Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Soñado
—¿Y qué? ¿Crees que he olvidado nuestros planes? Porque yo recuerdo perfectamente cada detalle.
Se levantó de la cama y comenzó a caminar por mi habitación, gesticulando con las manos mientras hablaba. La conocía lo suficiente para saber que podía pasar horas hablando de aquello sin tomar aire.
—Primero, el vestido tiene que ser blanco. Blanco de verdad, no de ese color extraño que parece crema y que algunas personas llaman marfil para sentirse elegantes.
—¿No te gusta el marfil?
—No estamos hablando de mis gustos, señora Carter. Estamos hablando de tu vestido.
Me eché a reír.
—Perdón, continúe, señorita experta en bodas.
Silvia me señaló con un dedo antes de retomar su discurso.
—Tiene que ser blanco, con un escote delicado, nada exagerado. Tú siempre decías que querías verte como una princesa, pero no como una de esas princesas que parecen llevar las cortinas del palacio encima.
Me cubrí la boca para contener la carcajada.
—¡Yo nunca dije eso!
—¡Claro que sí! Teníamos ocho años y estábamos sentadas en el suelo de tu habitación, hojeando una revista de novias que tu madre había dejado sobre la mesa. Tú señalaste un vestido enorme, lleno de volantes, y dijiste que parecía un pastel de cumpleaños. Después juraste que jamás te casarías con algo así.
La miré, sorprendida.
No recordaba aquella conversación con tanta claridad, pero podía imaginar perfectamente a las dos niñas que habíamos sido, sentadas en el suelo, soñando con una vida que todavía nos quedaba muy lejos.
—¿Recuerdas todo eso? —pregunté con una sonrisa.
Silvia dejó de caminar y me miró como si acabara de hacerle la pregunta más absurda del mundo.
—Anastacia, por favor. También recuerdo que tú querías un ramo de rosas blancas y que yo iba a ser tu dama de honor.
—Eso sí lo recuerdo.
—¡Porque me lo prometiste! Y pienso cobrar esa promesa.
Se acercó a mí y se sentó a mi lado.
—Pero volvamos al vestido. La parte de arriba debe ser delicada, con encaje fino, de ese que parece dibujado sobre la piel. Las mangas pueden ser transparentes, hasta las muñecas, con pequeños bordados. Nada demasiado recargado, porque quiero que se vea elegante y que siga siendo completamente tú.
La escuché en silencio, imaginando cada detalle.
—La cintura debe quedar bien marcada —continuó—, y la falda tiene que caer suavemente hasta el suelo. No quiero que parezca que llevas una montaña de tela. Quiero una falda amplia, sí, pero ligera, que se mueva cuando camines.
—¿Y la cola? —pregunté, siguiéndole el juego.
Silvia abrió mucho los ojos.
—¡Por supuesto que llevará cola! ¿Qué clase de boda estamos organizando aquí? Una cola larga, preciosa, que se extienda detrás de ti cuando camines hacia el altar. No exageradamente larga, porque tampoco quiero que termines tropezándote delante de todos, pero sí lo suficiente para que Edmund se quede sin palabras cuando te vea.
Sonreí al imaginarlo.
Edmund siempre me miraba con una ternura que me hacía sentir especial, incluso cuando yo no estaba haciendo nada extraordinario. Pensar en su expresión al verme vestida de novia me llenó el pecho de una emoción cálida.
—¿Y el velo? —pregunté.
Silvia se llevó una mano al corazón.
—Largo. Muy largo. De tul suave, con los bordes bordados a mano. Quiero que cubra tu cabello y caiga por tu espalda hasta unirse visualmente con la cola del vestido. Y cuando llegues al altar, Edmund tendrá que levantártelo para darte un beso.
—Silvia…
—¿Qué? ¡Es romántico!
—Eres una exagerada.
—Y tú me quieres así.
Negué con la cabeza, sonriendo.
Ella me tomó ambas manos y su expresión cambió. Ya no parecía estar bromeando.
—¿Sabes qué es lo que más recuerdo de aquella tarde?
La miré.
—¿Qué?
—Que me dijiste que, cuando encontraras al hombre con el que quisieras casarte, no te importaría que la boda fuera grande o pequeña, que hubiera cientos de invitados o solo unas cuantas personas. Lo único que querías era mirar al hombre que estuviera frente a ti y sentir que habías llegado a casa.
Aquella promesa infantil, pronunciada sin comprender del todo lo que significaba amar a alguien, seguía teniendo sentido para mí.
—También dijiste que querías que el vestido te hiciera sentir hermosa —añadió Silvia—, pero no porque los demás fueran a mirarte. Querías mirarte al espejo y reconocerte. Sentirte feliz contigo misma. Dijiste que no querías convertirte en otra persona por casarte.
Bajé la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.
—Era una niña muy soñadora.
—Y sigues siéndolo, aunque te esfuerces en fingir que eres una ejecutiva seria que solo piensa en presupuestos, reuniones y contratos.
Le di un pequeño empujón con el hombro.
—Oye, soy una ejecutiva seria.
—Por supuesto, cariño. Una ejecutiva seria que se va a casar con un hombre maravilloso y que va a llevar el vestido que soñó cuando era una niña.
Silvia me rodeó con un brazo y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Quiero ayudarte a encontrarlo, Anita. No uno que esté de moda ni uno que salga en una revista carísima. Quiero que encontremos ese vestido que, cuando te lo pongas, te haga pensar: Este es. Es exactamente como lo imaginé.
Sentí que los ojos se me humedecían.
No era solo el vestido. Era todo lo que representaba: aquellas tardes de infancia, nuestras promesas, las conversaciones interminables y los sueños que habíamos compartido sin saber cuánto cambiarían nuestras vidas.
—¿Y si no encontramos uno como el que imaginamos? —pregunté.
Silvia se apartó para mirarme.
—Entonces lo mandaremos a hacer.
—¿Así de sencillo?
—Así de sencillo. Si hace falta, recorreremos todas las tiendas de la ciudad empezaremos mañana. Y si ninguna tiene lo que queremos, buscaremos a la mejor diseñadora. No voy a permitir que el vestido de tus sueños se quede en una conversación de niñas.
Me reí mientras me secaba discretamente una lágrima.
—Gracias, Sil.
—No me des las gracias todavía. Aún tenemos que elegir los zapatos, las joyas, el peinado, el maquillaje y el ramo. Y ni se te ocurra decirme que no quieres flores porque voy a ponerme muy dramática.
—Eso último no sería ninguna novedad.
—¡Anastacia!
Ambas estallamos en carcajadas.
Silvia volvió a abrazarme y yo cerré los ojos, disfrutando de aquella cercanía que tanto había echado de menos.