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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13: Aceite en la puerta

Paloma puso la cena en la mesa y se sentó a ver cómo Alejandro Iturralde se enchilaba. Salsa macha, chiles rellenos de queso y aguachile, todo con habanero y chile de árbol, todo cocinado por ella esa tarde con mucho cuidado. Obediente y callada, le había dicho. Pues callada sí iba a estar.

Alejandro miró los platos, luego a ella, y no preguntó nada. Se sirvió de todo. Al tercer bocado tenía los ojos rojos; al quinto, la frente mojada de sudor. No pidió agua ni dejó un solo chile en el plato.

Comió despacio, en silencio, hasta terminar, y Paloma, que había planeado disfrutarlo, empezó a sentirse un poco culpable. Sacó el pizarrón.

*¿Qué clase de mexicano no come chile?*

Él se secó la frente con la servilleta.

—Uno que se casó contigo.

Paloma se levantó a recoger los platos antes de que él le viera la cara. Sentía las orejas calientes, y no era por el chile.

* * *

Desde que regresaron de Ixtapan, Paloma le llevaba cada noche, a las once, una taza de café de olla sin azúcar al estudio, porque había descubierto que a él no le gustaba nada dulce. Tocaba, dejaba la taza en el escritorio y salía. Siguió haciéndolo después de la pelea. Ninguno de los dos mencionó la hoja rota.

El martes 26 salió de la cocina con la taza humeando y los ojos en el café para no derramarlo. A dos pasos de la puerta del estudio, el pie se le fue hacia adelante como si el piso hubiera desaparecido. Cayó de lado, la taza se estrelló contra la pared y la rodilla derecha pegó contra el azulejo con un golpe seco. Abrió la boca y no salió nada, ni siquiera un quejido.

La puerta del estudio se abrió de golpe. Alejandro salió corriendo, corriendo de verdad, sin silla, y la levantó del suelo en brazos como si no pesara. Por encima de su hombro, Paloma alcanzó a ver algo al fondo del pasillo: una sombra que se despegó de la pared y desapareció hacia el área de servicio.

Él la sentó en el sillón del estudio, le subió el pantalón de la pijama hasta la rodilla y maldijo en voz baja. Tenía un moretón del tamaño de una moneda que ya se estaba poniendo morado. Alejandro trajo un botiquín, le untó una pomada con más cuidado del que ella le hubiera creído capaz, y al quitarle la pantufla para acomodarle la pierna, se detuvo. Pasó el dedo por la suela y lo levantó a la luz. Estaba brillante.

Aceite.

Salió al pasillo y lo revisó de rodillas, con la linterna del celular. Paloma lo vio desde el sillón: el aceite solo estaba frente a la puerta del estudio, en un semicírculo exacto, justo donde ella se paraba cada noche a las once. En ningún otro lugar de la casa.

—Interesante —dijo él.

No dijo nada más. No preguntó por nadie ni fue a despertar a nadie. Le trajo otra taza de café, la probó, le dijo que estaba buena y se la tomó entera delante de ella.

* * *

El miércoles en la mañana, Nana le enseñó el celular en la cocina con la boca apretada. Sociales MX había publicado una nota de dos líneas, sin firma.

*¿Iturralde ya camina? Una fuente dentro de la casa asegura que sí.*

Paloma se quedó mirando la pantalla. Dentro de la casa. En Bosque Alto vivían cuatro personas: él, ella, Nana y Xio. Nana creía en la silla con toda el alma. Y la noche anterior, al fondo del pasillo, alguien lo había visto correr.

Desde la ventana de la cocina se veía la alberca, y ahí estaba Xio, de rodillas, tallando los azulejos. Levantó la cabeza, vio a Paloma y le sonrió como en el ático. Paloma le devolvió la sonrisa y no supo si lo hacía porque todavía le creía o porque todavía quería creerle.

* * *

El viernes en la tarde, Xio la tomó del brazo en el jardín.

—Memo, el hijo de don Chuy, tiene reunión con los de su prepa en Portales. Quiere llegar con novia para que no lo vean solo. Nomás una noche, Palo. Es un lugar ruidoso, nadie se va a fijar en que no hablas. Yo te traduzco.

Paloma no se acordaba de ningún Memo. Iba a decir que no, y entonces se acordó de Gabriel en la banca del jardín: no eres un anexo de nadie. Nunca había ido a una fiesta, nunca había tenido amigos que no hubiera escogido su madre. Quería, por una noche, ser alguien que sale un viernes. Asintió.

A las siete y media dejó una nota en la mesa de la cocina y Nana la alcanzó en la puerta con el papel en la mano, la cara de preocupación y un billete doblado.

—Quinientos pesos. Por si acaso, mija.

Paloma quiso devolvérselo y Nana le cerró los dedos sobre el billete. Xio ya tenía el Uber esperando afuera.

* * *

La Rockola era una cantina vieja de Portales, con rocola de verdad, mesas de madera y muy poca gente. Nada que ver con lo que había dicho Xio. Estaba tan tranquila que se oían los hielos en los vasos, y en la mesa del fondo quince personas de veintitantos años se abrazaban y se gritaban apodos de la prepa.

Un muchacho alto y moreno, con camisa planchada, se levantó para recibirlas. Le sonrió a Xio por cortesía. Luego vio a Paloma y se le borró la sonrisa.

Se le quedó mirando tanto rato que Paloma empezó a sentirse incómoda. Él bajó la voz para que no lo oyeran los demás.

—¿Paloma? —Negó con la cabeza, como si no pudiera creerlo—. Tú me decías Memo. Hablabas. Mi papá cuidaba el jardín de tu casa. Me seguías por todo el pasto gritando mi nombre.

Paloma se sentó despacio en la silla que tenía más cerca. Nadie, nunca, le había dicho eso. En su casa no se hablaba de antes de los cinco años, y su madre cambiaba de tema si alguien lo intentaba. Ella misma había llegado a creer que siempre había sido así, que había nacido sin voz. Sacó el pizarrón con las manos temblando.

*No me acuerdo. ¿De verdad hablaba?*

—Hasta por los codos. —Memo sonrió, pero se le notaba que estaba impresionado—. Después ya no te volví a ver.

Paloma se quedó mirando lo que había escrito. Había tenido voz. Alguien la había oído. Tenía un montón de preguntas y ninguna le cabía en el pizarrón. Iba a borrar para escribir la primera cuando Xio empujó su silla hacia atrás, se subió encima con una cerveza en la mano y la levantó sobre la cabeza.

—¡Atención! ¡Les presento a la novia muda de Iturralde!

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