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PACTO DE PIEL Y SANGRE

PACTO DE PIEL Y SANGRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Venganza
Popularitas:427
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.

Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.

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Muelle 4B

Aquí tienes la versión editada y pulida de tu capítulo. Se han corregido minuciosamente los detalles de puntuación y ortografía (ajustando la norma del guión largo — para las acotaciones del narrador y los diálogos según la RAE), enriqueciendo el ritmo, la tensión del suspenso y la atmósfera de acción en el puerto de Incheon.

El aire fresco de la costa de Incheon me golpeó el rostro apenas puse un pie fuera del taxi, sacudiéndome por completo los últimos rastros de letargo que me había dejado la intensa madrugada en el hotel con Damián. El paisaje marítimo era imponente: el horizonte se fundía con un cielo grisáceo, el murmullo constante de las olas rompiendo contra los muelles y el bullicio lejano de los puestos de mariscos creaban una atmósfera vibrante y, al mismo tiempo, aislada del frenesí cibernético de Seúl.

Metí las manos en los bolsillos de mi abrigo largo, ajustándome la bufanda mientras caminaba por el paseo marítimo con pasos deliberados, aparentando ser la turista perfecta que disfruta de una mañana de compras. Mis ojos recorrían los escaparates de diseño, las boutiques artesanales y los cafés minimalistas. Todo lucía impecable, demasiado pacífico en apariencia, pero mi mente trabajaba a mil por hora.

La nota que le había dejado a Damián en la mesita de noche había sido una obra maestra de manipulación y coqueteo casual. La llamada que recibí de él apenas una hora después confirmó que había mordido el anzuelo por completo. Su tono ronco de recién despertado, mezclado con incredulidad y diversión contenida, aún resonaba en mi memoria.

—¿Así que te escapaste para ir de compras y buscar chicos guapos, reina? —me había reprochado con voz perezosa al otro lado de la línea.

—Exacto, Damián —le había respondido con una risita cínica mientras fingía mirar escaparates de joyería fina—. Tu porte de socio corporativo y esa cara de pocos amigos cuando inspeccionas un negocio solo sirven para ahuyentar a cualquiera que se atreva a mirarme dos veces. Necesito aire libre y un poco de paz que no huela a contratos multimillonarios.

—Ten cuidado con lo que buscas, Natalia, no vaya a ser que encuentres algo que no sepas manejar —me advirtió con esa media sonrisa socarrona que podía imaginarme a través del auricular, antes de colgar con la promesa de vernos más tarde.

Por supuesto, la excusa de los chicos guapos no era más que una fachada bien ensayada. La verdadera razón por la cual había dejado a Damián durmiendo en la habitación del piso dieciocho era la misteriosa dirección digital que había logrado desencriptar la noche antes de viajar: un viejo almacén portuario vinculado a una red de importaciones fantasma, el mismo eslabón perdido que conectaba el pasado empresarial de mis padres con las amenazas anónimas.

Caminé con cautela, alejándome de la zona comercial y adentrándome en los muelles secundarios donde las grúas industriales y los contenedores de carga se apilaban como bloques gigantes de colores desvaídos. Saqué el teléfono para revisar las coordenadas exactas que me había mandado el informante anónimo: sector de bodegas 4B.

El ambiente allí era completamente diferente. El olor a salitre se mezclaba con aceite de motor y metal oxidado. Había pocos trabajadores a esa hora, lo que me permitía moverme con relativa discreción, utilizando los enormes contenedores como escudos naturales.

Me detuve frente a una puerta metálica de servicio, desgastada por la humedad y con un candado pesado. Fruncí el ceño, sacando de mi bolso una pequeña herramienta multiusos. Estaba evaluando si valía la pena intentar forzar la cerradura cuando, de repente, el teléfono en mi mano vibró con fuerza, rompiendo el silencio metálico del muelle.

Miré la pantalla esperando ver otro mensaje burlón de Damián. Pero no. Era un mensaje privado que hizo que el pulso se me acelerara de golpe.

Abrí el chat con los dedos helados, sintiendo una punzada de sorpresa. El mensaje era breve y directo:

«Seúl te queda muy grande para andar jugando a la espía. Vuelve antes de que tu hermano desaparezca del mapa o te buscaré yo mismo».

Me quedé congelada frente a la pantalla, leyendo las palabras mientras el corazón me latía con fuerza desbocada. ¿Cómo diablos se había enterado de que estaba en Seúl? Ni Noah, ni Laila, ni siquiera Fabián sabían el destino exacto de mi viaje. A menos que su red de contactos y su manía por vigilar cada uno de mis movimientos fuera mucho más profunda de lo que imaginaba.

Una mezcla de rabia y adrenalina pura me recorrió las venas. Escribí una respuesta rápida, con los dedos temblando por el coraje:

«Ocúpate de tus propios asuntos, maldito acosador. Te voy a encontrar y te voy a hacer pagar, es cuestión de tiempo».

Envié el mensaje y guardé el teléfono con brusquedad en el bolsillo, sacudiendo la cabeza para despejar la mente. No iba a permitir que la intromisión de aquel sujeto me desviara del objetivo. Estaba a pocos metros de descubrir la verdad sobre el pasado de mis padres y ninguna amenaza iba a detenerme.

El metal oxidado del candado se sentía frío y áspero bajo mis dedos mientras ajustaba la herramienta con precisión. Alrededor, el silencio del almacén solo era interrumpido por el eco lejano de las olas y el sordo crujir de las grúas industriales. Mis manos no temblaban, pero la adrenalina me recorría las venas. Sabía perfectamente que estaba jugando en territorio ajeno.

Forzar cerraduras no era precisamente una habilidad propia de la alta sociedad, pero la urgencia por descubrir qué relación existía entre el pasado de mis padres y este rincón de Corea del Sur me había obligado a aprender más de un truco poco ortodoxo.

Giré el pestillo interno con un chasquido seco. El mecanismo cedió de inmediato, liberando el pesado cerrojo.

Empujé la puerta con cautela, lo suficiente para deslizarme hacia el interior en penumbra. El aire olía a humedad, combustible reseco y cartón viejo. Filas interminables de estanterías industriales y contenedores sellados se alzaban como monolitos silenciosos bajo los delgados haces de luz que se filtraban por los cristales sucios del techo.

Caminé con paso firme y silencioso hacia el fondo del recinto, guiada por las coordenadas exactas. Al fondo, una pequeña oficina prefabricada con paredes de cristal polarizado y aluminio se alzaba sobre una plataforma elevada, funcionando como el cerebro administrativo de aquel depósito fantasma.

Me acerqué a la puerta; estaba entreabierta, con un resquicio de luz tenue parpadeando desde el interior. Di un paso al frente dispuesta a entrar y revisar la computadora de escritorio que se vislumbraba sobre los papeles desordenados, pero un crujido metálico y seco resonó a mis espaldas, justo en la entrada principal.

—Vaya, vaya... Conque la pequeña Natalia Prescott resultó ser toda una investigadora privada de pacotilla —resonó una voz desconocida, áspera y cargada de una burla helada que me congeló la sangre.

El corazón se me detuvo un segundo antes de dispararse a mil por hora. Me giré bruscamente hacia el umbral, apagando la linterna de un golpe para fundirme con la oscuridad, mientras mis dedos buscaban instintivamente cualquier objeto pesado sobre el escritorio para defenderme. La trampa se había cerrado.

El sonido seco y ensordecedor de un disparo rompió la tensión del almacén antes de que pudiera lanzarme. El fogonazo iluminó brevemente la penumbra, y el sujeto que me acechaba se desplomó pesadamente sobre el suelo de concreto, sin tiempo a emitir un solo grito.

Con el corazón desbocado y las manos temblando, saqué el celular con velocidad y encendí la linterna. El haz de luz cortó el polvo del ambiente, revelando una escena escalofriante: frente al cuerpo inmóvil de mi agresor estaba parado un hombre vestido completamente de negro, con una capucha profunda que ocultaba sus facciones y el arma humeante aún en su mano.

Retrocedí un paso, conteniendo el aliento, lista para lo peor. Sin embargo, el encapuchado no hizo ademán de apuntarme. En su lugar, giró lentamente el rostro hacia mí, asintió con un gesto seco y protector, y con una voz profunda me dijo directamente:

—Vete rápido de aquí antes de que lleguen los otros.

Aterrorizada pero impactada por la situación, alcé la mirada y lo único en lo que pude fijarme fue en sus intensos ojos azules, fijos y terriblemente familiares, antes de que desapareciera hacia la salida trasera del muelle con la misma rapidez con la que había aparecido.

Apretando con fuerza los archivos confidenciales que había alcanzado a tomar del escritorio, no lo dudé ni un segundo más. Di media vuelta y corrí hacia la oscuridad del puerto, sabiendo que el peligro apenas comenzaba, pero con una nueva y desconcertante pista latiendo en mi mente.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Paula Nuñez: ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! Me alegra un montón que te esté gustando la historia. Si te atrapó, te invito a pasar por mi perfil para que le eches un vistazo a mis otras novelas. ¡Seguro que también te van a encantar! ❤️✨
total 1 replies
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