Natalia está al borde del divorcio, pero un accidente lo cambia todo.
Branko su esposo, sufre un accidente y puede leer los pensamientos de su aún esposa y descubre muchas cosas, Natalia es fría por fuera, pero caótica por dentro, se entera que ella ha estado enamorada de él durante mucho tiempo y ahora es él quien no quiere divorciarse. ¿DIVORCIO? ESO JAMÁS
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cap. 23 La explosión contenida
Branko se puso de pie.
—Marko —dijo, con una voz que no admitía réplica—. Se está haciendo tarde. Tenemos que madrugar mañana.
—¿Ah, sí? ¿Qué hacen?
—Cosas de esposos.
—¿Qué cosas?
—Las que no se cuentan.
Marko entendió el mensaje. Pero no se movió.
—Primo —dijo, con una sonrisa confidencial—. Siempre me has dado consejos. ¿Me permites darte uno yo?
—Depende del consejo.
—No te divorcies.
Branko se quedó helado.
—¿Qué?
—Que no te divorcies. He oído rumores. De que Natalia pidió el divorcio. Y tú no querías. Y luego ella cambió de opinión. No sé bien la historia. Pero quiero decirte: no te divorcies. Yo sé que a veces el matrimonio es difícil. Que ella es… complicada. Pero merece la pena.
"¿Complicada?" pensó Natalia. "¿Este tío acaba de llamarme complicada? ¿Después de años de acosarme? ¿Después de decirme que mi marido no me valora y que debería estar con él? ¿Y ahora viene a decirle a Branko que no se divorcie? ¿Qué doble juego es este?"
Branko también estaba confundido.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó—. Tú siempre me has aconsejado divorciarme.
—¿Yo? Nunca.
—Sí. En cada conversación. 'Branko, esa mujer es muy fría. Branko, no te merece. Branko, deberías buscar a alguien que te quiera de verdad.'
Marko se removió en el sillón.
—Eso… eso fue antes. Cambié de opinión.
—¿Por qué?
—Porque… porque la vi en la cena de la semana pasada. Y me pareció… no sé… diferente.
"Miente —pensó Natalia—. No la vio diferente. Lo que pasó es que ella lo ignoró. Como siempre. Y él, como buen depredador, cambió de estrategia. Si no puede quitarme el marido, se hará el amigo. El consejero. El primo preocupado. Qué asco. Qué asco de estrategia."
Branko no dijo nada. Pero su mirada era una espada.
—Marko —dijo al fin—. Agradezco tu preocupación. Pero mi matrimonio es asunto mío. No tuyo.
—Lo sé. Solo quería…
—Ya sé lo que querías. Y la respuesta es no. Ahora vete.
Marko se puso de pie. Lentamente. Como si quisiera alargar el momento.
—Bueno, primo. Si lo dices tú…
—Lo digo yo.
—Entonces me voy. Natalia… fue un placer.
—Para mí también —mintió Natalia.
Marko salió. La puerta se cerró.
Y Natalia dejó escapar un suspiro que había estado conteniendo durante toda la visita.
Branko se quedó un momento en la puerta, mirando el espacio vacío donde había estado su primo. Luego se giró hacia Natalia.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo eso? —preguntó.
—¿Haciendo qué?
—Insistiéndote. Escribiéndote. Invitándote a salir. Tocándote.
Natalia bajó la mirada.
—Un par de años.
—¿Un par de años? —Branko dio un paso hacia ella—. ¿Dos años mensajeándote a altas horas de la noche? ¿Dos años intentando meterse contigo? ¿Y nunca me dijiste nada?
—Te lo dije una vez. Al principio. Cuando recién casados. Dije: 'tu primo me incomoda'. Y tú dijiste: 'es su forma de ser, no le des importancia'.
Branko palideció.
—¿Dije eso?
—Dijiste eso.
—No lo recuerdo.
—Porque no te importaba. Porque nada de lo que me pasaba a mí te importaba.
El dolor en la voz de Natalia era genuino. Branko lo sintió como un puñetazo.
—Ahora me importa —dijo—. Ahora me importa todo.
—Pues llega tarde.
—Nunca es tarde para hacer las cosas bien.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Enfrentarte a tu primo? ¿Prohibirle que se acerque a mí? ¿Pegarle?
—Lo que haga falta.
Natalia lo miró. Sus ojos oscuros brillaban con algo que no era odio. Era curiosidad. Y también miedo.
—Branko —dijo—. ¿Estás celoso?
—Sí —respondió él, sin titubear—. Estoy celoso. Celoso de mi primo. Celoso de cualquier hombre que te mire. Celoso de los personajes de tus libros si son atractivos. Celoso del repartidor de pizza si te sonríe.
—No pedimos pizza nunca.
—Pues del que sea.
Natalia casi sonríe. Casi.
—Nunca te había visto así —dijo.
—Nunca había tenido motivos. Creía que no me importabas. Pero me importas. Me importas demasiado. Y ver a mi primo sentado en mi sillón, mirándote como si fueras un trofeo, me dio… me dio…
—¿Qué te dio?
—Ganas de matarlo.
El silencio flotó entre ellos.
Natalia se levantó del sillón. Caminó hacia Branko. Se paró frente a él. Muy cerca.
—¿Sabes qué pienso? —preguntó.
—Dime.
—Pienso que, por primera vez, te veo como un marido. No como un socio. No como un contrato. Como un marido.
—¿Y eso es bueno?
—No lo sé. Pero es diferente.
"Es diferente —pensó ella, mientras Branko escuchaba—. Es diferente y me aterra. Porque si él se pone celoso, significa que le importo. Y si le importo, puedo hacerle daño. O él puede hacérmelo a mí. El amor es eso: una oportunidad para que te destruyan. Y yo ya he sido destruida bastante."
Branko escuchó el dolor. La desconfianza. El miedo.
Pero también escuchó algo más.
"Pero también pienso —continuó Natalia— que con esa camisa azul y esas gafas de leer se ve tan guapo que quiero amarrarlo a la cama. Derramar chocolate en sus abdominales. Lamerlo todo. Luego llamar a su primo y decirle: mira lo que nunca tendrás. Pero no. Eso es perverso. Muy perverso. Yo soy perversa. Qué lástima. Ay, Dios, qué ganas de chocolate."
Branko sintió que se le subía la temperatura diez grados.
—Natalia —dijo, con voz ronca.
—¿Qué?
—La regla dos.
—¿Qué pasa con la regla dos?
—Que la estás poniendo muy difícil.
—¿Yo? No he hecho nada.
—No necesitas hacer nada. Con solo existir ya la pones difícil.
Natalia arqueó una ceja. Una sonrisa traviesa asomó a sus labios.
—¿Quieres que me vaya a mi habitación?
—Quiero que te quedes. Pero si te quedas, no respondo de mis actos.
—Eso sonó como una amenaza.
—Eso fue una advertencia.
Natalia dio un paso atrás. No por miedo. Por estrategia.
—Bueno —dijo—. Me voy a dormir. Mañana hay que trabajar.
—Natalia.
—¿Qué?
—Lo de Marko… no va a quedar así.
—¿Qué vas a hacer?
—Primero, hablar con él. Segundo, prohibirle que vuelva a ponerse en contacto contigo. Tercero, si no funciona, romperle la cara.
—Eso último no es muy legal.
—No me importa.
Natalia lo miró largamente.
—Qué romántico —dijo, con una media sonrisa—. Por un momento parecías humano.
—No soy humano. Soy tu marido.
—Lo mismo digo.
Y subió las escaleras.
Branko se quedó abajo, con la regla dos hecha trizas en la cabeza y una única certeza:
"Tres meses. Noventa días. Y ella pensando en amarrarme a la cama con chocolate. Voy a necesitar duchas frías todo el puto día."