Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 13: OBSESIÓN FÍSICA
Mason Salvatore
El silencio de mi oficina era, por lo general, mi santuario. A las diez de la noche, con las luces de la ciudad desplegadas abajo como un mapa de circuitos dorados, este despacho solía ser el único lugar del mundo donde las cifras cuadraban, donde los algoritmos financieros cobraban sentido y donde mi control sobre el imperio familiar era absoluto.
Esta noche, sin embargo, el silencio era un animal salvaje que me devoraba por dentro.
Estaba de pie frente al ventanal de cristal blindado, con el vaso de whisky escocés en la mano derecha. El hielo se había derretido hacía más de una hora, diluyendo el líquido ámbar en una mezcla insípida, pero ni siquiera me había molestado en dar un trago. Tenía la corbata aflojada en el cuello, los primeros botones de la camisa desabrochados y el saco del traje de tres piezas tirado de cualquier manera sobre el sofá de cuero del despacho.
Un desorden impropio de mí. Una grieta ridícula en mi armadura.
Apreté el cristal del vaso hasta que los nudillos se me pusieron blancos. En la superficie del vidrio del ventanal no veía el reflejo del horizonte de Manhattan; veía su rostro. Veía esos ojos color verde clavados en los míos, fijos, inquebrantables, sin emitir un solo sonido durante los veinticinco minutos que había durado la maldita cena en el penthouse.
—Maldita sea —gruñó mi voz en la penumbra de la oficina.
Me giré bruscamente y caminé hacia el escritorio. Sobre la madera pulida descansaba el expediente financiero de la fusión con el grupo logístico asiático: una operación de cuatro mil millones de dólares que requería mi firma y mi atención absoluta antes de la apertura de la bolsa de Tokio.
Había intentado leer la primera página al menos seis veces en las últimas dos horas. Las palabras se desdibujaban en mi mente, sustituidas por imágenes intrusivas, violentas y desordenadas que no lograba expulsar de mi cabeza.
No podía concentrarme. Y la culpa de esa incapacidad la tenía Harper Jones. O Harper Salvatore, como se suponía que debía llamarse ahora.
La rabia me quemaba el esófago con un ardor más violento que el del alcohol. Me sentía estafado, atormentado, ridiculizado en mi propia casa. Había organizado la cena de esta noche para poner las cosas en su sitio, para recordarle quién tenía el poder absoluto en esa relación y para obligarla a aceptar las reglas del juego.
Esperaba sollozos, esperaba que me suplicara por su madre, esperaba que me lanzara reproches o que intentara negociar una salida. Cualquier respuesta verbal me habría dado el material necesario para desarmarla lógicamente, como había hecho con cientos de ejecutivos a lo largo de mi carrera.
Pero la ley del hielo. Esa postura de estatua de sal. Ese silencio absoluto y desafiante con el que me había recibido.
No había tocado la comida. No había tocado el vino. Y lo peor de todo: ni siquiera había pestañeado cuando me acerqué a ella, cuando le sujeté la barbilla con fuerza para obligarla a mirarme.
En lugar de miedo, en sus ojos solo había encontrado un desprecio helado, casi magnético, y esa sonrisa imperceptible, triste y provocadora que me había hecho soltarla como si su piel estuviera al rojo vivo.
Me pasé las manos por la cara, hundiéndome en el sillón de cuero.
El problema no era solo su insolencia. El verdadero problema, el fantasma que me perseguía y me retorcía las entrañas desde que había salido del penthouse, era el recuerdo destructivo de la noche anterior.
Cerré los ojos, pero la oscuridad detrás de mis párpados solo empeoró las cosas.
Mi mente trajo de vuelta, con una nitidez abrumadora, la textura de su piel. Era de una blancura casi irreal, fina, delicada como la porcelana, pálida hasta el punto de dejar entrever el entramado azulado de sus venas en los hombros y en la curva del cuello.
Una piel que parecía hecha para ser contemplada a distancia, pero que anoche había estado aplastada bajo mi peso, ardiendo contra la mía en la oscuridad de la habitación principal.
Recordaba la forma en que su cabello pelirrojo —un tono fuego, salvaje, desordenado, sin ningún tratamiento de salón de belleza— se había esparcido sobre las sábanas de seda negra del penthouse.
El contraste de ese color encendido contra la blancura de sus hombros me había cegado. Había sido una visión primitiva, casi volcánica. Sus curvas no tenían la simetría trabajada de las mujeres con las que solía salir, esas modelos y herederas de la alta sociedad que moldeaban sus cuerpos en gimnasios privados y clínicas de estética.
Harper tenía caderas suaves, una cintura estrecha marcada por el esfuerzo del trabajo físico y unos pechos firmes que se amoldaban a mis manos con una calidez estremecedora.
Recordaba el olor de su piel: no era un perfume caro de diseñador, sino una mezcla de jabón neutro, agua fría y un aroma dulce, natural, limpio, que se me había quedado grabado en los pulmones como un veneno de lenta absorción.
Sentí una sacudida caliente recorriéndome la ingle. Mi propio cuerpo traicionaba mi intelecto, reaccionando de inmediato ante la simple memoria de su cuerpo desnudo bajo el mío.
Apreté los puños sobre el escritorio, furioso conmigo mismo.
—No —susurré entre dientes, abriendo los ojos de golpe y mirando al techo de la oficina—. No. Yo no deseo a esa chica. Esto no es deseo. Esto es control.
Pero era una mentira absurda y lo sabía.
El deseo que sentía por Harper no era la atracción civilizada y metódica que había experimentado antes con otras mujeres. Era algo oscuro, obsesivo, una pulsión animal que me perturbaba a un nivel profundo porque ponía en peligro todo lo que yo era.
Yo era un hombre de lógica, de contratos, de frío cálculo financiero. No me dejaba llevar por la carne. Nunca lo había hecho. Había construido un imperio basándome en la premisa de que las emociones eran debilidades que la competencia usaba para destruirte.
Y, sin embargo, aquí estaba, a las diez y media de la noche, atrapado en mi propio despacho, incapaz de leer un informe porque no podía dejar de pensar en lo blanda que se sentía su cintura entre mis dedos o en la forma en que sus muslos habían temblado cuando la tomé con una brutalidad de la que ahora me avergonzaba profundamente.
Lo que me atormentaba no era solo el recuerdo físico de su cuerpo; era la humillación de saber que la deseaba aun más después de ver cómo me despreciaba.
Anoche me había pertenecido en el papel y en la cama. Mi apellido estaba registrado junto al suyo. Tenía la custodia legal de su destino y la vida de su madre suspendida de un hilo que solo yo controlaba.
Debería haber sido suficiente para saciar cualquier impulso. Debería haberme servido para pasar página y tratarla como el activo corporativo que era.
Pero la forma en que me miró durante la cena... esa mirada en la que no había ni un gramo de subordinación... me había dejado con la sensación intolerable de que no había poseído absolutamente nada. Había tomado su cuerpo por la fuerza de las circunstancias, sí, pero su mente, su orgullo y su espíritu seguían intactos, encerrados detrás de ese muro de silencio que ni todo mi dinero ni toda mi influencia podían derribar.
Se sentía como si me hubiera ganado en mi propio terreno.
Me puse de pie de nuevo, caminando a pasos agigantados por la moqueta del despacho. El vasito de whisky terminó estrellándose contra el fondo de la papelera de metal en un impulso de frustración repentino. El sonido del cristal rompiéndose amortiguó el eco de mis propios pensamientos.
—¿Qué demonios me estás haciendo, Harper? —maldije en voz baja.
La idea de que una muchacha de Brooklyn, una chica que limpiaba oficinas por horas y que no tenía ni un centavo en el banco, pudiera tener semejante poder sobre mis nervios me resultaba insoportable. Era una amenaza. Una infección que amenazaba con pudrir mi disciplina.
Se suponía que ella debía ser la víctima perfecta: una mujer acorralada por las deudas que aceptaría el dinero de las tarjetas corporativas, que se dejaría vestir por los diseñadores de la firma y que sonreiría obediente en las cenas de beneficencia para mantener la fachada del matrimonio ante los accionistas. Se suponía que yo debía ser el titiritero que movía los hilos desde las sombras.
En lugar de eso, Harper había tirado la tarjeta. Había rechazado la comida de mi chef. Se había encerrado en la habitación para no ver a mis estilistas. Y cuando la obligué a sentarse a la mesa, usó el único recurso que tenía —su silencio— para convertir la cena en un juicio donde el acusado era yo.
Me acerqué al panel de control de la pared y activé la pantalla de monitoreo interno.
Apareció la señal en directo de la cámara instalada en el pasillo exterior del dormitorio principal del penthouse. Dos guardias de seguridad permanecían de pie junto a la puerta, inmóviles. No había movimiento dentro de la suite. La luz por debajo de la rendija de la puerta estaba apagada.
Estaría durmiendo. O tal vez estaría despierta en la oscuridad, mirando al techo, planificando su siguiente acto de rebeldía, disfrutando del hecho de haberme dejado descolocado antes de marcharme.
Visualicé su figura sobre la cama king-size: su cuerpo pálido hundiéndose en las sábanas de seda, el cabello pelirrojo esparcido sobre la almohada, la respiración pausada. La urgencia física de subir al coche, recorrer las veinte calles que me separaban del penthouse, abrir esa puerta con mi llave maestra y entrar en su habitación me atravesó como una descarga de alto voltaje.
Quería ir allí. Quería despertarla. Quería sujetarle los brazos contra el colchón hasta que esa mirada de hielo se borrara de sus ojos, hasta que sus labios volvieran a emitir algún sonido, aunque fuera un gemido de dolor o un grito de rabia. Necesitaba demostrarme a mí mismo que ella era mía, que no había nada en esa mujer que yo no pudiera comprar, doblegar o romper.
Dí un paso hacia la puerta de la oficina. Mi mano se posó sobre el pomo de latón.
Pero me detuve de golpe.
El frío del metal en la palma de mi mano me trajo de vuelta a la realidad. Un sudor frío me cubrió la frente.
Si iba allá ahora... si cedía a esta obsesión enfermiza y cruzaba esa puerta impulsado únicamente por el deseo ciego y la furia de haber sido ignorado... ella habría ganado. Harper sabría que tenía la capacidad de sacarme de quicio. Sabría que el gran Mason Salvatore era tan vulnerable a sus encantos involuntarios como cualquier hombre mediocre de su barrio.
Le estaría entregando el control de la relación en una bandeja de plata.
No te voy a dar ese poder.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. Di media vuelta y regresé al escritorio. Tomé la carpeta de la fusión asiática, abrí la primera página y me obligué a sentarme en la silla.
Si Harper Jones quería jugar a la guerra silenciosa, le daría una guerra. Le demostraría que mi voluntad era de acero y que sus curvas, su piel blanca y sus miradas de desprecio no significaban nada para mí.
La mantendría encerrada en esa jaula de lujo, aislada del mundo, viendo cómo los días pasaban sin que su madre mejorara si ella no aprendía a sonreír y a obedecer.
La doblegaría. Por la fuerza del contrato, por la presión del aislamiento o por el peso de la necesidad. Pero no volvería a tocarla impulsado por esta obsesión absurda.
Volví a fijar la vista en los números del informe. La primera cifra era un beneficio neto proyectado de trescientos millones de dólares.
Traté de concentrarme. Traté de pensar en los dividendos, en los tipos de interés y en la reacción de la prensa económica mañana por la mañana.
Pero en el fondo de mi mente, latiendo con la fuerza de una herida abierta, la imagen de su piel blanca y el calor de su cuerpo contra el mío continuaron ardiendo durante toda la noche, recordándome que, por primera vez en mi vida, estaba persiguiendo a un fantasma que no podía controlar.