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DURA DE MATAR : LA VERDADERA HEREDA REGRESA

DURA DE MATAR : LA VERDADERA HEREDA REGRESA

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Reencuentro
Popularitas:799
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

A los cinco años, Elena Vega sobrevivió al intento de asesinato de su madre adoptiva tras la aparición del Sistema Dura de Matar. Esta interfaz le otorga datos tácticos, alertas de riesgo y a "Ratón Mayor": la encarnación física del sistema, un roedor con quien se comunica mentalmente para analizar venenos sin parecer loca.
​Dieciocho años después, Elena regresa a la mansión Montenegro a reclamar su lugar como la verdadera heredera. Pero Camila, la falsa heredera, orquesta sabotajes y contrata sicarios para eliminarla.
​Guiada por la lógica de su sistema, Elena desmantela cada trampa mientras Mateo, su atolondrado hermano biológico, absorbe sin querer los atentados como su "escudo humano" involuntario. ¿Podrá la impía rival salirse con la suya o sucumbirá ante la estratega más implacable?

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Tres estrellas y media de riesgo

Tras la tragedia del desayuno fallido y la ejecución de la "Operación Limpieza" en el comedor, el ambiente en la mansión Montenegro era tenso. Don Fernando había enviado a la servidumbre entera a la sala de conferencias para iniciar un interrogatorio, mientras Doña Rosa se recuperaba del susto recostada en el sofá con compresas frías sobre la frente.

Elena, por su parte, se encontraba en el pasillo principal abriendo una lata de fideos instantáneos con un sello de seguridad intacto.

—Proporción perfecta de vegetales y carbohidratos. Sello al vacío estéril. Mortalidad: cero por ciento —murmuró Elena para sí misma, ajustando los tirantes de su mochila.

Mateo, que acababa de salir de la sala de estar con la camisa algo arrugada, la vio cenar directamente de la lata mientras caminaba por el pasillo.

—Elena... —dijo Mateo, acercándose con una mirada que mezclaba lástima y desconcierto—. Tenemos una cocina industrial con tres estrellas Michelin y chefs privados. ¿De verdad vas a comer fideos procesados en lata como si estuviéramos en un apocalipsis zombi?

—Es más seguro —respondió Elena masticando con calma—. Para comer de la cocina de esta casa hay que tener una póliza de vida multimillonaria y un estómago de acero. Prefiero mis fideos.

—Oye, pero soy tu hermano. No puedes vivir a base de enlatados estando en crecimiento —insistió Mateo, tomándose el pecho con un gesto dramático—. Ven, dámelo. Te haré un plato decente en diez minutos. Cocinaré algo sin veneno, te lo prometo.

Elena lo miró con sospecha, manteniendo su distancia táctica.

—La cocina de la casa tiene una calificación de tres estrellas y media de riesgo —evaluó Elena—. Las tuberías de gas son viejas, los portacuchillos están expuestos y las ollas a presión son bombas potenciales en manos inexpertas.

—¡Tengo tres meses de clases de cocina básica! —exclamó Mateo indignado—. ¡Sé lo que hago! No voy a hacer volar la casa.

Mateo caminó con decisión hacia la cocina principal. Encendió el extractor de aire y se acercó a la estufa de gas de alta gama con intención de encender la perilla.

—«¡Atención, Elena!» —sopló la voz de Ratón Mayor desde su bolsillo—. «El sistema detecta una grave acumulación de gas por manipulación previa en la válvula principal. Probabilidad de deflagración inminente: 99%.»

—¡Exagerada! —dijo Mateo sonriendo con suficiencia mientras estiraba la mano—. Es una estufa italiana de última generación. ¿Qué podría salir m...

No alcanzó a terminar la frase. En un movimiento rápido y coordinado, Elena dio dos pasos al frente, enganchó la mano con firmeza en el cuello de la camisa de Mateo y lo jaló con fuerza hacia atrás.

—¡Agh! —gritó Mateo al perder el equilibrio.

El impacto contra el suelo de granito fue seco. Mateo cayó de espaldas justo un segundo antes de que la estufa estallara.

¡BOOM!

Una llamarada azul y naranja saltó directamente desde la hornilla, acompañada de un estruendo seco que sacudió los sartenes colgados del techo y rompió un par de azulejos. Una densa nube de humo negro cubrió la cocina al instante.

Elena ni siquiera pestañeó. Aguantó el impacto de pie, ajustó su mochila táctica y miró hacia el suelo.

Mateo estaba tirado cuan largo era, despeinado, con el cabello ligeramente chamuscado en las puntas y rodeado de humo. Se pasó una mano por la espalda con una mueca de dolor puro.

—¡Ay, mi espalda...! —se quejó Mateo, soltando una pequeña bocanada de humo por la boca—. Elena... ¿eso era realmente necesario? Siento que el piso me desarmó la columna.

—Sopesando las alternativas: columna magullada frente a incineración completa. De nada, hermano —respondió Elena con total frialdad, tomando un sorbo de su jugo procesado.

En ese instante, Don Fernando, Doña Rosa y Camila entraron corriendo a la cocina alarmados por el estruendo.

—¡Santo cielo! ¡Mateo! ¡¿Qué fue ese ruido?! —gritó Don Fernando corriendo hacia su hijo.

—¡Mi niño, estás cubierto de hollín! —sollozó Doña Rosa llevándose las manos a la cabeza.

Mateo se sentó lentamente en el piso con ayuda de su padre, sobándose la zona lumbar.

—La... la cocina explotó, papá —dijo Mateo, señalando los restos humeantes de la estufa—. Pero Elena me salvó. Ella me agarró de la camisa, me jaló y me tiró de espaldas contra el piso... Fue un movimiento impecable, pero... ¡au! Creo que me van a salir moretones en toda la espalda. Por favor, llamen al médico para que me atienda.

Don Fernando miró los azulejos rotos, la estufa destruida y luego a Doña Rosa con una sonrisa pensativa y serena.

—Vaya... esta vieja casa —comentó Don Fernando, pasándose la mano por la barbilla—. Con los años, las tuberías y las instalaciones ya están dando problemas. De repente sería una buena idea que nos mudemos a otra mansión totalmente nueva.

—¡Tienes toda la razón, Fernando! —coincidió Doña Rosa, juntando las manos con emoción y los ojos brillantes—. Una casa nueva para un comienzo nuevo. Así podremos empezar una vida nueva y ser la familia perfecta que siempre debimos ser.

Mateo los miró desde el suelo, frotándose la espalda desorbitado, sin poder creer lo que estaba escuchando.

—A ver... ¡esperen un segundo! —saltó Mateo, señalando la estufa y luego a sus padres—. ¿De verdad soy el único que piensa que esta cocina es muy extraña? ¡Casi exploto en mil pedazos! ¿Cómo es posible que una estufa haga eso de la nada? ¡Alguien manipulo esto!

—¡Ay, Mateo, no seas tan dramático! —lo consoló Doña Rosa con dulzura—. Son cosas que pasan en las casas antiguas. Lo importante es que tu hermana estuvo ahí para protegerte. ¡Miren cómo se cuidan entre ustedes!

Camila, al fondo de la cocina, apretaba los puños escondida detrás de su sonrisa angelical, mordiéndose el labio de la rabia. La trampa estaba diseñada para Elena, pero la chica no solo la había previsto, sino que había terminado salvando al idiota de Mateo.

Mateo miró a Elena y luego a sus padres, quienes ya estaban hablando alegremente sobre catálogos de bienes raíces y decoración de interiores, ignorando por completo que en menos de veinticuatro horas el auto de la familia había volado en pedazos y la estufa acababa de explotar.

Elena se le acercó, se inclinó ligeramente y le dio una palmadita de consuelo en el hombro no lastimado.

—Bienvenido a mi mundo, hermanito —le murmuró Elena con ironía—. Al parecer, en esta casa el instinto de preservación lo vendieron por separado.

—«Confirmado, Elena» —le transmitió la voz de Ratón Mayor mentalmente, asomándose para ver la estufa quemada—. «Tus padres prefieren comprar una mansión de diez millones de dólares antes que admitir que hay un asesino suelto en la familia.»

—Es una estrategia de negación fascinante —respondió Elena para sus adentros—. Lástima que a la Falsa Heredera se le estén acabando los accidentes sencillos. La próxima vez va a tener que esforzarse el doble.

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