El silencio de los colores rotos
Sinopsis de la Obra
La vida de Valeria parecía sacada de una pasarela: a sus 25 años era una brillante diseñadora de modas, con una esbelta figura de 1.75 metros, una sonrisa contagiosa y un talento desbordante. Sin embargo, su realidad en casa era muy distinta. Estaba casada con un hombre machista de 33 años que trabajaba como chófer, con quien tenía una hermosa hija de 4 años.
El mundo de Valeria se desplomó cuando a su pequeña le diagnosticaron leucemia. En una carrera desesperada contra la muerte, la única esperanza residía en un donante compatible: su propio padre. Tras suplicarle y arrodillarse, él aceptó donar, pero la tragedia golpeó con crueldad: el día previo a la cirugía, el hombre se emborrachó con sus amigos y faltó a la cita.
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EL ADIÓS DE LA FLOR MÁS TIERNA
El silencio en el apartamento era denso, pesado, impregnado de un olor a alcohol rancio y a muerte. Cuando Valeria abrió los ojos, el dolor en su pómulo izquierdo y el sabor metálico de la sangre en su boca le recordaron que seguía viva, aunque por dentro estuviera completamente calcinada. El cuerpo de Fabricio ya no estaba en la sala; había huido como el cobarde que era al verla tendida e inmóvil. Con los músculos agarrotados y el alma rota en mil pedazos, Valeria logró ponerse de pie apoyándose de las paredes. Cada paso era una puñalada. Se arrastró hasta el teléfono fijo de la casa, sabiendo que ya no le quedaba nadie a quien acudir, excepto a la única persona que siempre le había demostrado respeto y apoyo genuino: su jefa, Clara.
Las manos le temblaban tanto que tardó una eternidad en marcar los números. Al tercer tono, la voz amable y profesional de Clara respondió al otro lado de la línea.
—¿Valeria? Cariño, te hemos estado esperando en el taller. ¿Sucede algo? No te ves bien desde ayer...
—Clara... —fue lo único que pudo articular. Su voz era un hilo desgarrado, un eco lastimero que apenas se reconocía—. Se murió... mi niña se murió. Y él... él me pegó. Me dejó tirada. No tengo a nadie, Clara, por favor... ayúdame.
Del otro lado del auricular se escuchó un grito ahogado de horror y, de inmediato, la promesa firme de una jefa que se convertiría en madre protectora. —No te muevas de ahí, Valeria. Quédate tranquila. Voy para allá ahora mismo. Te lo juro por Dios que ese desgraciado pagará por esto.
Menos de media hora después, la puerta del apartamento se abrió de golpe. Clara entró acompañada de un abogado de confianza, un hombre de mirada seria y portafolio en mano. Al ver a Valeria en ese estado deplorable —con el rostro golpeado, la ropa sucia y la mirada perdida en un rincón vacío de la sala—, a Clara se le rompió el corazón y corrió a abrazarla, protegiéndola contra su pecho mientras ambas lloraban la tragedia. El abogado, por su parte, tomó nota mental de cada detalle, documentando la escena con fotos y preparando el terreno para una denuncia formal por violencia doméstica, abandono de hogar y negligencia con resultado fatal.
Pero antes de la justicia humana, tocaba enfrentar el dolor más infame de la tierra: despedir a un hijo.
El entierro de la pequeña Irene fue una ceremonia fantasmal bajo una llovizna gris que parecía lavar el cementerio sin lograr limpiarlo de tristeza. No hubo arreglos florales ostentosos, solo un pequeño ataúd blanco de madera fina que parecía demasiado frágil para contener un alma tan luminosa. Clara había organizado todo, escoltada por el abogado y un par de compañeras del taller que sostenían a Valeria, porque las piernas de la joven de veinticinco años ya no respondían por sí solas.
Valeria vestía de riguroso negro, con el rostro parcialmente oculto bajo un velo fino que disimulaba los moretones violáceos de su piel, aunque nada podía esconder el abismo oscuro que se había abierto en sus ojos. Cuando el féretro comenzó a descender lentamente hacia la fosa excavada en la tierra húmeda, un grito visceral, desgarrador, brotó de lo más hondo de su garganta. Fue un sonido que heló la sangre de los pocos presentes.
—¡No te lleves a mi niña! ¡Llévame a mí! —chillaba Valeria, intentando zafarse de los brazos que la sostenían para arrojarse sobre el cajón de madera—. ¡Irene! ¡Mi amor, regresa con mamá! ¡No me dejes sola en este infierno!
Se arrodilló sobre el lodo frío, ensuciándose el vestido de alta costura que ella misma había diseñado, escarbando la tierra con las uñas ensangrentadas, queriendo romper el suelo para abrazar a su hija una vez más. Las lágrimas, que al principio parecían secas, brotaron como un torrente imparable que le quemaba las mejillas. Nadie se atrevía a interrumpirla; el dolor era tan puro y absoluto que parecía sagrado. Clara lloraba sin consuelo a su lado, cubriéndole los hombros con un abrigo para mitigar el frío de la tarde.
En medio del sepelio, a lo lejos, la figura cobarde de Fabricio asomó por el callejón del cementerio. Al ver la magnitud de la escena y notar que el abogado de Clara lo apuntaba con la mirada junto a las autoridades locales que venían a notificarle la orden de alejamiento y la denuncia, dio media vuelta y huyó despavorido, demostrando una vez más que jamás le importó ni la vida ni la muerte de su propia sangre.
Cuando la última palada de tierra cubrió por completo el pequeño ataúd, Valeria sintió que una parte de ella descendía también a la tumba. Su corazón, antes alegre, cálido y lleno de ilusiones, se transformó en ese instante en un bloque macizo de concreto gris. Ya no había lágrimas posibles para lo que restaba de sus días; solo quedaban cenizas, silencio y una sed implacable de escapar muy lejos de ese lugar maldito donde la vida le había arrebatado lo único que amaba.