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Ni de rodillas te perdono

Ni de rodillas te perdono

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Venganza de la protagonista / Venganza de la Esposa / Juego de roles / Completas
Popularitas:369
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: Libertad a medias

Julián no perdió tiempo. Al día siguiente de la gala, se presentó en las oficinas de Grupo Bracamonte sin cita previa, y según me contó después, entró directo a la oficina de Max sin esperar a que la secretaria terminara de anunciarlo.

—Vengo a proponerte algo —le dijo, sin rodeos—. La alianza comercial que tienen los Sáenz con ustedes vale más de lo que cualquiera de los dos está dispuesto a admitir en voz alta. Y esa alianza se cancela hoy mismo si Renata sigue atada al Club Dorado.

—No está atada a nada —contestó Max, todavía incómodo desde la noche anterior, según me confesó Julián que notó en su tono.

—Entonces fírmame el finiquito. Ahora. O llamo a mi padre esta misma tarde para cancelar la reunión de la próxima semana.

Max se quedó callado un momento largo, mirando por la ventana de su oficina, y Julián me contó después que en ese silencio pareció librar una batalla que no tenía nada que ver con negocios ni con alianzas comerciales.

—¿Por qué te importa tanto? —le preguntó Max al fin, sin mirarlo, en un tono que Julián no supo si era reto o pregunta genuina—. Renata no es nada tuyo.

—Es mi amiga. Y merece que alguien, por una vez, la deje en paz sin pedirle nada a cambio.

Max cedió antes de lo que Julián esperaba, sin la resistencia de costumbre, casi como si buscara una excusa para hacerlo. Firmó personalmente el documento que rompía cualquier vínculo laboral conmigo, sin decir una palabra más, y se lo entregó con un gesto seco que no dejaba adivinar nada de lo que pensaba.

Julián llegó a buscarme a la mansión esa misma tarde, sonriendo con el finiquito doblado en el bolsillo interior del saco, y no me lo dijo hasta que ya estábamos en el coche, camino a la clínica a revisarme el brazo.

—Se acabó —dijo, sacando el papel—. Libre. Ya no le debes nada al Club Dorado, ni a Max, ni a nadie.

Lo leí dos veces, sin terminar de creerlo del todo, mientras la ciudad pasaba por la ventana. Firmado, sellado, con la letra apretada de Max al calce, la misma letra que una vez firmó la orden de encarcelarme.

—¿Y tú por qué crees que cedió tan rápido? —le pregunté, todavía sin entenderlo del todo—. No es hombre de ceder nada sin pelear.

—A lo mejor de verdad se está ablandando contigo —dijo Julián, con media sonrisa, sin celos, sin la incomodidad que otro hombre en su lugar habría mostrado.

—O a lo mejor le urgía que dejara de recordarle, cada vez que me veía en ese salón, lo que me hizo.

Julián no insistió. Manejó en silencio un rato, y cuando llegamos a la clínica, mientras esperábamos que me llamaran, me tomó la mano buena.

Un médico joven revisó mi brazo, cambió el vendaje, anotó algo sobre la movilidad limitada de mis dedos en un expediente que ya empezaba a acumular páginas. Nada nuevo: la mano no iba a mejorar más de lo que ya había mejorado, y ambos lo sabíamos sin necesidad de decirlo. Salí del consultorio con el vendaje fresco y a Julián esperándome en la sala, de pie, con dos cafés en las manos.

—Uno para ti —dijo, ofreciéndome el vaso—. Sin azúcar, como te gusta. Todavía me acuerdo.

Ese detalle pequeño, tres años después, me apretó el pecho de una forma que no supe nombrar del todo.

—Gracias —le dije—. Por esto, y por todo lo que hiciste antes. Nunca te lo agradecí de verdad, con calma, mirándote a los ojos.

—No tienes que agradecerme nada.

—Sí tengo. —Lo miré, y por primera vez desde que salí de la cárcel, no me costó ningún esfuerzo decir lo que sentía—. Fuiste el único que fue a verme. Mes tras mes. Nunca te lo voy a poder pagar del todo.

Julián bajó la mirada, incómodo con el agradecimiento de un modo distinto a Max: no por no saber qué hacer con la ternura, sino por una culpa antigua que le pesaba encima.

—No lo hice para que me lo pagaras —dijo—. Lo hice porque sabía, desde el principio, que mi hermana mentía. No tenía pruebas. Pero la conozco desde que nací, y sé cuándo llora de verdad y cuándo llora para conseguir algo. Y cargo con eso, Renata: con haberlo sabido y no haber podido detenerla a tiempo.

—No es tu culpa lo que hizo Bianca. —Le apreté la mano, esta vez yo, devolviéndole el gesto—. Cada quien carga con sus propias decisiones. Tú tomaste las tuyas, y fueron buenas, todas las veces.

—Es mi culpa no haberte creído lo suficientemente fuerte, lo suficientemente rápido —dijo, con una honestidad que dolía escuchar—. Te prometo que, mientras yo pueda evitarlo, ella no se te vuelve a acercar sin que tú lo permitas.

—————

Esa misma noche, del otro lado de la ciudad, en el departamento de Polanco que compartía con Max, Bianca Sáenz no podía dormir.

Llevaba días notando algo raro en Max: las llegadas tarde sin explicación, los silencios largos, la manera en que ya ni siquiera fingía escucharla cuando ella le hablaba de la boda pendiente. Esa noche, después de la escena de la gala —que ya circulaba, recortada y comentada, en tres grupos distintos de sociedad—, decidió dejar de esperar a que él le explicara nada.

Mientras Max dormía, revisó su celular a escondidas, con manos rápidas y el corazón acelerado, sin encontrar nada que probara del todo lo que ya sentía en el estómago. Ningún mensaje, ninguna llamada, nada que un abogado pudiera usar. Solo un vacío sospechoso, esos silencios calculados de quien sabe borrar sus huellas, o de quien simplemente no tenía nada que esconder.

Se quedó mirando la pantalla apagada un buen rato, sentada en el borde de la cama, repasando en la cabeza cada gesto de Max en la gala: el empujón, la voz baja amenazando al agresor, esa mirada que ya no era la misma con la que la miraba a ella desde hacía meses. No necesitaba pruebas para saber leer a un hombre que se le estaba escapando. Bianca decidió, ahí, sin pruebas todavía, que a partir de esa noche seguiría cada movimiento de Max con sus propios ojos.

Se levantó y caminó descalza hasta la ventana del pasillo, con vista a la ciudad entera iluminada, a las Lomas a lo lejos donde —lo sabía, todos lo sabían ya— yo peleaba por recuperar la mansión de mi abuelo. Se quedó ahí, de pie, mirando esas luces, con esa sonrisa que nadie más que ella podía ver.

No voy a dejar que se me escape, pensó, sin saber todavía contra quién, exactamente, estaba a punto de declarar la guerra.

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