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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: Ojos De Oro En La Oscuridad

Valentina sobrevivió.

Durante dos días, esa fue la única noticia.

Los sanadores entraban y salían de la habitación lateral con rostros graves. Hablaban en voz baja, como si la muerte pudiera escuchar su nombre a través de las paredes. Fiebre por exposición al frío. Rodillas inflamadas. Pulso débil. El cuerpo agotado por tres años de enlace de curación.

—Si vuelve a pasar una noche así —dijo uno de ellos a Nana Rosa, creyendo que Valentina no podía oír—, no habrá hierbas suficientes.

Valentina oyó.

No pudo abrir los ojos.

La fiebre la llevaba y la traía. A veces estaba en Hacienda Reyes. A veces en la casa de su infancia, antes de las promesas, antes de la cama intacta, antes del lobo moribundo al que le entregaron su vida. En los momentos peores llamaba a su padre. Luego a su madre. No con palabras claras, sino con sonidos de niña perdida.

Nana Rosa lloraba junto a la cama.

Sofía no se movía.

Sebastián llegó al tercer día.

Valentina despertó apenas cuando escuchó su voz. No abrió los ojos. No quería darle ni eso.

—Todo esto pudo evitarse —dijo él.

La habitación se quedó quieta.

Sofía dejó de mover el paño húmedo.

—Alfa Reyes —murmuró Nana Rosa, con advertencia.

Sebastián siguió.

—Si Valentina no hubiera alterado a mi abuela, ella no habría caído enferma. Mi madre no habría reaccionado así. Ahora La Matriarca está débil, Valentina está en cama y toda la casa habla. ¿Eso era lo que querías?

Valentina sintió a su loba dentro del pecho.

No gimió.

Soltó algo parecido a una risa baja, seca, sin alegría.

Sebastián no la escuchó. O no quiso escucharla.

Sofía sí.

—Salga —dijo.

Sebastián la miró como si una silla acabara de hablar.

—¿Qué dijiste?

—Que salga. Si viene a culparla por no morir en silencio, salga.

Nana Rosa cerró los ojos.

Valentina quiso decirle a Sofía que no se arriesgara más por ella.

No pudo.

Sebastián respiró hondo.

—Cuando despierte, dile que La Matriarca preguntó por ella. Eso debería bastarle.

Sus pasos se alejaron.

Esa noche, Valentina abrió los ojos.

Sofía dormía con la cabeza sobre el borde del colchón. Nana Rosa rezaba en voz baja junto a la ventana.

El cuarto olía a ungüento, fiebre vieja y copal.

Valentina miró el techo.

No fue Sebastián quien abrió la puerta por voluntad propia.

Fue Doña Aurora.

Él no había ido a salvarla. Había llevado una llave porque una anciana enferma lo ordenó.

Esa verdad se instaló en ella sin ruido.

Y no se movió más.

Pasaron semanas.

La primavera llegó primero a los patios visibles: bugambilias nuevas, fuentes limpias, sirvientes con ropa más ligera. En la habitación lateral, llegó despacio. En forma de pasos cortos, caldos suaves, vendas cambiadas y mañanas en las que Valentina lograba sentarse sin marearse.

Doña Aurora mandó preguntar por ella todos los días.

Doña Milagros dejó de aparecer.

Sebastián aparecía lo justo para que la casa supiera que no la había abandonado. Nunca lo suficiente para que Valentina confundiera presencia con compañía.

Al inicio de la luna creciente, llegó la orden del Palacio del Gran Alfa.

Damián Montero, Rey Alfa de la Manada Real, regresaba victorioso del norte.

Don Alejandro Montero celebraría un banquete en su honor. Todos los líderes de manada y sus familias debían asistir.

Sebastián leyó la invitación en el patio lateral, de pie frente a Valentina como si dictara una instrucción doméstica.

—Vendrás conmigo.

Valentina estaba bordando el borde de un pañuelo para mantener las manos ocupadas.

—Mi salud aún no está recuperada.

—Precisamente por eso debes venir. Si no asistes, la gente hablará.

—La gente ya habla.

—Entonces no les des más motivos.

Valentina clavó la aguja en la tela.

—Como ordene, Alfa Reyes.

El Palacio del Gran Alfa brillaba como si la guerra nunca hubiera existido.

Había velas en columnas altas, música de cuerdas, charolas de mole oscuro y copas de mezcal que los Alfas levantaban para sellar acuerdos que no se decían en voz alta. Mujeres con vestidos bordados en plata conversaban bajo lámparas de cristal. Hombres de manadas menores inclinaban la cabeza ante quienes tenían más territorio, más guerreros o más cercanía con la Familia Montero.

Valentina se sentó en un extremo de la mesa asignada a los Reyes.

No era invisible.

Era peor: era visible de la forma equivocada. La esposa enferma. La Luna sin brazaletes. La mujer que todos miraban solo el tiempo suficiente para notar que Sebastián hablaba más con Catalina del Valle que con ella.

Catalina estaba al otro lado del salón.

Los Brazaletes de la Luna brillaban en sus muñecas.

Valentina apartó la vista.

Sofía, de pie detrás de ella, apretó la mandíbula.

—No los mire —susurró.

—No los estoy mirando.

—Sí los está mirando.

Valentina casi sonrió.

Entonces las puertas del salón se abrieron.

El ruido cambió.

No se apagó de golpe. Se volvió más fino. Más atento. Como si cada conversación hubiera recordado de pronto que podía ser escuchada por alguien peligroso.

Entró primero el frío.

No el frío de la Sala de los Ancestros. Ese había sido un castigo. Este venía con olor a pino, cuero mojado y hierro limpio. Aire de frontera. Aire de caballo agotado y espada recién envainada.

Después entró Damián Montero.

No llevaba traje ceremonial. Solo un abrigo negro largo, aún marcado por polvo del camino, botas oscuras y guantes que un sirviente no se atrevió a pedirle que se quitara. A su derecha caminaba Emilio Lara, el Comandante Beta al que todos llamaban Comandante Lara en voz baja. A su izquierda, Marco Ávila observaba el salón con una calma seca, como si ya hubiera medido cada salida.

Pero Valentina apenas los vio.

Vio los ojos de Damián.

Dorados.

No miel. No ámbar suave. Oro fundido bajo hielo. Ojos de lobo despierto en un rostro que no necesitaba mostrar colmillos para recordar a todos que podía hacerlo.

Don Alejandro Montero levantó la copa desde la mesa principal.

—Mi hijo vuelve victorioso.

La sala aplaudió.

Damián inclinó la cabeza lo justo. No sonrió. No buscó agradar. Su simple presencia parecía una declaración: había venido del campo de batalla al palacio sin pedir permiso a la comodidad.

Valentina sintió que la respiración se le detenía.

No por miedo.

Ese fue el problema.

Un recuerdo se abrió en su mente sin aviso.

Tres años atrás, antes de Hacienda Reyes, antes de la fiebre que cambió su destino, hubo una noche de farolillos en la ciudad. Ella había subido a la muralla con Mateo para ver las luces sobre el agua. A lo lejos, en la parte más alta, un hombre de abrigo oscuro miraba la ciudad desde arriba. El viento le movía la ropa como si la luna misma quisiera arrancarlo de la piedra.

Valentina no supo quién era entonces.

Solo recordó que, por un instante, su loba joven había levantado la cabeza.

Ahora, en el Palacio del Gran Alfa, esa misma loba se movió.

Débil. Herida. Casi dormida.

Pero se movió.

No por dolor.

Valentina apretó los dedos sobre el pañuelo bordado.

Al otro lado del salón, Damián Montero giró apenas el rostro, como si hubiera escuchado algo que nadie más oyó.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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