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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1 — Morir para renacer

Cinco meses de embarazo y un diagnóstico de cáncer terminal.

El médico habla, pero sus palabras llegan como si vinieran de otra habitación. Algo sobre interrumpir el embarazo. Algo sobre cuatro meses de vida.

Bajo la mirada al papel que tiembla entre mis dedos. Las letras se desdibujan. Cáncer gástrico, etapa cuatro. Confirmo que las he leído bien. Las vuelvo a leer. Y una vez más, por si la primera y la segunda fueron alucinaciones de una mujer que lleva demasiadas noches sin dormir.

No lo son.

—Doctora Solares, su cuerpo no va a resistir. Si no interrumpe el embarazo, le quedan cuatro meses.

Cuatro meses.

Acaricio mi vientre apenas abultado. Cinco años de matrimonio con Diego. Ocho procedimientos de fertilización in vitro. Cada inyección, cada espera agonizante en la sala de resultados, cada negativa que me devolvía a casa con los ojos secos y las manos vacías. Y ahora, cuando por fin lo logré, cuando por fin hay una vida creciendo dentro de mí, mi cuerpo decide rendirse.

—Quiero conservar al bebé —digo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. No voy a interrumpir el embarazo.

El médico me mira con lástima. Esa clase de lástima profesional que se aprende en la facultad de medicina, la que dice «respeto su decisión» mientras piensa «está firmando su sentencia». Asiente. No insiste.

Salgo al pasillo con el informe arrugado en la mano y marco el número de Diego. Suena una vez. Dos. Cinco. Diez. El pasillo del hospital se alarga bajo las luces fluorescentes. Una enfermera pasa empujando una silla de ruedas. Un niño llora en algún consultorio cercano.

Estoy a punto de colgar cuando la llamada conecta.

La voz que escucho no es la de Diego.

Es una risa. Femenina. Ligera. Familiar.

—Diego, tu esposa hizo ocho intentos de fertilización, creyendo que el bebé era suyo. Imagina su cara cuando descubra que el embrión es nuestro.

El aire se me congela en los pulmones.

—Ya lo acordamos —responde Diego, y su voz suena relajada, casi divertida—. Cuando nazca el niño, la sacamos de la casa. Tú eres mi verdadera esposa. Ella siempre fue un medio para un fin.

—Cinco años sin tocarla. Ni una sola vez.

Diego suelta una risa baja.

—Así es. La posición de esposa del heredero Estrada siempre fue tuya. Ella es una impostora que me sirvió de fachada. Nada más.

Reconozco la voz de la mujer. Cada inflexión, cada matiz dulce y calculado.

Camila. Mi hermana adoptiva. La niña que mis padres acogieron después del accidente. La que creció bajo mi mismo techo, comió en mi misma mesa, me llamaba «hermana» con esa sonrisa que nunca le llegaba a los ojos.

La llamada se corta. No sé si fui yo o si ellos colgaron.

Me quedo inmóvil en el pasillo del hospital. Las enfermeras pasan a mi lado. Los fluorescentes zumban sobre mi cabeza. Alguien arrastra una camilla. El mundo sigue funcionando con su ruido indiferente.

Pero yo acabo de entender que los últimos cinco años de mi vida fueron una mentira.

Diego nunca me tocó. Las noches que yo convertí en recuerdos de intimidad fueron una puesta en escena: entraba en la habitación a oscuras después de cada procedimiento, esperaba a que los sedantes hicieran efecto y se marchaba. No hacía falta nada más. El embrión ya había sido implantado por la clínica y pertenecía a Diego y a Camila. Yo confundí su presencia calculada con cercanía porque necesitaba creer que mi matrimonio era real.

Mi matrimonio. Mi embarazo. Mi sacrificio. Todo fue un engaño diseñado para extraer de mí lo único que Camila no podía dar: un hijo.

Camino sin rumbo. Un pie delante del otro. El pasillo se alarga como un túnel. Llego al vestíbulo del hospital, empujo la puerta de cristal, y el aire frío de la calle me golpea la cara.

Las aceras se confunden. Los semáforos cambian de color y yo los ignoro. Mi mente es un remolino de imágenes que no puedo detener: Diego sirviéndome el desayuno con esa sonrisa ensayada. Camila abrazándome en Navidad, susurrando «hermana» contra mi hombro mientras por dentro contaba los días para quitarme todo. Los anillos de pareja que vi en la subasta benéfica, valuados en una fortuna, que le rogué a Diego durante semanas y se negó a comprarme. Semanas después, los vi en la mano de Camila.

Nunca pregunté. Nunca cuestioné nada. Porque lo amaba con esa clase de amor ciego que convierte las señales de alarma en detalles sin importancia.

Cinco años de ceguera voluntaria.

Una luz blanca me ciega.

El chirrido de los frenos llega demasiado tarde. El impacto me levanta del suelo y el mundo gira. Asfalto. Cielo. Asfalto otra vez. El golpe contra el pavimento me vacía los pulmones.

Caigo.

La sangre se extiende bajo mi cuerpo como una mancha de tinta roja. El dolor es tan absoluto que deja de ser dolor y se convierte en otra cosa. En silencio. En la certeza helada de que todo terminó.

Antes de que mis ojos se cierren, veo una silueta que corre hacia mí. Un hombre alto, con el uniforme azul marino del Cuerpo de Bomberos. Sus pasos resuenan contra el pavimento. Se acerca. Casi puedo distinguir su rostro. Una mandíbula marcada. Un cuerpo que se mueve con urgencia controlada.

Pero la oscuridad llega primero.

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—Estas dos mujeres son tuyas, ¿verdad? Tengo curiosidad por saber cuál eliges.

La voz es áspera. Amenazante. Viene de algún lugar por encima de mi cabeza.

Abro los ojos.

Mi cuerpo recuerda el dolor del camión. Cada hueso, cada nervio, grita con la memoria de un impacto que ya no existe. Pero estoy entera. No hay sangre. No hay asfalto. No hay luces de hospital.

Un hombre con un cuchillo me mira desde arriba. Su cara es la de un desesperado. Un secuestrador. Un hombre al borde que ya no tiene nada que perder.

A mi izquierda, atada con las mismas cuerdas que yo, está Camila. Más joven. Con la cara de hace cinco años. Sin maquillaje, sin artificio, con los ojos abiertos de terror genuino.

Y más allá de la línea policial, entre la multitud y las sirenas, está Diego.

Joven. Con el rostro que tenía hace cinco años. Los ojos llenos de una preocupación que no está dirigida a mí.

Lo entiendo todo de golpe. El aire entra en mis pulmones como una cuchillada.

He vuelto. Al día del secuestro. Al momento exacto en que un criminal nos tomó a Camila y a mí como rehenes y obligó a Diego a elegir.

En mi vida anterior, Diego me eligió a mí. El secuestrador apuñaló a Camila en represalia. Ella sobrevivió, pero perdió la capacidad de concebir. Y esa herida se convirtió en el pretexto que Diego y mis hermanos usaron para convertirme en su incubadora durante cinco años.

Esta vez, Diego mira directamente a Camila. Sus ojos ni siquiera me rozan.

—Elijo a Camila —dice, y su voz corta el aire sin una sola vacilación—. Tengo el rescate completo aquí. Un intercambio limpio. Si la tocas, te juro que no sales vivo.

Diego también renació. Lo sé con la misma certeza con la que sé mi nombre. En nuestra primera vida, eligió salvarme por obligación y se arrepintió cada día durante cinco años. Esta vez, con el conocimiento del futuro, corrige su error sin pestañear.

Me descarta.

Camila llora. Diego tiembla por ella. Los policías negocian. Nadie me mira.

El secuestrador suelta una carcajada y presiona el cuchillo contra mi cuello. Una línea de fuego me cruza la piel. Siento la sangre caliente bajando por mi clavícula.

—Le puse una bomba a esta —dice, señalándome con la cabeza—. Si no me dejan ir, revienta.

Diego ya tiene a Camila entre sus brazos. La aprieta contra su pecho. Se la lleva corriendo sin mirar atrás. Camila se desmaya del miedo. Diego la carga como si fuera lo más valioso del mundo.

Y yo me quedo sola, con un cuchillo en el cuello y una bomba en el pecho.

Cierro los ojos. Las lágrimas caen calientes sobre mis mejillas. Espero la explosión.

Un disparo.

La sangre del secuestrador me salpica la cara. Su cuerpo se desploma. El cuchillo raspa mi cuello al caer y rebota contra el pavimento.

Antes de que pueda procesar lo que ocurre, un agente del equipo antiexplosivos se arrodilla frente a mí y aísla el circuito visible del detonador. A su lado, otro par de manos firmes me sostiene los hombros para que no me mueva. Manos grandes, con cicatrices de quemaduras que cruzan los nudillos. El olor a jabón neutro y a humo atrapado en el equipo de intervención.

Cuando el agente da la señal, esas manos cortan las correas y separan el artefacto de mi cuerpo. El dispositivo queda en el suelo, lejos de mi pecho. El especialista ordena la retirada y se repliega detrás de su escudo.

Los mismos brazos me levantan. Me sostienen contra un pecho amplio. Un corazón que late con la calma de alguien que hace esto porque es lo que es: un hombre que entra donde todos salen corriendo.

Intento ver su cara. Solo alcanzo a distinguir el perfil de una mandíbula marcada, el cuello de una chaqueta estructural con bandas reflectantes y el emblema del Cuerpo de Bomberos que no alcanzo a leer.

La explosión llega un segundo después. El hombre me cubre con su cuerpo. El calor me envuelve. El rugido me ensordece. Algo me protege de la onda expansiva: sus brazos, cerrados sobre mí como un escudo.

Y después, nada.

Pierdo el conocimiento con una certeza ardiendo en el pecho: Diego me eligió a mí la primera vez y me destruyó durante cinco años. Esta vez me descartó sin pestañear.

Y el hombre que me carga entre sus brazos, el que me arrancó del alcance del artefacto y puso su cuerpo entre la explosión y el mío, es alguien que no conozco.

Pero ya me ha salvado la vida dos veces.

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