Durante tres años, Luciana fue utilizada por la familia de su esposo. Casada con Matías, se vio obligada a convertirse en donante de sangre permanente para Sofía, la hermana del mejor amigo fallecido de él. En esa casa no era esposa: cocinaba, limpiaba y obedecía. En la empresa, nadie la tomaba en serio.
Todo terminó cuando Sofía le envió fotos íntimas con Matías. Luciana no discutió. Pidió el divorcio y se fue.
Lo que dejaron atrás fue un error.
Tras regresar a su hogar, Luciana reveló su verdadera identidad: heredera de una familia millonaria. La sumisión no era necesidad, sino elección. Lejos del matrimonio, vuelve al mundo empresarial con capital, poder y memoria.
Esta vez, no será utilizada.
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Capítulo 22
Lucas casi no recordó cómo llegó al edificio de oficinas de Matías.
El trayecto desde su auto hasta el ascensor lo hizo con el teléfono apretado en la mano, la pantalla encendida una y otra vez, como si al mirarla pudiera cambiar lo que ya estaba ocurriendo. Las notificaciones no dejaban de saltar. Comentarios, menciones, capturas reenviadas por conocidos que hasta ayer lo llamaban “hermano”.
Ahora nadie lo defendía.
Cuando la puerta del despacho de Matías se abrió, Lucas entró sin esperar invitación.
—Matías —dijo, con la voz quebrada—, necesito tu ayuda. De verdad.
Matías levantó la vista desde su escritorio. No parecía sorprendido. Tampoco irritado. Solo cansado.
—Cierra la puerta —ordenó.
Lucas obedeció y avanzó unos pasos, como si temiera que el suelo se hundiera bajo sus pies.
—Luciana me está haciendo una cacería —empezó, atropellando las palabras—. Esto es acoso en redes. Me están destruyendo. Mi esposa… mi esposa ya pidió hablar con un abogado. Dice que no puede seguir viviendo conmigo después de esto.
Matías no respondió de inmediato. Tomó su tablet, deslizó la pantalla y abrió la red social donde el nombre de Lucas era tendencia. Comentarios, burlas, críticas feroces. La foto de la playa aparecía repetida desde distintos ángulos.
—Interesante —dijo por fin—. ¿Quieres decirme por qué todo el mundo tiene exactamente la misma imagen tuya?
Lucas se pasó la mano por el cabello, sudoroso.
—Eso… eso fue manipulado. Yo no sabía que iban a usarla así. Te juro que no.
Matías alzó una ceja.
—Lucas —dijo con calma—. Antes de que sigas, dime algo. ¿Planeabas o no usar un video editado para destruir la imagen de Luciana?
El silencio fue demasiado largo.
—Yo… —Lucas tragó saliva—. La idea original no era así. Solo quería que bajara un poco el perfil. Que dejara de actuar como si no necesitara a nadie.
Matías dejó la tablet sobre la mesa.
—Entonces sí —concluyó—. Intentaste exponerla primero y te salió mal.
—¡No fue así! —Lucas alzó la voz—. Los paparazzi me engañaron. Dijeron que solo era material preventivo, por si ella volvía a atacar a Valeria. Yo actué porque Valeria me lo pidió.
El nombre cayó como una piedra. La expresión de Matías se endureció de inmediato.
—¿Valeria también está metida en esto?
Lucas asintió, desesperado.
—Ella dijo que Luciana la estaba humillando. Que necesitaba una lección. Yo solo… quise ayudar.
Matías se recostó en la silla, cruzando los brazos.
—¿Sabes cuál es tu problema, Lucas? —preguntó—. Que siempre confundes ayudar con ensuciarte las manos por otros.
—Matías, por favor —suplicó Lucas—. Tú puedes frenar esto. Con una llamada. Solo una. Tú aún tienes peso.
—No —respondió Matías sin titubear.
Lucas abrió los ojos.
—¿Cómo que no?
—No voy a mover un dedo —repitió—. Esto es consecuencia directa de lo que hiciste. Nadie te obligó a participar.
—Pero… —Lucas apretó los puños—. Me están arruinando la vida. Nadie me contesta el teléfono. Ni siquiera Marcelo.
—¿Marcelo, el de Galaxia Entertainment? —preguntó Matías.
—Sí —asintió Lucas con amargura—. Lo llamé cinco veces. Ni un mensaje. Me bloqueó.
Matías soltó una risa corta, sin humor.
—Eso debería decirte algo.
Lucas bajó la cabeza.
—Mi familia está furiosa. Dicen que soy una vergüenza. Si esto sigue, me van a sacar del negocio familiar. No me van a respaldar.
—Y aun así —dijo Matías—, vienes a pedirme que te saque del hoyo.
—Eres mi amigo —respondió Lucas casi en un susurro.
Matías lo miró fijamente.
—Luciana también lo fue.
Lucas apretó los labios, incapaz de responder.
—Escucha bien —continuó Matías—. Si provocas a alguien, debes estar listo para asumir la respuesta. Y Luciana ya no es la mujer que agachaba la cabeza.
—Entonces dime qué hacer —pidió Lucas, derrotado—. Porque no tengo salida.
Matías guardó silencio unos segundos.
—Si la atacaste públicamente —dijo finalmente—, resuelve el problema públicamente. Ve y habla con ella.
Lucas se irguió de golpe.
—¿Con Luciana? ¿Quieres que le pida perdón?
—Exacto.
—Eso es imposible —espetó Lucas—. Me va a humillar.
—Eso ya lo hiciste tú solo —replicó Matías—. Y créeme, seguir resistiendo solo empeorará las cosas.
Lucas se dejó caer en la silla frente al escritorio.
—No puedo —murmuró—. No puedo rebajarme así.
—Entonces prepárate para perderlo todo —sentenció Matías—. Porque Luciana no necesita mover un dedo más. Ya ganaste tu propio juicio público.
El silencio volvió a instalarse.
Lucas sabía que Matías tenía razón. Y eso lo enfurecía tanto como lo aterraba.
—Si me disculpo —dijo al fin—, ¿crees que se detendrá?
—Eso depende de qué tan sincera sea tu disculpa —respondió Matías—. Y de cuánto más tengas que ocultar.
Lucas cerró los ojos un segundo. Pensó en los mensajes guardados, en los pagos, en las conversaciones que no quería que vieran la luz.
—Está bien —dijo, resignado—. Lo haré.
Horas después, su cuenta oficial publicó un comunicado.
Un texto breve, cuidadosamente redactado:
“Quiero aclarar que desconozco el origen del video editado que circuló recientemente. Lamento profundamente el daño causado y ofrezco mis disculpas a Luciana por cualquier perjuicio derivado de esta situación.”
Nada más. No era una confesión completa. Tampoco una absolución. Pero era una rendición. Lucas observó la publicación con el rostro tenso. No sentía alivio. Solo derrota. Sabía que Luciana aún tenía cartas que no había mostrado y que seguir provocándola sería suicida.
Menos de dos horas después, la puerta del despacho de Luciana se abrió de golpe.
—¡Se rindió! —anunció Valentina, entrando casi corriendo—. Publicó la disculpa. Manos en alto.
Luciana levantó la vista de los documentos que estaba revisando.
—¿Tan rápido?
—Más rápido de lo que esperaba —rió Valentina—. Mucho ruido, cero aguante.
Luciana apoyó la espalda en la silla, serena.
—Nunca fue fuerte —dijo—. Solo hacía eco.
Valentina levantó el pulgar.
—Buen debut como directora, ¿no?
Luciana sonrió apenas. La partida acababa de empezar, y ya había alguien que aprendía a rendirse.
no le pongas tanto relleno a las novelas, haz que la mujer se enamore, no tan rápido, ni tan lento, que allá pasión, amor etc..
eso es lo que amarra, a una persona en leer novelas, y con esta son dos novelas que me pasa lo mismo y fatal.
espero que cuando vuelva a leer una de tus obras nuevamente, hayas mejorado.
Me gusta como hablan los argentinos pero leer el vos, tenés, etc. no.