Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Por tu mamá
Seis de la mañana. Arriba, ella seguía dormida.
Adrián rompió el cuarto huevo contra la orilla del sartén y lo vio caer junto al jitomate y la cebolla. Huevos a la mexicana. Era lo único que sabía cocinar sin receta, y lo sabía porque su abuela se lo había enseñado a los doce años, un domingo en que no había nadie más en la casa.
Sirvió dos platos. Subió con uno.
Ella no despertó. Estaba hecha bolita en la orilla de la cama, del lado de la ventana, con una mano debajo de la mejilla y la boca un poco abierta. Tenía una marca roja en la frente, de la costura de la almohada. Adrián dejó el plato en el buró, lo miró enfriarse medio minuto y se lo volvió a llevar a la cocina. Lo tapó con otro plato. Se comió el suyo de pie, junto a la estufa, en cuatro bocados.
Luego regresó por el celular de ella. Estaba en la bolsa de la chamarra de mezclilla, sobre la silla. Un aparato viejo, con la pantalla estrellada como telaraña de esquina a esquina. En la funda de plástico transparente había una foto: ella y la señora de la bata de hospital, más joven, más gorda, las dos con algodón de azúcar en la boca. Detrás de la foto asomaba el borde de una credencial del INE. No la sacó. La pantalla pedía huella.
Adrián se sentó en la orilla de la cama. Le tomó la mano derecha, despacio, y le separó el pulgar de los otros dedos. Ella murmuró algo parecido a ma y no despertó. Él apoyó el pulgar sobre el lector y se abrió.
Tenía cuatro por ciento de pila, catorce mensajes sin leer y la aplicación del banco en la segunda pantalla. Adrián no tocó nada más. Abrió el banco, copió la CLABE en su propio celular y cerró. Le soltó la mano. Ella la recogió contra el pecho, dormida.
En la cocina abrió la aplicación de su cuenta personal. Hacía años había subido el límite de transferencias por una compra que ya no recordaba. Quinientos mil pesos. Destinataria: Dulce Olvera Molina. El campo del concepto estaba vacío.
Escribió Pago acordado y lo borró; parecía la factura de una licuadora. Para la operación también lo borró, porque parecía que se estaba metiendo donde no lo llamaban. Depósito lo borró antes de terminar.
Se quedó un rato con los pulgares sobre la pantalla. Luego escribió Por tu mamá y le dio enviar. Eran las seis catorce.
Subió otra vez. Conectó el celular de ella a su cargador y lo dejó en el buró, bocarriba, junto a la lámpara. Quería que fuera lo primero que viera al abrir los ojos.
Fue entonces cuando vio la otra cosa, en la alfombra, junto a la pata de la cama: una prenda chiquita de algodón blanco. El elástico se había abierto por la costura, y la orilla estaba deshilachada de tantas lavadas. Adrián la levantó. No pesaba nada. La llevó al cuarto de lavado.
Había una repisa entera de botellas que compraba la señora de la limpieza. Adrián leyó las etiquetas una por una: delicados, blancos, suavizante. Una prometía cuidado para prendas finas y la descartó por exagerada. Echó la sábana de encima en la lavadora, en ciclo rápido. La otra cosa la lavó a mano, en el fregadero, con agua fría y un chorrito del jabón más suave que encontró, frotando la tela entre los pulgares como le había visto hacer a su abuela cuando era niño. La enjuagó dos veces. La exprimió con cuidado, para no acabar de romper la costura.
A las seis cincuenta salió a la terraza con la sábana y la prenda. Tendió la sábana en el barandal. Colgó la otra junto, con una pinza de madera.
* * *
—¿Y eso, patrón?
Don Lupe lo miraba por el retrovisor. Adrián bajó la vista: tenía el puño de la camisa mojado.
—Lavé algo.
—¿Usted? —Don Lupe casi se pasa el alto—. ¿Qué cosa?
—Una prenda. —Adrián se desabrochó el puño y lo dobló hacia adentro—. La primera prenda de mujer que lavo en mi vida.
—Ya averigüé lo que me pidió —dijo don Lupe al fin, después de aguantarse una cuadra entera sin hablar—. La señora se llama Rosario Molina. Chayo. Cuando la muchacha tenía siete años, agarró sus cosas y se la trajo a la ciudad para que el marido dejara de pegarles; dicen que el señor tomaba. Ha hecho de todo: limpiar casas, cocinar en obras, vender tamales afuera del Metro. Lo del hospital es cierto, patrón. Lo de la fecha, también. Todo cierto.
Adrián miró por la ventana. El tráfico iba a vuelta de rueda.
—Usted ya está en edad, patrón —dijo don Lupe—. Enamórese.
Adrián no le contestó. No le dijo que se callara, tampoco.
Abrió el contacto en su celular. Buenas caderas se le hizo una grosería; le puso el dedo encima y lo cambió por Niña sin dinero.
A las ocho le marcó Sam para confirmar la agenda. Antes de colgar, carraspeó.
—Jefe. Una pregunta nomás. ¿Ya rompió la veda?
—Tocas antes de entrar a la casa —dijo Adrián—. Ahora hay alguien.
Del otro lado, Sam soltó un silbido largo. Adrián le colgó a la mitad.
* * *
La cirugía empezó a las diez. Adrián lo supo porque a las diez con un minuto le llegó un mensaje de Villegas: Ya entró, licenciado. La doctora Zenteno es la mejor que tenemos.
Terminó a las tres y diez. Él estaba en el consejo, oyendo a un director de finanzas explicar por qué el trimestre en Monterrey no daba los números, cuando el celular vibró sobre la mesa.
Salió muy bien. La doctora Zenteno está contenta.
Adrián se rio. Fue una risa corta que se le escapó por la nariz en medio de la junta de consejo. El director de finanzas se calló a media frase. Toda la mesa volteó a verlo. Adrián se acomodó la corbata.
—Sigue —dijo—. Monterrey.
El director de finanzas buscó en sus hojas dónde se había quedado.
* * *
A las tres y media entró una llamada por WhatsApp. Niña sin dinero.
Adrián salió al pasillo para contestar. Del otro lado, antes de cualquier palabra, se oyó un sollozo.
—¿Por qué puso eso de por tu mamá?
Lo dijo llorando, con la voz tapada, como si hubiera estado aguantando horas para preguntarlo. Detrás se oía el ruido de un hospital: un altavoz, carritos, alguien que pedía a un familiar de la cama doce.
Adrián abrió la boca y la volvió a cerrar.
—Es lo que acordamos.
—Ya salió. Mi mamá ya salió. Dicen que está bien, que ahorita no la puedo ver porque está en recuperación, pero que salió bien, y… —Se sonó la nariz—. Perdón. ¿Cómo le hago para… para agradecerle? Dígame qué hago.
Adrián miró el ventanal del pasillo. Santa Fe, toda de vidrio.
—Si quieres agradecerme… —dijo—, esta noche seguimos.
—Sí, señor.
—Lupe pasa por ti al hospital cuando te digan que ya te puedes ir.
—Sí, señor. Gracias. Gracias, de verdad.
Colgó ella primero. Adrián se quedó en el pasillo con el celular en la mano hasta que su secretaria se asomó a decirle que lo esperaban en el consejo.
* * *
La cena con los socios en Casa Valdés se alargó hasta las doce y media. Adrián pidió la cuenta tres veces antes de que le hicieran caso.
En el camino de regreso, sobre una avenida casi vacía, vio el letrero todavía encendido de una tienda para adultos. Le dijo a don Lupe que se orillara.
—¿Aquí, patrón?
—Aquí.
Salió a los diez minutos con una bolsa de papel negro, sin logotipo. Adentro iban unas tangas de encaje que no tenían más tela que un listón, y una fusta chiquita, de mango forrado. Lo había escogido de broma: quería ver la cara que ponía ella, asustarla un poco.
Don Lupe no preguntó. Pero se le notaba en la nuca.
A la una y diez entró a la recámara sin prender la luz. Ella estaba dormida en su cama. No en la orilla esta vez; en medio, hecha bolita, con una camiseta vieja de algodón que le quedaba grande y decía, en letras despintadas, el nombre de una fábrica de alimentos. Tenía todavía la pulsera de visitante del hospital en la muñeca.
Adrián se quedó parado junto a la cama con la bolsa negra en la mano. Le subió la cobija hasta los hombros. Ella suspiró y se volteó hacia él, sin despertar.
Dejó la bolsa en el buró, junto a la lámpara, justo donde en la mañana había dejado el celular.
—Mañana no te me escapas —le dijo bajito.