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El Peso De Las Sombras

El Peso De Las Sombras

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Romance de oficina
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.

Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20: LA EMBOSCADA EN LA CARRETERA

Elena contuvo el aliento con el pecho oprimido por la angustia, presionó el botón verde con el dedo tembloroso y colocó el dispositivo en modo altavoz justo sobre la superficie desgastada y rugosa de la mesa de madera. El leve golpe del teléfono resonó como un eco funesto en la quietud de la pequeña estancia, envuelta en un aire pesado cargado de humedad, moho y la madera vieja de la olvidada estructura.

—¿Elena? —resonó de inmediato la voz inconfundible del detective Gabriel Prado al otro lado de la línea, envuelta en una densa estática y matizada por un tono de contención peligrosamente tranquilo y calculador—. Sé perfectamente que estás acompañada por Damián. Los oficiales de seguimiento perimetral perdieron el rastro de su vehículo a la salida del Palacio de Justicia, pero la baliza de rastreo secundario del sedán acaba de activarse de nuevo en el sector del embalse.

Damián reaccionó al instante. Sus ojos, fijos en la pantalla del teléfono, se abrieron con un pánico helado que duró un segundo antes de transformarse en pura adrenalina. Le hizo un gesto rápido, firme y tajante a Elena para que mantuviera la compostura y no revelara el temblor de sus emociones ni el ritmo desbocado de su respiración.

—Inspector... estoy bien —articuló Elena, esforzándose por tragar saliva y modulando la voz con una calma ensayada que apenas lograba enmascarar su pulso acelerado—. Solo necesitaba un poco de aire fresco tras la sofocante audiencia de fianza. El ambiente en los juzgados era insoportable.

—Estás en violación directa e imperdonable de las medidas cautelares, Elena —interrumpió Gabriel bruscamente, omitiendo cualquier intento de amabilidad superficial, mientras el bramido rugiente de un motor acelerando a fondo se filtraba con claridad a través del altavoz del teléfono—. Damián es el principal sospechoso de haber colocado el arma homicida en su propia finca para inculparte a ti y cobrar el millonario seguro corporativo. Sal de esa casa inmediatamente. Estoy a menos de tres kilómetros de tu posición exacta y no voy a dudar.

La comunicación se cortó de forma abrupta, dejando un tono sordo que retumbó en la penumbra de la habitación como una sentencia inminente.

—¡Nos encontraron! ¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo! —exclamó Damián con urgencia contenida. La calma fría que lo caracterizaba se fracturó por completo mientras recogía desesperadamente los libros contables, las hojas sueltas de transferencias internacionales y las copias de los extractos bancarios del compartimento secreto tras el falso marco del armario, guardándolos a toda prisa en el bolsillo interior de su gruesa chaqueta de cuero.

Ambos corrieron hacia la puerta trasera de la vieja cabaña, tropezando con las herramientas abandonadas y las tablas rotas que cubrían el suelo. Pero antes de que pudieran dar diez pasos hacia la libertad que prometía la espesura del bosque, el sonido estridente de neumáticos derrapando violentamente sobre la grava de la carretera secundaria resonó a lo largo del estrecho callejón de pinos. Un vehículo oscuro irrumpió con agresividad a través de la densa vegetación, cruzándose en el camino con una maniobra brusca y perfecta para bloquear por completo la salida del sedán de Damián.

Gabriel Prado descendió del coche sin su habitual gabardina beige, vistiendo únicamente su chaleco táctico de la policía con la insignia metálica reluciente bajo el sol moribundo del atardecer. Sostenía su arma reglamentaria desenfundada en la mano derecha, mantenida con una firmeza impecable. Apenas unos segundos después, dos patrullas adicionales aparcaron en abanico a sus espaldas, levantando una nube espesa de polvo y proyectando un parpadeo frenético de luces rojas y azules que tiñó de sombras siniestras y distorsionadas las paredes de madera del antiguo taller abandonado.

—¡Damián Valdés! ¡Ponga las manos sobre el capó del vehículo donde pueda verlas de inmediato! —ordenó Gabriel con voz atronadora a través del altavoz de la patrulla principal, con el eco rebotando en los troncos de los árboles circundantes.

Damián no obedeció la orden. Con una determinación absoluta y desesperada, se colocó físicamente delante de Elena, cubriéndola por completo con su propio cuerpo mientras sacaba muy despacio las manos de los bolsillos de su chaqueta para mostrar, con la calma tensa de quien no tiene nada más que perder, que estaba desarmado.

—¡Prado! ¡Sabemos con certeza lo de la cuenta corriente en Suiza y el chantaje sistemático al que sometías a mi hermano antes de su muerte! —gritó Damián, dando un paso firme e intimidante al frente con la mirada encendida de una rabia contenida por años de sospechas y mentiras—. ¡Tu placa oficial no te va a salvar cuando le entreguemos estos registros contables e informes bancarios a la fiscalía general del Estado! ¡Se acabó el juego, Gabriel!

Gabriel no parpadeó ni un solo segundo. La sombra de los destellos policiales iluminaba de forma intermitente su rostro esculpido en tensión. Con la mandíbula apretada y la mirada fija, dio tres pasos firmes y pausados hacia ellos sobre la grava crujiente, manteniendo el cañón de su arma apuntado directamente al centro del pecho de Damián.

—Entregue esos documentos inmediatamente, señor Valdés —dijo Gabriel con una frialdad glacial que ponía los pelos de punta y paralizaba el aire a su alrededor—. O quedará abatido en este mismo instante por resistencia armada a la autoridad y amenaza directa a la seguridad de los oficiales.

Elena sintió que el tiempo y el mundo se detuvieron por completo a su alrededor. El viento pareció cesar en la arboleda y el único sonido audible era el zumbido distante de la sirena y los latidos desbocados retumbando en sus propios oídos. La tensión entre los dos hombres había alcanzado un punto de no retorno definitivo: Gabriel estaba dispuesto a apretar el gatillo y fabricar una versión oficial conveniente para proteger su oscuro secreto a cualquier precio, y Damián parecía dispuesto a entregar la vida con tal de no dar un paso atrás y desmantelar, de una vez por todas, la trampa letal que los atenazaba a ambos.

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