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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: Estoy abajo

—Que no te odio.

La voz se cortó. El audio terminó con un chasquido y el pasillo de Arcano volvió a ser un pasillo: luz ámbar, una pintura abstracta, el murmullo de los comensales del otro lado de la pared.

Leonardo se quedó con el celular pegado a la oreja.

Desde las 20:05 le había estado vibrando en el bolsillo del saco, a la mitad del plato fuerte, mientras uno de los inversionistas explicaba por qué el mercado de Monterrey todavía no estaba listo. Una vez. Otra. Otra.

A la sexta sacó el celular por debajo de la mesa y vio el nombre. A la décima se disculpó para ir al baño. No fue al baño. Se quedó en el pasillo, de espaldas a la pared, y los escuchó todos, uno detrás de otro, sin pausa, catorce.

¿Todo era por Emilio?

¿Lo planeaste desde la biblioteca?

Se dio cuenta de que tenía la mano izquierda apretada en un puño. La abrió. El corazón le golpeaba como después de un combate largo.

No estaba enojado con ella. Ni un poco. Lo que sentía era otra cosa, más fría, y tenía la cara de su hijo.

Se asomó al comedor y levantó dos dedos. Salcedo se disculpó con los inversionistas y salió al pasillo.

—Señor.

—Pregúntele a la asistente nueva de Emilio a qué hora salió hoy de la oficina. Y a dónde.

Salcedo no preguntó para qué. Marcó ahí mismo, de espaldas, con la voz de siempre. Leonardo miró la pintura abstracta sin verla. Cinco minutos después, Salcedo colgó.

—Salió a las cuatro, señor. Dijo que a la USI.

A la USI. Con su cara de buen muchacho y alguna frase aprendida en el camino. Leonardo no necesitó saber cuál. Los audios ya se la habían dicho.

Volvió a la mesa. Su copa de vino seguía llena; no la había tocado en toda la noche. Se quedó de pie junto a la silla.

—Señores, les pido una disculpa. Una emergencia familiar.

Los tres inversionistas se miraron. Uno tenía todavía el tenedor en el aire.

—Salcedo se queda con ustedes. Lo que acuerden, lo firmo mañana.

Había llegado manejando. A las 20:35 ya estaba en Periférico.

Higuera. Ella lo había dicho en uno de los audios, borracha, mintiendo, y él lo había oído antes en Tres Aguas, sobria, riéndose: arriba de una librería de viejo. En Coyoacán no podía haber tantas en la misma calle.

A las 21:15 encontró la librería. La Rendija, decía el letrero, a mano, sobre una cortina de metal ya cerrada. Arriba, las ventanas del dúplex estaban oscuras.

Junto a la puerta del edificio había un señor de suéter café y gorra, sentado en una silla de plástico con un radio chiquito en las piernas.

—Buenas noches. Busco a la doctora Oropeza.

El señor lo miró de arriba abajo: el traje, los zapatos, el carro estacionado enfrente.

—La maestra no ha llegado, señor.

—Gracias. La espero.

Se metió al carro. No prendió el radio. Dejó el celular en el tablero, con la pantalla hacia arriba, por si ella escribía algo más. No escribió.

Se quitó el reloj y lo dejó sobre la rodilla. Luego pensó que eso no tenía sentido, que no había nada que decidir, y se lo volvió a poner.

A las diez y media, alguien tocó el vidrio con los nudillos. Era el señor de la gorra, con un vaso de unicel humeante en la mano. Leonardo bajó la ventana.

—Hace frío pa' esperar. —Le pasó el vaso—. Tenga, es de olla.

—Muchas gracias, don…

—Rutilio. Don Ruti, pa' servirle.

—Gracias, don Ruti.

El café sabía a canela y a piloncillo. Leonardo se lo tomó despacio, con las dos manos alrededor del vaso, mirando la calle.

A las doce y cuarto, un carro compacto se detuvo frente a la librería. Se bajaron dos mujeres jóvenes, una de cada lado, abrieron la puerta de atrás y sacaron a Ximena entre las dos, con un brazo de ella en el hombro de cada una.

Iba descalza, con los zapatos en la mano de una de sus amigas. Se reía de algo. Luego dejó de reírse.

Leonardo puso la mano en la manija de la puerta. No la abrió.

Eran sus amigas. Ellas la habían cuidado toda la noche. No iba a bajarse a quitársela de los brazos como si le perteneciera.

Las vio subir. Vio encenderse una luz en el segundo piso. Diez minutos después, las dos amigas volvieron a bajar, hablaron un momento con don Ruti y se fueron.

A las 00:25, marcó.

Sonó cinco veces. Pensó que no iba a contestar.

—¿Qué quieres? —La voz arrastraba las letras.

—Soy yo. —Tragó saliva—. Estoy abajo.

Silencio. Luego un golpe, como de algo que se cae, y la llamada se cortó.

Dos minutos más tarde se abrió la puerta del edificio. Ximena estaba ahí, en calcetines, con una sudadera enorme y el pelo suelto, agarrada al marco. Lo vio, y en su cara pasó algo que no alcanzó a leer. Empujó la puerta para cerrarla.

Leonardo puso la mano en el marco.

—Estás tomada. —Lo dijo bajo—. No te voy a dejar sola así.

—¡No me toques! —Ella le empujó el pecho con las dos manos. Apenas lo movió—. ¿Qué soy para ti? ¿Una pieza? ¿Algo que vas moviendo? ¿Por qué te importa mi entrenamiento? ¿Por qué me pediste el número? ¿Por qué apareciste en mi cita?

Don Ruti, en su silla, subió el volumen del radio y se puso a mirar la calle.

Ximena dio media vuelta y empezó a subir la escalera. Leonardo entró detrás de ella y cerró la puerta. En el tercer escalón ella se tambaleó, se agarró del barandal, y de pronto se giró.

Le agarró la corbata con el puño y tiró.

Él no se resistió. Se dejó jalar hasta que quedó doblado, con la cara a la altura de la de ella, tan cerca que le olió el mezcal y el champú y algo más, algo de ella.

Tenía los ojos rojos y furiosos.

—¡No tienes derecho a hacerme esto! —Le temblaba la mano en la corbata—. ¡Yo no quiero a tu hijo! ¡No quiero a tu hijo inútil…!

Leonardo le rodeó la muñeca con la mano. No apretó. Solo la sostuvo ahí, contra su pecho.

—¿Te emborrachaste por mí?

Ella abrió la boca y no le salió nada.

Él levantó la otra mano y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. Estaba ardiendo.

—Cuando oí tus mensajes —dijo—, el corazón se me quería salir.

—Mentira. —Ella soltó la corbata de golpe, se sacudió su mano—. Mentira. No te creo nada.

Subió los escalones que faltaban sin mirarlo. Dejó la puerta del dúplex abierta.

Leonardo entró.

Era un departamento chico, lleno de libros hasta el techo, con un sillón gris y una cocina que cabía en un pasillo. Ella ya estaba tirada en el sillón, de lado, con un brazo colgando.

Fue a la cocina. Encontró la miel en la segunda alacena, junto a una lata de té de canela. Calentó agua en una olla, porque no vio tetera, y mezcló la miel con una cuchara hasta que se disolvió. Cuando volvió a la sala con el vaso, ella estaba dormida.

Se quitó el saco y se lo puso encima. Ella no se movió. Tenía los pies fríos.

La miró un momento. Luego dejó el vaso en el librero, metió un brazo bajo sus rodillas y el otro bajo su espalda, y la levantó. Pesaba poco. Nadie lo habría dicho viéndola barrerlo en el tatami.

Ella abrió los ojos a medias.

—No me toques…

—Vas a agarrar frío en el sillón.

—Te dije que no me toques.

—Te cuido porque lo vales.

Ximena se quedó quieta. No dijo nada más. Dejó caer la cabeza contra su hombro.

La acostó en la cama y la tapó hasta los hombros. Fue por el vaso, la ayudó a sentarse con una mano en la espalda y se lo acercó a la boca. Ella se tomó la mitad, tosió, se tomó el resto.

Luego él le acomodó la almohada y se sentó en la orilla de la cama.

Ella le buscó la mano sobre la colcha. La encontró. No la soltó.

Leonardo tampoco.

Estuvieron así un rato. Afuera pasó un carro, lejos. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba despacio, y él pensó que ya se había dormido, hasta que se le escapó una risa bajita, adormilada.

—No sabía que eras tan tierno.

Leonardo le miró la mano, chica y dura, con las marcas de las vendas todavía en los nudillos.

—Contigo es distinto —dijo—. Solo contigo.

Ella no contestó. Él esperó hasta que la mano se le aflojó por completo. Entonces se la puso sobre la colcha, con cuidado, y se levantó. Antes de apagar la luz le rozó la cara otra vez con el dorso de los dedos.

—Duérmete ya, tonta.

Apagó.

En la sala encontró una cobija delgada doblada en el brazo del sillón. Se quitó la corbata, arrugada y torcida donde ella la había agarrado, y la dejó sobre la mesa.

Se acostó en el sillón, que le quedaba corto por medio metro, con los pies colgando y la cobija hasta el pecho.

No pensó que fuera a dormir. Durmió.

Despertó antes de que amaneciera. Por la ventana, el cielo apenas empezaba a ponerse gris. Del cuarto no salía ningún ruido.

Se levantó sin hacer ruido y abrió el refrigerador. Dos piernas de pollo en una bolsa, media cebolla, una zanahoria, un pedazo de apio, un limón. Cilantro un poco cansado.

Leonardo se arremangó la camisa hasta los codos. Buscó la olla más grande que había en esa cocina de pasillo, la llenó de agua y la puso en la estufa.

Y ahí, de pie en la cocina de Ximena, con la luz todavía apagada, empezó a hacer el caldo de pollo que le había enseñado Nana Chabela.

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