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Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Demasiado tarde, Alfa, tu exesposa regresó

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Hombre lobo / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Aria Winters

Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.

Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.

Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.

Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.

¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?

NovelToon tiene autorización de Aria Winters para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18

—Lárgate. Solo lárgate. Déjame en paz. No eres más que un abusivo, un egoísta obsesionado con controlar a la gente y que no deja que los demás sean ellos mismos. Eres un cabrón y un idiota. Así que ¿por qué no te vas a la chingada y me dejas en paz? Porque yo no soy tu jueguito. No voy a hacer lo que tú digas. Así que vete.

—Basta, Matteo. No está pensando con claridad.

—No te metas, Aurora —dijo mientras avanzaba hacia ella. Se inclinó sobre su cara, con los labios casi rozándose—. Pues no sonabas así cuando te quitaste la tanga y querías que te cogiera hasta dejarte sin sentido en el asiento de atrás de mi coche. No sonabas así, Jess. De hecho, tú eras la que me rogaba que te cogiera. ¿Te acuerdas? Prácticamente gritabas mi nombre.

—Aléjate de mí —susurró, pero el temblor en su voz bastó para que yo supiera que tenía miedo.

—¿Qué vas a hacer, princesa? ¿Defenderte o rogar por más?

Decidí que ya había oído suficiente, lo agarré del brazo y lo aparté de ella.

—Ya basta, Matteo. Suéltala. Vete. Solo la estás incomodando. Aquí no ayudas a nadie. Vete.

—Está bien.

»Y la próxima vez, antes de vestirse como adultas irresponsables para ir a un antro, no se les olvide que hay un niño cuya identidad están tratando de ocultar. Un error y Alexander habría insistido en llevarlas. A lo mejor la próxima no tienen tanta suerte.

Lo vi alejarse y suspiré.

Tenía razón.

No debí emborracharme tanto, debí tener más cuidado.

Fui una tonta y una pésima madre.

Noah era todo lo que tenía, y debí protegerlo.

—Perdóname, Rory. No eres mala madre. Fue mi culpa. No debí presionarte para que fuéramos. Debí...

—No hiciste nada malo, Jess. Yo acepté. No pasa nada. Todo está bien.

—No, no está bien. Porque la única razón por la que regresó fue yo. Está enojado y furioso por mi culpa. Es un cabrón, así que no dejes que sus palabras te afecten. Es un arrogante que no tiene sentimientos.

La abracé y le froté la espalda.

—No eres mala persona, Jess. No dejes que sus palabras te afecten. No eres una puta, y no dejes que él te convenza de lo contrario. Eres hermosa y perfecta. ¿Sí?

Asintió y yo sonreí.

—Por lo menos nos dejó el desayuno hecho antes de irse.

—Ay, Dios mío. Lo odio. La única razón por la que me voy a comer su desayuno es que tengo hambre y no sé cocinar.

Me reí y negué con la cabeza.

Era terca y, sin duda, una luchadora.

Solo esperaba que no se perdiera a sí misma y terminara lastimada.

Porque si eso pasaba, caería en las manos del diablo.

El lunes llegó más rápido de lo que esperaba y tocaba volver al trabajo. Dejé a Noah en la escuela y fui al hospital. Apenas entré, me cayeron encima montones de cirugías, pacientes y papeleo.

No tenía tiempo ni de respirar y no sabía cómo seguía de pie.

Mi turno estuvo pesado y el día entero pasó volando. Ese era el precio por ser conocida como la mejor doctora del mundo.

Había veces que lo odiaba y veces que lo amaba. Lo mejor siempre era la descarga de adrenalina en el quirófano, arreglando a alguien.

Esa era mi pasión, y el momento en que más viva me sentía. Mi trabajo me mantenía cuerda y era lo único que tenía, además de mi hijo. Aunque pudiera ser agotador, me alegraba ganar buen dinero haciendo lo que amaba.

Ya se había cumplido oficialmente un mes desde que empecé a trabajar, y esa misma mañana me habían transferido ochenta mil dólares a la cuenta.

Mi sueldo.

De ganar veinte mil al mes en Boston y pensar que era más que suficiente, a esto. A lo mejor volver aquí no estaba tan mal, pero donde estuviera Alexander nunca era un buen lugar.

Salí de una cirugía exitosa, ya cansada.

—¡Le dispararon al Alfa! ¡Necesitamos un doctor ya! —Un hombre al que reconocí como uno de los guardias de Alexander entró corriendo al pasillo con un cuerpo inconsciente en brazos.

—¡Por aquí! —grité, y vino de inmediato.

—¿Qué pasó? —pregunté mientras corría hacia urgencias y acostaban el cuerpo en una camilla.

Alexander estaba medio muerto, con varios agujeros de bala y heridas de arma blanca.

Estaba hecho un desastre, carajo.

Me subió la bilis a la garganta mientras el corazón se me paralizaba de pánico. En mis cuatro años como doctora, esa era la peor condición en que había visto a un paciente.

—Nos atacaron unos hombres desconocidos y no sabemos qué pasó. Pero tenían francotiradores, y las balas estaban impregnadas de veneno y plata. Necesita un antídoto. Haga lo que pueda, doctora Bennett.

Asentí y me puse a trabajar, con la mente llena de preguntas y miedos.

¿En qué se había metido Alexander, y por qué demonios estaba a punto de llorar al verlo así?

¿Por qué me dolía verlo sufrir tanto, y por qué el corazón me dolía cada vez que pensaba en la posibilidad de que muriera?

Se suponía que no significaba nada para mí, pero sí significaba.

Era mi jefe, y el padre de mi hijo.

Pero esto era más.

Quizá porque era empática. Quizá porque, sin importar lo que este hombre me hizo, no le deseaba la muerte. Quizá porque mi odio no era tan profundo como creía, no era tan profundo como quería que fuera.

O quizá solo necesitaba hacer lo que fuera para salvar al Alfa. Era mi deber. No tenía que poner emociones en esto.

—¡Pónganme un suero intravenoso, ya! —grité mientras lo llevaban en camilla al quirófano.

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