El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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Diez años después
Elara no tenía idea de que alguien la observaba desde el interior de un automóvil estacionado a pocos metros de ella. Caminaba tranquilamente por la acera, repasando mentalmente todo lo que tenía que hacer aquella tarde. Había pasado la mañana entre clases y pendientes, y lo único que quería era llegar a casa, quitarse los zapatos y olvidarse por unas horas del mundo. Para ella, aquella ciudad era conocida, predecible, casi segura. No sabía que, en cuestión de minutos, su rutina comenzaría a cambiar.
Alessandro seguía sentado en el automóvil, incapaz de apartar los ojos de ella. Habían pasado diez años, pero no necesitaba ninguna fotografía para reconocerla. Recordaba aquella mirada infantil, aquella manera directa de hablarle y hasta la bicicleta con la que había aparecido frente a la residencia Vescari. Sin embargo, la mujer que tenía delante ya no era aquella niña. Tenía veinte años y una seguridad tranquila que le resultaba inesperadamente difícil de ignorar. Alessandro sintió algo que no le gustó admitir: curiosidad. Una necesidad casi inmediata de saber dónde vivía, qué hacía, quiénes formaban parte de su vida y por qué el destino había decidido ponerla nuevamente frente a él.
—¿Quiere que nos vayamos, señor? —preguntó el conductor.
Alessandro tardó unos segundos en responder.
—Todavía no.
Elara se detuvo frente a una pequeña cafetería. Revisó su teléfono y sonrió al leer un mensaje. Aquella sonrisa provocó una reacción absurda en Alessandro. No sabía quién le había escrito. No sabía por qué sonreía. Y, aun así, sintió una incomodidad que no tenía derecho a sentir. Se obligó a apartar la mirada.
—¿La conoce? —preguntó el conductor con cautela.
Alessandro volvió a mirar hacia la ventana.
—La conocí hace mucho tiempo.
—¿Quiere que averigüe quién es?
Hubo un silencio.
—No —respondió finalmente—. Yo me encargo.
Elara salió de la cafetería unos minutos después y comenzó a caminar nuevamente. No vio el automóvil cuando pasó frente a él. No imaginó que, desde ese momento, su nombre había regresado a la vida de Alessandro Vescari con una fuerza que ni siquiera él comprendía.
Esa misma noche, Alessandro llegó a la residencia familiar. La mansión estaba iluminada como siempre, pero aquella noche todo le parecía diferente. Su madre estaba en la sala conversando con Isabella, mientras Lorenzo revisaba unos documentos junto a la chimenea. Alessandro pasó frente a ellos sin detenerse.
—¿Y esa cara? —preguntó Isabella.
—Nada.
—Te conozco. Algo ocurrió.
Alessandro se detuvo en el primer escalón.
—Encontré a alguien.
Su familia guardó silencio.
—¿A quién? —preguntó Lorenzo.
Alessandro levantó ligeramente la mirada.
—A Elara Bauman.
El nombre provocó una reacción inmediata en Isabella. Ella lo recordó antes de que Alessandro terminara de explicarlo. La niña que años atrás había aparecido con una bicicleta y había conseguido despertar una curiosidad inexplicable en aquel niño que rara vez mostraba interés por alguien.
—¿La encontraste después de tanto tiempo? —preguntó Isabella.
Alessandro asintió.
—Sí.
—¿Y qué piensas hacer?
Alessandro permaneció callado durante unos segundos. En su mente seguía apareciendo aquella sonrisa que había visto frente a la cafetería.
—Conocerla.
Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, una parte de él sabía que aquella respuesta era demasiado sencilla para lo que acababa de despertar.
Porque después de diez años, Alessandro Vescari había vuelto a encontrar a la niña de la bicicleta.
Y esta vez no estaba dispuesto a olvidarla tan fácilmente.