el teléfono de nuevo en la mesita.
Apagó la lámpara de noche, dejando que el cuarto se hundiera en la oscuridad, y recostó aquel cuerpo que se sentía tremendamente frágil sobre la cama.
Esa noche solo quería dormir y olvidarse de todo. Estaba demasiado agotada.
El chasquido de la puerta al abrirse le tensó el cuerpo debajo de la sábana.
Por el sonido de los pasos familiares, Valeria supo perfectamente quién acababa de entrar.
Rodrigo.
—¿Ya te dormiste? —preguntó con voz baja, rompiendo el silencio.
Silencio.
Valeria eligió cerrar los ojos con fuerza, dándole la espalda al lado de la cama donde Rodrigo solía dormir.
—¿Valeria?
Ninguna respuesta.
Al no obtener reacción, Rodrigo soltó un suspiro corto. Se quitó el reloj y se subió a la cama.
Sin previo aviso, los brazos fuertes de Rodrigo le rodearon la cintura a Valeria y la jalaron desde atrás hasta pegarla contra su pecho.
Valeria se sobresaltó. El cuerpo se le puso rígido por reflejo al recibir ese contacto repentino. Intentó zafarse un poco, pero el abrazo de Rodrigo se apretó todavía más.
—Sé que no estás dormida, Valeria. Escúchame, por favor —dijo Rodrigo; su aliento tibio le rozaba la nuca—. Te pido perdón. Perdón por lo que te dije abajo, y perdón por las cosas que mi mamá te dijo y que te lastimaron. No era mi intención.
Valeria siguió callada, mirando la oscuridad del cuarto con ojos vacíos.
—Valeria, contéstame. Por favor, no me ignores así —le pidió Rodrigo otra vez; había un dejo de frustración en esa voz que normalmente siempre sonaba neutra.
Valeria aspiró largo y despacio se dio la vuelta para quedar frente a Rodrigo.
En la penumbra que se colaba por la rendija de la puerta, sus ojos miraron a su esposo con una frialdad cortante.
—¿No te gusta más que me quede callada, Rodrigo? —preguntó Valeria con voz de hielo.
—¿No estabas más cómodo cuando yo no hablaba y no te exigía nada? Mejor que la Valeria de antes, la que siempre andaba de mimosa, la que hablaba de más y te molestaba con cada pequeñez, ¿no?
Rodrigo frunció el ceño; la mandíbula se le endureció al recibir ese golpe directo.
—No me refiero a eso, Valeria. Solo quiero que arreglemos esto por las buenas. Mañana voy a hacer tiempo. Voy a llevarte al doctor para que te revisen. Bernardo me dijo que estás enferma.
Valeria soltó una risa seca, una risa sin gracia que a Rodrigo lo incomodó aún más.
—¿Revisar mi estado? ¿Para qué, Rodrigo? ¿Para comprobar si de verdad tengo el vientre seco como dice tu mamá? ¿O para asegurarte de cuándo podré darte un hijo y que ella deje de hacer escándalo?
—¡Valeria, cuida lo que dices! ¡Estoy tratando de hacer algo bueno llevándote al doctor!
Rodrigo empezó a perder los estribos; la voz le subió un tono. Su ego enorme no estaba acostumbrado a que Valeria lo acorralara así.
—¡¿Por qué cada cosa que digo la retuerces?!
—¡Porque tu buena intención siempre llega tarde, Rodrigo! —respondió Valeria sin ceder ni un milímetro. Sus ojos irradiaban una fuerza que Rodrigo jamás le había visto.
—¡Te preocupas por mí solo cuando alguien más te avisa! ¿Y dónde estabas tú cuando tu madre me destrozó en tu propia cara? ¡La defendiste a ella, Rodrigo!
—¡Es mi madre, Valeria! ¿Qué quieres, que insulte a mi propia madre delante de ti? —le espetó Rodrigo furioso; la mano le apretó el hombro a Valeria.
—¡Además, todo esto no se habría salido de control si tú no siguieras sacando el tema de Valentina y Nicolás! ¡Valentina está pasándola mal y Nicolás es un niño! ¿Por qué eres tan egoísta?
Al escuchar otra vez el nombre de Valentina como escudo de defensa, el hartazgo de Valeria alcanzó el tope.
Empujó el pecho de Rodrigo con la fuerza que le quedaba hasta que el abrazo se soltó por completo. Se sentó derecha en la cama y lo miró con desprecio.
—¡Entonces vete con ellos, Rodrigo! ¡Sal de este cuarto ahora mismo! —señaló la puerta con la mano temblando de rabia.
—¡Vete y acompaña a ese niño y a su madre! ¡Ellos necesitan más a un héroe como tú que esta esposa estéril que solo estorba!
Rodrigo también se incorporó; la cara se le encendió conteniendo la furia que le explotaba en el pecho. La miró con unos ojos afilados como navajas.
—¡Dilo de una vez, que estás celosa, Valeria! ¡No uses la enfermedad ni lo que dijo mi mamá para tapar tus celos ridículos! —le gritó con dureza, barriendo de un plumazo toda la culpa que había sentido en el auto.
Valeria se detuvo un instante. Después esbozó una sonrisa finísima, una sonrisa llena de herida y de una determinación absoluta.
—¿Celosa? Antes quizá sí, Rodrigo. Pero esta noche, te lo juro… los celos ya se murieron junto con el respeto que te tenía. Ahora, sal de mi cuarto.