Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 9: LO QUE YANO PUEDEN NEGAR
Valentina llegó a Grupo Blackwood con una decisión tomada.
Necesitaba hablar con Maximiliano.
No podía seguir fingiendo que todo estaba igual.
Después de lo ocurrido la noche anterior, había pasado horas pensando en él.
En su confesión.
En la manera en que la había mirado.
Y, sobre todo, en lo que ella había sentido al escucharlo.
No estaba enamorada.
Todavía no.
Pero tampoco podía decir que Maximiliano Blackwood le era indiferente.
Y eso la asustaba.
Respiró profundamente antes de entrar en su oficina.
—¿Puedo pasar?
Maximiliano levantó la mirada.
—Te estaba esperando.
Valentina cerró la puerta.
—Necesito hablar contigo.
Él dejó el teléfono sobre el escritorio.
—Dime.
Ella permaneció de pie.
—Ayer recibí una invitación.
Maximiliano se tensó.
—¿De Tomás?
—Sí.
Hubo un silencio.
—¿Y qué le dijiste?
Valentina lo miró directamente.
—Que necesitaba pensarlo.
Maximiliano asintió lentamente.
—Entiendo.
Pero ella sabía que no estaba tranquilo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—¿Qué quieres que diga?
—No lo sé.
Él se levantó.
—Valentina, tú no tienes que explicarme con quién sales.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero quiero hacerlo.
Maximiliano se quedó quieto.
Ella respiró profundamente.
—No acepté la invitación.
Él la miró fijamente.
—¿Por qué?
Valentina bajó la mirada.
—Porque no quería.
—¿No querías salir con él?
—No.
Maximiliano sintió una oleada de alivio.
Pero no quiso demostrarlo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Valentina levantó los ojos.
—Mucho.
El silencio entre ambos se volvió intenso.
Maximiliano dio un paso hacia ella.
—Explícame.
—Desde aquella noche no dejo de pensar en lo que me dijiste.
—Yo tampoco.
Valentina sintió un escalofrío.
—Y no sé qué está pasando.
—Yo sí.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué está pasando?
Maximiliano sostuvo su mirada.
—Me estoy enamorando de ti.
El corazón de Valentina pareció detenerse.
—Maximiliano…
—No tienes que responder.
—Pero…
—Déjame terminar.
Se acercó un poco más.
—Sé que soy tu jefe. Sé que esto complica las cosas. Y precisamente por eso no quiero presionarte.
Valentina tragó saliva.
—¿Desde cuándo?
Él sonrió ligeramente.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Quizá desde la primera vez que entraste en mi oficina.
Ella abrió los ojos.
—¿Desde el primer día?
—Desde el primer día.
Valentina soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso es imposible.
—Para mí también lo era.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Esta vez ninguno retrocedió.
---
Un golpe en la puerta rompió el momento.
—Señor Blackwood, disculpe.
Era Laura.
Maximiliano se apartó.
—¿Qué sucede?
—Los representantes de la empresa extranjera ya llegaron.
—Diles que voy enseguida.
Laura se retiró.
Valentina tomó aire.
—Tengo que trabajar.
—Sí.
Ella caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Maximiliano.
—¿Sí?
—Yo tampoco sé exactamente qué me está pasando.
Él la miró.
—Pero…
Ella dudó.
—Ya no puedo decir que eres solamente mi jefe.
Y salió.
Maximiliano permaneció inmóvil.
Aquellas palabras fueron suficientes para cambiarle el día.
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Horas después, una reunión importante comenzó en una de las salas privadas.
Valentina tomó notas mientras Maximiliano dirigía la negociación.
Todo parecía normal.
Hasta que uno de los empresarios, un hombre llamado Nicolás, comenzó a dirigirse directamente a ella.
—Señorita Valentina, ¿usted trabaja directamente con el señor Blackwood?
—Sí.
—Debe ser difícil trabajar con un hombre tan exigente.
Ella sonrió.
—A veces.
Nicolás soltó una risa.
—Entonces quizá debería invitarla a tomar algo para compensarlo.
Maximiliano levantó lentamente la mirada.
—Nicolás.
El tono fue suficiente para detener la conversación.
—¿Sí?
—Estamos en una reunión de negocios.
—Claro.
Valentina intentó continuar tomando notas.
Pero entonces Nicolás se inclinó hacia ella.
—Aunque una copa después del trabajo no sería precisamente un negocio.
Valentina abrió la boca para responder.
No alcanzó.
Maximiliano se puso de pie.
—La reunión terminó.
Todos quedaron sorprendidos.
—Pero todavía no hemos terminado de revisar…
—Continuaremos mañana.
Su tono no admitía discusión.
Los empresarios comenzaron a recoger sus documentos.
Cuando todos salieron, Valentina cerró la puerta.
—¿Qué fue eso?
Maximiliano estaba junto a la ventana.
—No me gustó la forma en que te habló.
—No puedes terminar una reunión cada vez que alguien coquetea conmigo.
Él se giró.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Maximiliano caminó hacia ella.
—Porque me puse celoso.
Valentina cruzó los brazos.
—Eso ya lo sé.
—No.
Se detuvo frente a ella.
—No sabes cuánto.
La intensidad de su mirada hizo que Valentina dejara de respirar durante un instante.
—Maximiliano…
—Estoy intentando controlarlo.
—¿Y si no puedes?
Él guardó silencio.
Valentina sintió que el espacio entre ellos se hacía cada vez más pequeño.
—Entonces tendrás que aprender —susurró ella.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿También estás intentando controlarlo?
Ella no respondió.
Porque la respuesta estaba en sus ojos.
---
Maximiliano levantó una mano lentamente y apartó un mechón de cabello que había caído sobre el rostro de Valentina.
El contacto fue breve.
Pero suficiente para estremecerla.
—Dime que me aleje —susurró.
Valentina lo miró.
Podía hacerlo.
Solo tenía que decirlo.
Pero no lo hizo.
Maximiliano acercó el rostro al suyo.
Quedaron a centímetros.
El corazón de Valentina latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo.
Y justo cuando parecía que la distancia iba a desaparecer…
Valentina retrocedió.
Ambos respiraron profundamente.
—Todavía no —dijo ella.
Maximiliano cerró los ojos un instante.
Luego asintió.
—Está bien.
No había enojo en su voz.
Solo deseo contenido.
Valentina caminó hacia la puerta.
Antes de salir, lo miró una última vez.
—Pero no te confundas.
Él arqueó una ceja.
—¿Con qué?
Ella sonrió.
—Que haya dicho que todavía no… no significa que sea nunca.
Y salió.
Maximiliano se quedó solo en la sala.
Por primera vez en muchos años, un hombre acostumbrado a conseguirlo todo entendió que esperar también podía ser una forma de deseo.
Y mientras Valentina caminaba por el pasillo intentando recuperar la calma, una certeza comenzaba a instalarse en su corazón:
el hombre del que debía mantenerse alejada era precisamente el hombre al que empezaba a querer tener cada vez más cerca.